Preferiría no hacerlo 


¿Será que convertir al trabajo en virtud nos ha causado un daño irreparable?


Nunca me traté con tanta consideración como en aquella época en la que me dediqué a escribir. Me costaba crisis enteras de angustia y asfixia existencial, de acuerdo, pero hasta un mediocre con suerte tropieza de tanto en tanto con una línea certera: un milagro minúsculo cada mil años, suficiente para justificar apartarme del mundo para hurgar en vidas ajenas —mi caso era ese, escritor de perfiles—. Era mi única manera de aproximarme a un ser humano, esa especie que intento esquivar a diario. Si escribía perfiles era porque jamás logré separar al autor de su obra; para escarbar en la memoria ajena; para ajustar cuentas con los muertos, levantar a mis propios héroes o consagrar a los vivos que todavía admiro. Afuera, la vida transcurría con su histeria habitual; adentro, yo me negaba a salir de ese ostracismo, con todo el pánico que eso acarreaba. Flaubert aseguraba que “escribir es una manera de vivir”. Yo, en cambio, siempre sospeché que escribir era un trámite bastante más solitario que morirse. Y pocas cosas disfruto tanto como quedarme solo.

Escribir, sin embargo, tiene una tara imperdonable: sigue siendo un trabajo. Y frente a cualquier clase de trabajo, como el amanuense Bartleby, yo siempre preferiría no hacerlo.

“Sólo ansío viajar —escribió Ribeyro en su diario íntimo—. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea”. Él tenía veinte años. A mí, en cambio, viajar siempre me dio pereza. Preferiría no hacerlo. Aunque nunca viajé tanto como en mis años de reportero, cuando era incapaz —de esto daría fe Bernard Shaw— de distinguir entre un accidente de bicicleta y el colapso de una civilización. Redacté notas que olían a sangre y las publiqué en diarios de papel, esos artilugios donde la gente a veces se enteraba de algo. Jamás le mordí los talones al poder. Preferí entretener que ponerme una corbata para pontificar sobre cómo cambiar el mundo. Nunca cité a Woodward ni a Bernstein, ni nadie jamás me deslizó un sobre cerrado con un documento clasificado bajo la puerta. Hice lo que pude, que no es poca cosa: madrugar con el hígado destrozado, subir cerros de arena para preguntar por qué, escribir la respuesta en una libreta con un lapicero moribundo, cotejar un dato inservible, pisar un charco y gritar ¡aniego!, comprobar el precio de un kilo de pollo en el mercado. 

Hacerlo me daba un rumbo, y hasta despertaba ese entusiasmo que otros llaman vocación. Pero seguía siendo un empleo, después de todo. Y yo nunca estuve mejor que cuando no hice nada; o, lo que es igual, cuando me quedaba en un sillón viendo caer la tarde por la ventana. Pienso, como Bertrand Russell, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado un daño irreparable.

Pocas veces fui tan cruel conmigo como el día, hace no mucho, en que se me ocurrió que las relaciones públicas eran una salida razonable. Es un oficio decente que hasta puede llegar a ser honesto, pero exige sonreír todo el tiempo: sonreír y estirar la mano, sonreír y saber saludar, que es el arte esencial —la piedra angular, diría— sobre la que descansa el éxito de cualquier relacionista público. Yo, sin embargo, soy más bien de los que prefieren despedirse, incluso antes de haber llegado a ninguna parte. El infierno son los otros. Se puede estrechar la mano y sonreír con toda la tristeza del mundo. En esos días aciagos —un clonazepam mañana, tarde y noche—, la rebeldía me fagocitaba por dentro como un parásito insatisfecho, recordándome que yo no era eso. Fui, durante un par de años, el relacionista público más antisocial en la historia universal del gremio. A mucha deshonra, eso sí, porque incluso la perseverancia me llevaba al fracaso. Supe actuar, estirar la mano y sonreír por contrato, tantas veces, mientras aprendía de profesionales talentosos, entre ellos unos cuantos capaces de saludar, vender su alma, redactarlo como un caso de éxito para Linkedin y cosechar miles de deditos alzados. Yo traté, lo juro, pero no pude. 

Dejé los empleos fijos solo para confirmar que la vida por cuenta propia demanda un esfuerzo intolerable. Hoy solo me queda rezarle a los algoritmos, rogarle a Musk, Altman, Zuckerberg y al resto de profetas de Silicon Valley que se apresuren: que nos arrebaten de una buena vez cada tarea, cada oficio y cada maldita obligación. Pero sin destruir el planeta, por favor, que a mí la vida sí me parece un plan insuperable. Quiero quedarme en casa a querer a mi esposa, engreír a mis tres hijos y leer en paz a Thomas Mann, un lujo elemental que el trabajo —escribir esto, por ejemplo— no me permite. Y yo, francamente, preferiría no hacerlo.


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