Cara a cara con el Señor de Quyllur Rit’i


Un poeta sudafricano nos guía por una de las experiencias más transformadoras de los Andes


Pieter Madibuseng Odendaal (Sudáfrica, 1989). Escritor, traductor, músico y educador. Su poemario debut asof geen berge ooit hier gewoon het nie (Tafelberg) fue galardonado con el prestigioso Premio Ingrid Jonker en 2019. En 2024, su segundo libro, Ontaard, mereció el Premio Eugène Marais y el Premio NIHSS a la mejor obra poética del año. En 2025, publicó en el Perú Un cadáver también es un jardín (Lustra).


El autobús que sale de Cusco atraviesa la noche como un velero surcando una estrecha carretera de montaña. Me cuesta distinguir si mi malestar se debe a la falta de oxígeno por la altitud o al ascenso de mi ansiedad. Cientos de autobuses, camiones, combis, autos y motocicletas se dirigen hacia una de las peregrinaciones más antiguas del mundo: la festividad del Señor de Quyllur Rit’i, al pie del Apu Qullqipunku, donde las prácticas espirituales andinas y los rituales católicos se encuentran cara a cara.

A la una de la madrugada, entre curvas montañosas, bosques de eucaliptos y los susurros de mis nuevos amigos, no sé bien qué me espera. Dicen que es un lugar milagroso y que cada uno de los más de 100 mil peregrinos que participa en esta travesía lleva consigo un deseo. En la fría noche que envuelve mis piernas, decido cuál es el mío: desprenderme de lo que queda atrás y extenderme hacia lo que viene. Quiero vivir sin miedo al futuro, florecer en la tensión entre estirarme y saltar. Y quisiera encontrarme con mi esposo Jorge entre la multitud de peregrinos: él llegó dos días antes para tocar el violín como parte de los rituales mágicos de esta festividad.

Yo, cuatro cusqueños y un muchacho de Lima llegamos a Mahuayani, el punto de partida de la gran caminata, a las dos y media de la mañana. No he pegado un ojo en toda la noche. Ni he dejado de pensar en los ataques de pánico del año pasado, en la falta de aire y en cuánto deseo dejar de ser mi propio verdugo. Avanzamos a duras penas medio kilómetro entre un embotellamiento de vehículos antes de que comience la verdadera subida a la montaña. A ambos lados del camino hay puestos cubiertos con plástico azul: venden té, comida caliente, guantes, gorros y agua florida para combatir el soroche.

Apenas doy veinte pasos antes de que mis pulmones se queden sin aire. La tenue hilera de luces de las linternas sobre la ladera no me tranquiliza en absoluto. ¡Ni loco voy a subir ocho kilómetros por este camino en plena madrugada!

Le pregunto al limeño a qué altura estamos.

—Cuatro mil metros —responde, tan agitado como yo.

Nos miramos con preocupación antes de que yo saque mi termo: mi suegra me preparó mate de coca. El agua caliente devuelve algo de ánimo a nuestros cuerpos cansados.

Miles de personas surgen hacia arriba: abuelos y abuelas de setenta años, grupos de amigos, niños sentados en los hombros de sus padres, bebés envueltos en mantas multicolores. La mayoría de los bailarines y músicos ya están en el Santuario sobre la hondonada de Sinak’ara, al pie del Apu Qullqipunku, hacia donde todos nos dirigimos.

—¿Qué es ese fuego en la montaña? —le pregunto a Willie, uno de los lugareños de Cusco que ha emprendido esta aventura muchas veces.

—No es fuego, ¡son velas!

Es una cruz. Me doy cuenta cuando estamos lo suficientemente cerca para ver cómo los devotos tocan la madera con los dedos, se persignan y encienden una vela.

—La primera de ocho cruces, una por cada kilómetro —explica Willie mientras nos detenemos a recuperar el aliento.

Cada uno de nosotros hace un k’intu con nuestros dedos fríos: tres hojas de coca cuidadosamente seleccionadas como ofrenda a la Pachamama, al Qullqipunku que tenemos delante y a la montaña Ausungate que se va quedando atrás. Compartimos un mapacho entre nosotros, colocamos nuestros k’intus con cuidado contra una roca y retomamos el camino.

Nos detenemos cada kilómetro para tomar un poco de mate, chupar dulces de limón y chacchar hojas de coca. Chacchamos y chacchamos para que nuestras venas se dilaten y lleven más oxígeno hacia nuestras agotadas piernas. Hace -5 ºC, pero sudamos por el esfuerzo. De vez en cuando tengo que detenerme para que mi corazón pueda recuperarse.

De repente debemos irnos a un lado: dos hombres pasan corriendo junto a nosotros llevando a un tercero en una camilla.

—Un muerto —me advierte Willie.

