Los perros pagan mejor


Llegué a España sin ahorros; me rescataron los animales.


Aterricé en Madrid hace un año, sin ahorros, confiando en que conseguiría rápidamente un empleo. Confiaba también en que podría aguantar algunos meses con los proyectos que solía trabajar en remoto con Perú, si aquel empleo tardaba en aparecer. No me preocupé demasiado. Pensé que sabría recursearme, encontrar fuentes de ingreso, ajustar la billetera, sobrevivir. Di un salto bastante tonto al vacío y a partir de ese instante la vida se complicó: los proyectos en Perú se cayeron, el permiso de trabajo demoró más de lo esperado —y tras conseguirlo, tampoco encontré a nadie que quisiera contratarme—, comenzaron los préstamos y las deudas. Pregunté entre los amigos que trabajaban en cafeterías, bares y librerías, pero nadie tenía nada que ofrecerme. Hasta que aparecieron los perritos.

Una amiga me habló de la plataforma. Funcionaba como Uber —o como Tinder—: creabas tu perfil de paseador o cuidador de mascotas, ponías algunas fotos encantadoras, determinabas tu tarifa, y esperabas a que te llamen. Eso hice. Y al cabo de tres meses —más de tres veces el tiempo que yo había calculado— recibí la primera solicitud. Al principio se trató de algo anecdótico. Un cachuelo con el que cada mes me acercaba un poco más al monto que necesitaba para pagar mi renta y mis gastos. Un amigo, cuando le conté, recordó la novela de Sergio Galarza, Paseador de perros (2008), y dijo con algo de gracia y algo de pena: «Han pasado casi veinte años, y nada ha cambiado para el escritor peruano en Madrid». Yo no encontraba razón para la pena. Me pagaban por pasar tiempo con perros y gatos. No mucho, pero se sentía casi como dinero gratis.

Después, el asunto se hizo más serio. Tras los primeros paseos y las primeras reseñas, el algoritmo de la plataforma comenzó a mostrar más mi perfil y en un mes sextupliqué mi número de mascotas. Subí mis tarifas. Me convertí en un «paseador estrella», según la plataforma. Los pies y la espalda comenzaron a dolerme. Medí mis pasos y descubrí que caminaba un promedio de veinte kilómetros al día, muchas veces de lunes a domingo. Conocí a Galarza, me dio consejos para aguantar ese desgaste físico. Seguí adelante.

Al mismo tiempo, comenzaron a activarse buenas chambas en Perú. Proyectos editoriales, vinculados al rubro en el que siempre me he movido. Una gran noticia cuya consecuencia inmediata tendría que haber sido que yo dejara poco a poco de pasear perros y cuidar gatos, pero al hacer números caí en cuenta de que ninguna de esas propuestas me pagaba tan bien por mi tiempo como las mascotas. Lo comenté con un colega español —escritor y editor—; su respuesta fue tajante: «Los perros te podrán pagar mejor, pero no te llevarán a nada. No sueltes el trabajo real».

Y así lo hice. Así lo hago. Preguntándome, cada vez que salgo a caminar las calles y los parques acompañado de mis amigos nuevos —Archi, Vince, Rita, Max, Zelda, Casimiro, Litchi, Bruce, Hippy, Auri, Débora, Haiku, Thor, Bimba y tantos más—, si acaso mejor sería echar por el caño el buenintencionado consejo de mi colega español y abrazar a tiempo completo el trabajo con animales, que «no lleva a nada» pero paga mejor en dinero y, lo más importante, en ternura y alegría.

Hace no mucho, me cruce con otra paseadora que resultó ser, en realidad, entrenadora. Contó una historia bastante parecida a la mía. Tenía un trabajo que le pagaba mal y comenzó a pasear perros para llegar a fin de mes. Después de un tiempo, se dio cuenta de la oportunidad y tomó cursos para convertirse en entrenadora. No mucho después, renunció para siempre al trabajo con humanos. Cuando me dijo su tarifa por hora, salivé. 


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