La doctrina social de la tecnología digital


Una lectura de la encíclica papal en relación con el trabajo cotidiano de los peruanos


Marco Trigoso es PhD Candidate en Comunicaciones por la Universidad de Massachusetts Amherst. Su investigación se concentra en el desarrollo de infraestructuras digitales, así como en la plataformización de relaciones sociales en el Perú. Previamente, trabajó como docente en diversas instituciones educativas peruanas.


La señora Aydee cumplió ochenta y cuatro años hace unos días. Sus manos, marcadas por el trabajo duro de la costura, la cocina y las labores hogareñas, cuentan la historia de ocho hijos, más de veinte nietos y muchos bisnietos. Aydee nació en Lamas, en la provincia de San Martín, y se mudó a Lima con su familia a inicios de los años 70. Mientras se construía la carretera Belaúnde Terry, que conecta el oriente peruano con la costa norte, Aydee daba pensión a los obreros que día a día trabajaban para conectar la selva peruana por vía terrestre. A sus ochenta y cuatro años, mi abuela, la señora Aydee, me dice: «Tanta gente ha trabajado en esa carretera; tanta gente ha muerto haciéndola. Nadie reconoce cuánta gente se ha esforzado por construirla».

Así como mi abuela, muchos peruanos han contribuido a la modernización del país. Si bien cada ola de modernización ha sido distinta, todas han sido fruto del desarrollo tecnológico y del trabajo colectivo de miles de personas. Así como la construcción de carreteras dependió de miles de trabajadores invisibilizados, la revolución digital contemporánea también descansa sobre formas de trabajo humano frecuentemente ignoradas por los discursos sobre innovación tecnológica.

La encíclica Magnifica Humanitas —publicada el 25 de mayo de 2026 por el papa León XIV— resalta dos aspectos relacionados con el desarrollo de la tecnología digital de los últimos años: 1) la tecnología no es neutral; y 2) la doctrina social de la Iglesia católica puede estar en la base del desarrollo tecnológico.

La tecnología no es neutral en tanto que esta misma, como dispositivo técnico, es también un producto social. Ya sean bots entrenados en Filipinas o modelos de lenguaje alimentados por trabajadores en Nigeria, la tecnología digital está marcada por la idiosincrasia de sus operarios, diseñadores, productores y usuarios. El papa León XIV llama la atención precisamente sobre este punto: no hay tecnología sin humanidad. No hay técnica en sí misma. El mundo digital y el mundo material no son contrapuestos; forman parte de una misma realidad. En ese sentido, el mundo digital es estéril sin la apropiación, la interpretación, la intermediación y la aceptación que las personas le otorgan en sus vidas. Así como la señora Aydee trabajó durante años en silencio por el desarrollo del Perú, muchos peruanos continúan hoy esa labor desde el ámbito de la innovación digital.

Para el papa León XIV, además, reconocer la base social del desarrollo tecnológico se corresponde con la doctrina social de la Iglesia. Como muchos otros lectores de la encíclica han resaltado, esta doctrina sitúa a la humanidad al frente. El bien común, la dignidad humana y la solidaridad definen el catolicismo en la era digital. Y la encíclica enfatiza la vigencia de esta doctrina social. Más que una respuesta técnica a los desafíos de nuestro tiempo, constituye una invitación a imaginar un futuro más justo, más digno y más humano. Si la tecnología es una actividad profundamente humana y no un proceso autónomo, entonces su desarrollo también debe orientarse por principios éticos que reconozcan la dignidad de quienes la producen, mantienen y utilizan. En ese sentido, una doctrina social del desarrollo digital supone orientar la innovación tecnológica hacia el bien común y reconocer el trabajo de quienes hacen posible la transformación digital de nuestras sociedades.

Ante la fe ciega en que la inteligencia artificial generará riqueza por sí sola, el Perú tiene la oportunidad de pensar un camino distinto. Así como la doctrina social de la Iglesia busca dirigirnos hacia un futuro más digno a través del reconocimiento del otro en su dignidad humana, tal vez sea hora de plantearnos un país basado en el reconocimiento de quienes, como Aydee, día a día trabajan para mantenernos a flote. Esto implica imaginar un Perú más humano en el que la tecnología digital se convierta en una oportunidad y no en un reclamo. La doctrina social de la Iglesia, en relación con el desarrollo digital en el Perú, implica valorar el trabajo de quienes están en la base de dicho desarrollo: los programadores detrás de nuestra economía digital; los trabajadores que monitorean el funcionamiento de cables de fibra óptica; los bibliotecarios que digitalizan los archivos del país; los burócratas que trabajan hasta altas horas de la noche para que un lineamiento pueda ser publicado en El Peruano; el chofer de bus que acepta pago electrónico; la casera que nos invita fruta mientras muestra su QR; los taxistas que usan dos o tres aplicativos al mismo tiempo para completar su jornada; y los maestros que tienen que improvisar una clase virtual cada vez que surge un contratiempo.

Estos y muchos más son los trabajadores invisibles del desarrollo tecnológico en el Perú. En nuestro país, la tecnología no llega sola. La transformación digital no es únicamente el resultado de nuevas aplicaciones o dispositivos. También es el resultado del trabajo cotidiano de miles de personas que sostienen, regulan, mantienen y dan sentido a la tecnología. Reconocer este esfuerzo colectivo es, quizás, el primer paso para construir una visión verdaderamente humana del desarrollo digital.


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