Recuerdo las palabras de mi esposo, de que cosas terribles pueden ocurrir en este peregrinaje. Sin riesgo de muerte, no son posibles los milagros. Levantamos la vista hacia arriba: la noche nublada oculta la luna, pero afortunadamente tenemos linternas. Que el señor de la camilla descanse en paz.

Cerca de la cuarta cruz, el limeño se pone muy mal. Recibe unas gotas de agua florida en las manos, se frota las palmas y se esparce el alcohol perfumado por el rostro. Eso contrarresta lo peor del mal de altura.

Mientras tanto, pasa un hombre cargando una inmensa pintura enmarcada del Señor de Quyllur Rit’i, la misma imagen de Jesús pintada sobre un meteorito en lo alto de la montaña. Willie me explica que Quyllur Rit’i es una festividad ancestral, con raíces que se remontan más allá de los españoles y el cristianismo. Es una celebración indígena para conmemorar la reaparición de las Pléyades en el cielo. Para celebrar la conexión con el poderoso Apu Qullqipunku, su nieve y el mágico meteorito negro. Para recibir el solsticio de invierno con fanfarrias —rodeados de música y danza a 4,800 metros sobre el nivel del mar. Para enfrentar el frío y encontrar una sonrisa en comunidad.

***

De repente son las cinco y media y ya no está completamente oscuro. La gente empieza a apagar sus linternas mientras el sol anuncia el nuevo día detrás de las nubes. Puedo distinguir la nieve en el Qullqipunku. La fuerte nevada de ayer nos regala esta sorpresa de bienvenida. Dicen que el año pasado casi no hubo nieve para la festividad.

—¿Cambio climático? —le pregunto a Willie.

—Crisis climática —responde él—. Antes, los representantes llevaban bloques de hielo de regreso a sus comunidades, al centro del Cusco y a pueblos de todos los Andes. Pero ahora lo han prohibido. Simplemente no queda suficiente hielo. Todo esto —señala las montañas grises que se van aclarando a nuestro alrededor— solía estar cubierto de nieve hace veinte años. Ahora todo es piedra.

Fuegos artificiales inesperados frente a nosotros: ¡el Santuario nos llama!

De nuevo, tiendas azules a ambos lados del camino ahora vendiendo carritos de plástico, casas y certificados de la universidad. 

—Para manifestar lo que deseas —explica Willie. Sonrío a una chica que espera en la fila para recibir su título.

Después del último tramo, el Qullqipunku («Portal de Plata», en quechua) se presenta ante mí en todo su esplendor, manchado de blanco por la inesperada nieve de ayer. No puedo dejar de llorar. Y tampoco será la última vez hoy. En lo alto de las laderas de la montaña, justo debajo de la línea de nieve, ondean las banderas de colores brillantes de diferentes naciones, representantes de ocho áreas alrededor del Cusco: Quispicanchi, Paucartambo, Anta, Paruro, Canchis, Acomayo, Urubamba y Tawantinsuyo. Cada nación está compuesta por varias comparsas: bailarines, músicos y líderes que actúan como delegados de diferentes regiones.

Corro montaña arriba con Willie y su novia. Su nación Quispicanchi, ataviada con un rojo exuberante, regresa de los picos, bailando al ritmo de los chakiris: las melodías características propias de la festividad. Quenas, acordeones, violines, bombos, saxofones y conchas gigantes de caracol acompañan a los bailarines que bajan corriendo la montaña. Campanillas atadas a sus pies hacen alboroto a su paso. Vuelvo a derramar lágrimas: la alegría de estar junto a un gigante, de estar vivo en las condiciones más extremas, de celebrar a pesar de guerras y escaseces, extinciones y finales. En algún momento de alegría perdemos de vista al limeño. Ay, hicimos lo que pudimos con él…

En las comparsas visten elaborados trajes de colores brillantes, según los personajes que encarnan: están los ukukus (guardianes de negro que se aseguran de que nadie se propase), los qhapaq qollas (con máscaras blancas, representantes de los criadores de llamas de las tierras altas de Perú y Bolivia), las chunchachas (mujeres con plumas multicolores que representan la Amazonía), los qhapaq negros (representantes de los afroperuanos que una vez fueron esclavos pero luego florecieron), los wayri chunchos (se dice que son los favoritos del Señor de Quyllur Rit’i) y muchos más. Cada traje ha sido diseñado con mucho cariño por el bailarín y su familia. Todos han ensayado durante meses para continuar aquí, entre sus compatriotas, una tradición milenaria.

***

¿Cómo voy a encontrar a Jorge entre los fieles? 

—Busca la bandera arcoíris —recuerdo sus palabras.

Justo entonces, las banderas arcoíris aparecen lentamente sobre el pico. Empiezo a abrirme camino montaña arriba a través del valle de piedra y musgo. Mis pulmones se estiran hacia las nubes.

Cuando encuentro sus ojos, su rostro es el segundo sol que veo hoy. 

