La prueba de que en Perú aún hay que pelear por el derecho a existir sin pedir permiso
Julio Arbizu siempre ha sido un personaje incómodo para el establishment limeño. Corajudo, peleón, valiente, a veces demasiado apasionado, el abogado penalista se ha fajado, tanto en su práctica privada como en el sector público, contra cualquier corrupto, sin importar el tamaño de la billetera o la rimbombancia del apellido del implicado en el fiasco. No siempre he coincidido con él, ni he compartido sus puntos de vista, pero es una de esas personas que se merecen todo mi respeto por pelear por lo que cree de manera honesta y apasionada. Y, sobre todo, porque, ante la contundencia de sus argumentos, lo que ha recibido han sido innumerables insultos racistas por el color de su piel, sus rasgos andinos, su piel cetrina. A él, más que el terruqueo, que también lo alcanza, lo persigue ese otro acoso: el que juzga cómo luce. Una vena racista que corre entre los limeños como río enhuaycado y le vomita encima, intentando dejarle en claro que él no está llamado a acusar a los empresarios corruptos y que su lugar no está del lado de los acusadores, sino de los sumisos. Echando mano de una herencia colonial que se activa con violencia feroz en las elecciones, saltan los dueños de apellidos compuestos y empresas corruptonas; saltan los pitucos rancios y los wannabes a «tratar de ponerlo en su sitio», recordándole que los de su color, calladitos, se ven más bonitos, o menos feos.
Y no, Julio Arbizu no pertenece a ese tipo de peruanos que prefiere hacerse el idiota cuando recibe un insulto racista para no asumirse discriminado. No baja la cabeza, ni se deja intimidar por un señorón que no lo quiere ver en «su» club de playa; ni por el guachimán que cree que se está robando su propio carro —demasiado lujoso para alguien de su color—, ni se queda callado cuando un pobre infeliz pretende ganarle un debate político regalándole un jabón, insinuando que es un cochino. Desde niño pelea, reclama, amenaza, golpea si es necesario para defenderse de un racismo vergonzoso que está mucho más normalizado de lo que queremos creer.
Por eso, y porque es un apasionado de la literatura, ha escrito un texto tan bello como doloroso: Negro, contra el desprecio (Reservoir Books, 2026), un conjunto de relatos que cabalgan entre el testimonio, la crónica y la confesión, en los que el autor, con pluma sensible y rigurosa, va explicando lo que ha significado a lo largo de su vida cargar con el estigma de ser agredido, desplazado y despreciado por su raza. Más allá de las anécdotas y vivencias personales —que las hay—, Arbizu va trenzando, a través de su propia experiencia, una historia de dolor que es la de la mayoría de los peruanos que, al moverse en espacios y círculos que se les presumen vedados, tienen que estar alertas, pendientes, para poder esquivar o responder a una agresión.
Julio explica en Negro lo difícil que es vivir siempre consciente de cómo eres; lo agotador que resulta saber que por tu aspecto serás juzgado. Mientras lo leo, pienso en Americanah, el libro de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, en el que la autora explica cómo, al llegar a estudiar a Estados Unidos, descubrió que ser negra era un tema del que tenía que preocuparse: no se trataba simplemente de su raza o el color de su piel, sino de un factor que influía en cómo la veían, en cómo la trataban, pero también en cómo percibiría el mundo y se enfrentaría a él. En Nigeria no tenía que pensar en el color de su piel —todos eran como ella—; no entraba a una tienda o se sentaba en una clase tomando conciencia de eso. En Estados Unidos debía pensar y actuar desde su negritud, y es ese dato, no menor, el que usa la autora africana para explicar la naturaleza injusta, agotadora y también ridícula del racismo.
Julio no analiza el racismo, porque su libro no es un ensayo, es testimonio puro. Pero esa permanente toma de conciencia de sí mismo ante el mundo está en cada una de sus páginas. En un relato en específico se compara con su pareja, Inés, y podríamos decir que casi envidia la naturalidad y la ligereza con la que ella se mueve en el mundo: la seguridad con la que atraviesa puertas, saluda a la gente, se camufla en un espacio en el que asume, de entrada, que no va a ser rechazada.
El libro de Julio Arbizu es un acto valiente y honesto que nos grita a la cara lo que nos negamos a ver. Vivimos en un país profundamente racista, donde el discriminador rara vez se da cuenta de cuántas veces juzga al otro por su origen, el discriminado prefiere no darse por aludido, y la violencia se respira en cada esquina, a cada momento. Cada vez que sale una entrevista sobre el libro, o un post comentándolo, aparecen los mismos comentarios asquerosos, vulgares e ignorantes, insultando a Julio, llamándolo cochino, o negro, o cholo. Y no hacen más que dejar constancia de que Negro es un libro importantísimo, y nosotros, una sociedad podrida.
El racismo, como queda claro a través de las páginas del libro, no es casualidad: es estructural, está agazapado en nuestro ADN como sociedad, y lo ejercemos unos contra otros como arma de descalificación política, intelectual, social, de cualquier tipo. Pero todavía hay una grieta de esperanza. El libro cierra con una carta de su hija que, consciente del nivel de discriminación del que ha sido objeto su padre —y del que en parte es ella también—, enfrenta el mundo con nuevas armas: el orgullo, la reivindicación de sus raíces, la convicción de que el problema lo tiene el otro. Que con ella nada está mal. Que puede construir su identidad mirándose y queriéndose primero, para poder despreciar, a su vez, a quien pretenda despreciarla. Esa carta, más que un epílogo, es la respuesta que Julio Arbizu lleva toda una vida buscando: la próxima generación ya no va a pedir permiso para existir.
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