Navidad con capibaras, puñetazos y Manuelitos


Del Santurantikuy a evangélicos amazónicos, distintas formas de celebrar a Jesús


¡Feliz Navidad! Cada diciembre solemos imaginar esta festividad en el Perú como una escena más o menos uniforme: panetón, la música de los Toribianitos, pesebres y, últimamente, capibaras bailarines. Y sí, todo eso está ahí. Pero basta recorrer el país —o recordar algunos de sus rituales más conocidos— para advertir que la Navidad se vive de maneras muy distintas. Lejos de presentarse como una experiencia única, esta celebración ha sido reinterpretada desde geografías e historias diversas. 

En Cusco, por ejemplo, la Navidad adopta la forma de un mercado tradicional. El Santurantikuy, celebrado entre el 22 y el 24 de diciembre en la Plaza de Armas, toma su nombre del quechua rantiy (“comprar”) y del español “santos”. No es solo un espacio para adquirir figuras del Niño Manuelito; es un testimonio vivo del catolicismo andino. En un país donde priman las representaciones eurocéntricas y ojoazuladas de Jesús, aquí puede tener rasgos indígenas o compartir espacio con imágenes que no encajarían en un pesebre convencional, muy al estilo de la célebre pintura de la Última Cena en la catedral cusqueña, donde el plato central es una vizcacha, ese primo del cuy. En los últimos años, el Santurantikuy ha crecido: se han ampliado fechas, espacios y público, consolidándose como una forma particular de vivir la Navidad en la ciudad.

Pero a varias horas de Cusco, la Navidad adquiere expresiones aún menos previsibles. En la remota provincia de Chumbivilcas, cada 25 de diciembre se celebra el Takanakuy, una festividad que combina música, danza y combates cuerpo a cuerpo entre vecinos. A primera vista, el ritual parece contradecir el mensaje cristiano de paz y reconciliación. Sin embargo, su lógica es otra: enfrentar los conflictos acumulados durante el año, resolverlos bajo reglas claras y cerrar el ciclo con abrazos, comida y celebración. No se trata de violencia gratuita, sino de una forma socialmente regulada de procesar el conflicto. Es posible entender al Takanakuy como un mecanismo de reinicio comunitario. En términos históricos, dialoga también con antiguos ciclos andinos vinculados al solsticio de verano, resignificados tras la llegada del calendario cristiano. Aquí conviven el cristianismo, la justicia comunal y una memoria cultural sincrética. Años atrás, un reportero gringo del ya extinto medio Vice, hizo este entretenido minidocumentalque recomiendo ver. 

Si en los Andes la Navidad se resignifica desde el calendario y el ritual, en la Amazonía el cristianismo adopta otras temporalidades y formas. Recientemente visité Segunda Jerusalén, una localidad ubicada a unas tres horas por carretera desde Tarapoto, en la región San Martín, fundada en la década de 1970 por líderes evangélicos convencidos de estar cumpliendo una profecía bíblica. No se trata solo de un pueblo inspirado por la religión, sino de un proyecto social que organiza la vida cotidiana, las jerarquías y las normas comunitarias en torno a una interpretación específica de la fe.

Me intrigó el caso de Segunda Jerusalén, así que me puse a leer la tesis de la socióloga Taly Pizarro Becerra (UNMSM, 2024), quien analiza cómo la Iglesia Pentecostés Misionera ha moldeado su organización política interna. Un fascinante trabajo que muestra cómo la religión funciona allí como principio de orden para articular fe, autoridad política y organización comunitaria en un territorio históricamente marginado.

En esa misma región amazónica, la Navidad también se expresa en clave colectiva a través de las pastoreadas navideñas, comparsas que recorren las calles de Pucallpa y otras ciudades de Ucayali vestidas de ángeles, pastores y personajes bíblicos reinterpretados desde la estética local. Acompañadas por tambores, panderetas y danzas típicas, las pastoreadas cantan villancicos amazónicos, siguiendo simbólicamente la estrella de Belén. 

Sin desviarme demasiado: lo que vi en Segunda Jerusalén me hizo recordar las reflexiones del antropólogo Juan Ossio sobre el mesianismo de los Israelitas del Nuevo Pacto Universal y su famoso líder extinto, Ezequiel Ataucusi. En ambos casos, la Amazonía aparece como un espacio donde distintos movimientos religiosos encontraron margen para construir comunidades propias, aprovechando la baja densidad poblacional y la limitada presencia estatal. 

Vistas en conjunto, estas experiencias recuerdan que la Navidad en el Perú no responde a una sola forma ni a un único relato. Tal vez por eso la Navidad también puede servir como una pausa para pensar el país con más calma. En un contexto en el que a menudo reducimos nuestras diferencias a esquemas binarios, estas prácticas recuerdan que la vida social es más compleja. Según una encuesta de Ipsos realizada en 2024, las palabras que los peruanos asocian espontáneamente con la Navidad son: amor (44 %), familia (36 %) y felicidad (27 %). Finalizar el año con esa disposición abierta a la diferencia y menos proclive a uniformar sería, en sí mismo, una forma esperanzadora de convivencia.


2 comentarios

  1. HMP

    Todo genial pero ¿por qué «capibara» y no ronsoco? Felices fiestas y ¡gracias por tanto jugo!

    • Americo Mendoza Mori

      Gracias por el comentario! Es verdad, no debemos olvidarnos del término ronsoco. ¡Saludos!

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