—¡Pieter! —forma la niebla frente a su boca mientras sigue tocando chakiris y los bailarines descienden hacia la hondonada. Comienza a nevar. Observo la procesión, los copos sobre su rostro, y entiendo por primera vez una parte de mi esposo que hasta ahora me había estado oculta: la parte que viene a completar aquí, la nieve estelar que viene a invocar junto a otros miles de peregrinos.

De vuelta en el pueblo de carpas, las mujeres nos ofrecen desayuno (¿cuándo fue la última vez que comí?). Pollo, verduras y fideos humean contra la nieve que cubre nuestros cuerpos. Saco una pequeña botella de ron que traje para los músicos. Si el calor no quiere venir de afuera, tendremos que avivarlo desde adentro.

Después del desayuno, vamos a comprar una casa en Mamachapata. Los músicos, ya envalentonados por el ron, son nuestros testigos. Primero adquirimos el dinero de monopolio (70 billetes de 1000 dólares), buscamos la casita de piedra que más se parezca a la de nuestros sueños, y luego compramos el título de propiedad. Un notario firma y sella el documento, nos desea buena suerte y nos da una copita de vino y serpentinas para arrojar sobre la casita y bendecir nuestro nuevo hogar. Los músicos aplauden. Un poco más allá, se casan parejas y se bautizan los nuevos carritos de plástico de la gente. Todos manifiestan sus deseos más profundos como si la vida fuera un gran juego.

De regreso, tengo la rara oportunidad de entrar a la capilla. Me cuelo justo antes de que las puertas se cierren detrás de la multitud. Avanzamos lentamente por la capilla, acercándonos cada vez más al Señor de Quyllur Rit’i al fondo, en el altar. Mi pecho está a punto de estallar cuando me encuentro cara a cara con el hombre pintado sobre la piedra negra, rodeado de danzantes peruanos y celulares que eternizan el momento.

Le prometo que voy a dejar de castigarme, que me liberaré del pasado y me extenderé hacia las posibilidades que brillan como nieve contra la montaña negra y helada frente a mí. La música nos transporta paso a paso, cada vez más cerca del Señor. Lágrimas otra vez mientras salimos por la puerta principal de la capilla. Es mi manera de sonreírle a este mundo abrumador.

***

Ya es hora de irme. Todavía me quedan tres horas de caminata más tres horas de autobús hasta el Cusco. Willie y el resto del grupo seguirán subiendo veinte horas más para saludar al sol mañana por la mañana, pero mis pies fríos y mi cabeza palpitante me aconsejan regresar como estaba planeado originalmente. Saludo al grupo, agradecido por el privilegio de haber podido emprender la travesía a través de sus ojos.

Me despido de Jorge y le deseo una noche cálida antes de abandonar aquel inmenso campamento en la montaña. Para entonces, el limeño sigue desaparecido (al día siguiente me avisó por WhatsApp que había llegado sano y salvo con su otro amigo). No dejo de voltearme para contemplar la montaña nevada y cada vez se me llenan los ojos de agua. Lo hago de nuevo, solo una vez más.

Ir cuesta arriba me hizo sentir como un héroe, así que pensé que la bajada sería más fácil. Pero mi cabeza comienza a palpitar mientras la multitud crece a mi alrededor. Todos huyen raudos de vuelta a la realidad. La música desde arriba y el dolor triple me acompañan todo el camino: mi dolor de cabeza, mi dolor lumbar y mis pies ardiendo dentro de las botas de montaña. Llevo dos días sin dormir. ¿Y cuántas hojas de coca habré masticado para contrarrestar la altura? Bebo agua; no sirve de nada. La masa fluye montaña abajo. Tengo que seguir el ritmo, o me quedaré atrás. Casi ni puedo mantener los ojos abiertos.

Las cruces no disminuyen. Creía que ya íbamos por la número seis o siete, pero la anciana detrás de mí dice: «cuatro». El Apu Ausungate brilla blanco frente a nosotros en la V del valle por donde descendemos. Tengo que seguir caminando, sin importar cuánto duela. En la estación siete aparece un arcoíris sobre las laderas amarillas frente a nosotros: los colores del Tawantinsuyo, de ser queer, de la esperanza fugaz en el corazón del invierno. El pueblo de Mahuayani aparece ante los peregrinos que serpentean. Levantamos la cabeza un poco más. El final está a la vista.

Finalmente abajo, busco desesperadamente un autobús que me lleve de regreso a Cusco. Todos estamos agotados y ansiamos el hogar. Esta noche soñaremos con caminos interminables en lejanas cordilleras. En el momento en que mis glúteos tocan el asiento, me apago como una vela de los peregrinos. Mis pies y mi corazón arden con fuerza como una fogata por esta travesía milagrosa.

Gracias por no haberme dejado perder el camino, Señor. Muchas gracias.


*Crónica originalmente publicada en afrikáans en la revista digital klyntji.com. La presente traducción fue hecha gracias a Chiri Uchu TXT. 


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