Lima, potencia forestal


Llegó la hora de contar los árboles urbanos y planificar la infraestructura verde de nuestras ciudades


Y, como todos los años, el 1 de setiembre vuelve el Día del Árbol. Un día para celebrar la potencia botánica, forestal y ecológica de ese ser que conocemos desde siempre y que, sin embargo, seguimos sin comprender del todo. Especialmente en las ciudades.

En un mundo cada vez más urbanizado, nuestra atención suele enfocarse en la infraestructura gris: pistas, veredas, postes, tuberías, edificios, sistemas de transporte. Hablamos de servicios públicos, de déficit de vivienda, de movilidad, de agua.

Y, mientras tanto, los árboles hacen silenciosamente su trabajo.

Nos dan sombra. Limpian el aire. Moderan la temperatura. Interceptan la lluvia y reducen la escorrentía. Capturan carbono. Retienen polvo. Amortiguan algunos de los impactos de los extremos del Niño. Devuelven humedad al ambiente. Sus hojas pueden atrapar incluso las diminutas gotas de neblina y contribuir a formar ese microclima urbano que tanto necesitamos. 

Los árboles son también despensas y refugios para abejas, mariposas, aves y otros habitantes de la ciudad. Y son, aunque a veces lo olvidemos, refugios para nosotros: donde un abuelo se sienta a conversar, donde un joven descubre el primer beso, donde un niño juega o alguien encuentra un poco de alivio en una tarde de calor.

Los árboles son como magos con un sombrero mágico: hacen de filtros, sombrillas, esponjas, canales, despensas y hogares. Y también son imanes para el Homo sapiens sapiens. Nuestra relación con ellos es ancestral y ha moldeado nuestra evolución. Mucho antes de inventar la arquitectura, aprendimos a buscar refugio bajo —o encima— de su copa. Mucho antes de inventar el aire acondicionado, aprendimos a buscar su sombra. Mucho antes de inventar el lenguaje, quizás les dedicamos susurros y murmullos. 

Cada aniversario, el 1 de setiembre, algunos fanáticos celebramos.  Plantamos. Hacemos trepa para aprender a escalarlos y a podar mejor. Inauguramos pulmoncitos verdes escolares para construir sombra en los patios de los colegios. Mapeamos las iniciativas de forestería urbana comunitaria, para recordarnos que todos debemos estar en el mapa de la ciudad. Movilizamos a pequeños héroes verdes urbanos para que también crezcan sus raíces en los barrios. Bailamos para celebrar los doseles, los pájaros y la primavera.

“Simplemente

sucede que

no tengo

miedo

de

morir

entre

pájaros y árboles”

escribía el joven poeta peruano Javier Heraud.

Pareceré papanatas al confesar que en el Día del Árbol nos levantamos con ilusión en los ojos y el corazón. Pero también nos repetimos, incansablemente, las mismas preguntas: ¿cuántos árboles necesitamos en Lima?  ¿Cómo conseguimos agua para mantenerlos vivos? ¿Cómo los cuidamos? ¿Qué incentivos podemos crear para que los privados no destruyan el frágil patrimonio forestal urbano que tenemos? 

Y sobre todo: ¿cómo conseguimos que un alcalde entienda que un árbol no es decoración, y que plantar un árbol es más que un video para el TikTok? 

Que un bosque urbano, una calle arbolada, un parque, un jardín, un bosque ribereño o una ladera vegetada son infraestructura urbana esencial. 

Una infraestructura que nos protege de las olas de calor, que regula el agua, captura carbono, sostiene la biodiversidad, mejora el bienestar y hace que nuestras ciudades sean más resilientes y habitables. 

Una infraestructura tan necesaria como una pista, un sistema de drenaje, una red de agua o un poste de luz. 

Sin embargo, seguimos sin saber cuántos árboles tenemos, dónde están, qué especies son, qué edad tienen, cuál es su estado de salud. Salvo contadas excepciones, nuestras ciudades no tienen registros forestales urbanos completos, públicos y actualizados.

Es difícil gobernar lo que no conocemos y más difícil proteger lo que no valoramos.

Otras ciudades del mundo han empezado a contar sus árboles, a inventariarlos, a conocerlos uno por uno. A convertirlos en parte de sus sistemas de información y de sus políticas urbanas. 

Londres tiene un London Tree Map que reúne información de más de 1,1 millones de árboles del espacio público. El mapa incorpora ubicación, especie, y, para algunos ejemplares, tamaño y edad. Un estudio i-Tree estimó unos 8,4 millones de árboles en todo Londres, incluyendo jardines privados, bosques, parques y calles. 

Barcelona cuenta con inventarios de su arbolado y datos abiertos municipales. La ciudad tiene 1,42 millones de árboles, con una cobertura arbórea de aproximadamente 25,2 % de la trama urbana. 

Bogotá tiene el Sistema de Información para la Gestión del Arbolado Urbano (SIGAU) del Jardín Botánico, una base de datos geográfica y alfanumérica que registra cada árbol del espacio público urbano. Una herramienta clave para la gestión del patrimonio forestal urbano.

Lima no tiene un inventario forestal urbano metropolitano integrado, actualizado y público que nos permita responder preguntas tan básicas como estas:

¿Cuántos árboles tenemos? 

¿Dónde están? 

¿Qué especies son? 

¿Cuáles están sanos? 

¿Cuáles están en riesgo? 

¿Dónde necesitamos más?

Es hora de que cada alcalde sepa cuántos árboles tiene bajo su responsabilidad.

Y es hora de hacer de la naturaleza una pieza central de nuestra infraestructura.

Y quizá este sea el mejor regalo que podemos hacerles a los árboles en su día: 

Reconocerlos.

Contarlos.

Mapearlos.

Y comprometernos a cuidarlos. 

Al fin y al cabo, también moriremos bajo su sombra. 

O entre pájaros y árboles.


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