Racismo y exclusión: ¿quién puede y quién no habitar los espacios comunes de nuestra ciudad?

Enmanuel Grau (Lima, 1987) es especialista en Lengua y Literatura por la UNFV. Su obra explora la violencia, la memoria y la vida urbana peruana. Publicó Hijos de la guerra (Premio Luces 2020) y El fin de los tiempos (2024). Sus relatos integran antologías y revistas como Luvina. También participó en la FIL Guadalajara 2021 con el Perú como invitado de honor.
Un puente es la construcción de un océano de flores salvajes
Óscar Málaga
Los espacios públicos en el Perú se han convertido, no en pocas ocasiones, en territorios de combate. El ahora mal llamado Puente de la Paz no ha sido más que motivo de conflicto y un espejo roto en el que nos miramos a través de nuestros prejuicios. Porque este espacio que conecta el Malecón de la Reserva, en Miraflores, con el distrito de Barranco, no solo ha concitado serios cuestionamientos a la Contraloría General en relación al planeamiento y ejecución del mismo, sino también, una vez más, ha devenido en catalizador de violencias, miradas coloniales, valoraciones estéticas y un anhelo latente de apropiación espacial.
En redes sociales, zaguán de odios e ilusiones, no se discute en primer lugar la ingeniería o la contaminación visual que algunos válidamente señalan, tampoco el presupuesto de la construcción o el uso político de un espacio público, sino que, en ellas, otra vez, atestiguamos una discusión sin fondo en virtud de quiénes somos, qué espacios nos corresponden o no, qué costumbres y usos son válidos frente al mar.
Esto pone de manifiesto una problemática mayor, de fondo, que tiene como eje la normalización del racismo, la exclusión y la marginación social. La marca de no pertenecer a un lugar por puesta de casta.
Voces de espanto se han oído en el desierto: «allá vienen los coneros», «¿nunca antes vieron un puente?», «ahora solo falta que lleguen los ambulantes», «confirmo, huevona, ya llegaron, qué horror».
Pensé, al revisar decenas de videos y reels en este tono, en el libro de Enrique Congrains, Lima, hora cero (1954), en la movilización social genuina y trunca que se enuncia en otro ensayo importante, Desborde popular y crisis del Estado(1984), de José Matos Mar, y en tantos textos afines en los que la ciudad siempre es custodiada por centuriones de las buenas costumbres.
Y aunque, en la práctica, nadie puede decidir sobre otros en virtud de a dónde se dirigen, de qué manera interactúan o hacen suyo un espacio público, o qué resulta atractivo o no respecto del mismo, sí es posible generar una línea de discurso que se transforma luego en acciones que pueden violentar y que en efecto perjudican a aquellos a quienes se considera diferentes.
Basta revisar La gente decente de Lima y su resistencia al orden republicano (2013), de Pablo Whipple, para certificar que este fenómeno de demarcación territorial, y otras taras, esta especie de paranoia sobre espacios que son de todos pero que algunos consideran exclusivos, tiene vieja data en una ciudad que no ha dejado, no ha querido soltar, una nostalgia por dirigir el gusto, el goce y hasta la alegría de los demás.
Cuando era adolescente en los dosmiles y mi hermano y yo, montados en nuestras bicicletas, atravesábamos nuestro distrito en dirección al mar (era esa, como ahora, una ciudad derruida por la corrupción y el autoritarismo), sentíamos en la piel las miradas y recelos que hoy, al mirar hacia una cámara que llama con silbidos desde lo alto de un edificio próximo, caen también sobre un ambulante que pasa de la sorpresa al sinsabor: descubre que no hay interés ninguno por las marionetas de trapo que lleva al hombro, todo su capital de vida, sino solamente una risa burlona que es epílogo para una transmisión en vivo que confirma la presencia de seres como él en un lugar que no le pertenece.
El puente que todos debemos construir no tiene primera piedra. No hay presupuesto. Porque, en cuestiones de racismo y exclusión o marginación, el Perú sigue siendo clave.
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