Si los riesgos hidrometeorológicos en Perú ya están diagnosticados, ¿qué esperamos para que alguien haga algo?

Alain Espinoza Vigil es ingeniero civil, investigador y escritor. Se desempeña como Senior Associate Teacher en la Universidad de Bristol. Dirige el Centro de Investigación Ascent, impulsando proyectos con impacto social e industrial. Es autor de 15 artículos científicos indexados, y de 4 libros, entre ellos la novela El Colector de Orgasmos. Reconocido con el Bristol Plus Award y el Bristol SU:50 Most Influential 2026.
Qué duro es ver las imágenes de Nepal. Una crecida súbita bajó de la montaña y arrasó pueblos, asentamientos, centrales hidroeléctricas. Arrasó todo y en cuestión de minutos. Las cifras siguen subiendo mientras escribo: cerca de quinientos muertos y más de dos mil personas sin localizar. Las evaluaciones preliminares apuntan a un deslizamiento de nieve y roca con componente glaciar en un río tributario, unos veinte kilómetros aguas arriba del paso fronterizo. Se descartó la lluvia local, que no llegó ni a siete milímetros en veinticuatro horas. El peligro nació tan arriba, tan lejos y con tan poca instrumentación, que la alerta y el agua llegaron juntas.
Nos parece lejano. No lo es. Según INAIGEM, Perú concentra el 68 % de los glaciares tropicales del mundo y ha perdido más de la mitad de su superficie glaciar en seis décadas. Además, existen 528 lagunas con riesgo de desborde. Entre las críticas está Palcacocha, que en diciembre de 1941 reventó su dique, bajó veintitrés kilómetros hasta Huaraz, destruyó un tercio de la ciudad y mató a al menos mil ochocientas personas. Palcacocha sigue ahí, amenazando hoy a casi cuatro mil viviendas, y su sistema de alerta temprana arrastra años sin mantenimiento por la típica falta de gobernanza sobre nuestros sistemas naturales y de infraestructura. No carecemos de tecnología. La inauguramos, la dejamos sin dueño y la abandonamos.
En Arequipa, donde nací y crecí, el mecanismo es otro, pero el desenlace es similar. En febrero se activaron las torrenteras de la ciudad. Seis fallecidos, más de 1.200 viviendas inundadas, decenas de kilómetros de vías destruidas y SEDAPAR obligada a detener la producción de agua potable por el arenamiento de la bocatoma. Hace dos semanas, sin que sea época de lluvias, un huaico cortó la Panamericana Sur y dejó a 2.000 vehículos varados durante días. Una señora murió intentando escapar. No hizo falta un evento extraordinario. Bastó una lluvia menor sobre un sistema que no aguanta nada.
Acabo de publicar, con mi equipo, un estudio sobre la vulnerabilidad de la represa El Frayle, que abastece a Arequipa y arrastra daño estructural desde hace décadas. Modelamos la rotura en dos dimensiones, para distintos escenarios y periodos de retorno. Simulamos flujos que arrastran sedimento y piedra, cambian de densidad y de velocidad, y golpean con una intensidad que la modelación convencional subestima. La clasificación final fue de vulnerabilidad muy alta, y varias represas del sistema presentarían vulnerabilidades altas también. Eso mismo se ve en las fotos de Nepal, donde muchos edificios quedaron enterrados hasta el segundo piso. Y es lo que bajó por las torrenteras de Arequipa en febrero, que justamente traían lodo. Si la amenaza cambió de comportamiento, la respuesta tiene que cambiar también.
Lo frustrante es eso, que no cambia. Un informe de INGEMMET señaló en 2018 que la quebrada Matagente, como su nombre ya lo advierte, era de alto peligro y recomendó sistemas de alerta temprana, reforestación de laderas e infraestructura de contención de sólidos. En 2024 esa misma quebrada dejó a Arequipa sin agua. La Contraloría (2026) acaba de reportar que 32 obras de la reconstrucción de El Niño de 2017 terminaron costando el doble y demorando tres veces más de lo previsto. Publiqué un estudio sobre la resiliencia nacional ante El Niño, evaluando criterios de gobernanza, preparación y recuperación, y el resultado fue negativo en casi todos. Vengo escribiendo en este espacio desde 2023 sobre lo mismo. El diagnóstico existe. Está escrito, revisado por pares, indexado y disponible. ¿Qué más tenemos que hacer? Es una pregunta sincera, no retórica. ¿Cuántos informes técnicos, cuántos modelos, cuántas simulaciones, cuántos artículos de advertencia? ¿Cuál es el número que activa una decisión en este país?
Hay cosas que se pueden hacer y que no son caras. Dejar de inaugurar obras sin presupuesto de operación. Un sistema de alerta temprana sin mantenimiento asignado desde el día uno no es un sistema, es una ceremonia. Diseñar por escenarios críticos y no solo con series históricas que el cambio climático ya desfasó. Evaluar sistemáticamente la vulnerabilidad de nuestras presas, varias de las cuales ya cumplieron su vida útil, e instalar sensoramiento remoto en cabeceras de cuenca. Y ordenar el territorio, que es lo más básico y lo que nadie quiere decir: decidir dónde no se construye. Nada de eso funciona aislado, porque vivimos en sistemas sociotécnicos y no existe solución puramente técnica para un problema que es también político. La resiliencia no se compra ni se decreta. Se cocrea entre el Estado y sus instituciones técnicas, la academia, la industria y la gente que vive en la quebrada, o no existe. Y ahí está el fondo del asunto: no nos falta conocimiento, nos falta que llegue a la mesa donde se decide, o que a quien está sentado en ella le importe más que hacer lives en TikTok y pedir «tap tap».
Mientras tanto, pienso en los que hoy buscan a los suyos en Nepal, bajo el mismo lodo que en febrero nos entró por la puerta. La montaña no es la misma, tampoco la cordillera ni el idioma. Pero sí es igual la espera, la frustración, el enojo, la angustia de esperar la próxima lluvia, la fragilidad de nuestras ciudades y la postergación de nuestros derechos como verdaderos ciudadanos. Duele aceptarlo, pero es así: estamos mucho más cerca de Nepal que del país que queremos ser.
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