Que estas elecciones municipales nos recuerden el poder que tenemos como vecinos
Vivo en una quinta antigua rodeada de amables vecinos. Desde que me mudé allí, hace ya más de veinte años, aprendí lo valioso que es tener una vecindad, vivir rodeado de una comunidad que sabe tu nombre, pregunta por tu salud, que te ayuda con las bolsas del mercado.
Hubo un tiempo en que una persona con problemas mentales se obsesionó conmigo y aparecía por mi casa aporreando la puerta y gritando que le abriera a altas horas de la noche. Yo vivía sola con mi hijo, que era chiquito, y si no hubiera sido por mis vecinos, que se organizaban para botarlo y se ocupaban de mantenerlo a raya mientras llamaban a serenazgo y a la policía, sabe Dios qué me hubiera pasado. Hace unos meses, cuando me encañonaron cerca de casa para robarme el celular y todas mis pertenencias, fue gracias a mis vecinos que logré anular rápidamente mis cuentas bancarias y mi la línea telefónica. A pesar de que era tarde, todos salieron de sus casas para ayudarme y tuve a mi disposición muchas manos y teléfonos que hicieron el proceso rápido y eficiente.
Tenemos un chat que no solo incluye a los que vivimos en la quinta, sino también a los vecinos de toda la cuadra. Como en todo grupo humano, puede haber alguna discrepancia o desacuerdo, pero básicamente hemos formado una comunidad de gente amable que se cuida y cuida a los demás.
Mañana elegiremos a alcaldes distritales y provinciales en todo el Perú y, como suele ocurrir de un tiempo a esta parte, se trata de elecciones que no generan mucho entusiasmo. La mayoría de los electores no tiene una idea clara de quiénes son los candidatos que se presentan en su distrito; a lo mucho maneja un par de nombres de alcaldes provinciales, pero no mucho más. La falta de entusiasmo es tan evidente que muy pocos han visto o han comentado los distintos debates que se han transmitido por canales digitales.
Me atrevo a decir que el interés que tenemos los ciudadanos es directamente proporcional a nuestra esperanza de que las cosas cambien. Año tras año, las calles siguen llenas de huecos, el transporte público es un suplicio y la inseguridad no hace más que acrecentarse. Es verdad que los alcaldes y gobernadores regionales no tienen la capacidad de resolver muchos problemas que son competencia del gobierno central, pero hemos olvidado que nuestro día a día, nuestra cotidianidad, está más relacionada con las decisiones que toma una autoridad local que con las que toma un presidente, un ministro o un congresista. En nuestro chat de vecinos, por ejemplo, las preocupaciones giran en torno a si la calle está suficientemente iluminada, si se recogió bien la basura, si el parque está descuidado, si la obra que están construyendo cumple con los parámetros establecidos, si los juegos de los parques son seguros… Todos esos —y muchos más— son problemas que sí resuelven los alcaldes, que son las autoridades más cercanas a la gente.
Veo el mundo extraño en el que nos toca vivir y pienso que una de las mayores pérdidas que tenemos que soportar los vecinos es la falta de respeto por parte de nuestras autoridades. Cada vez nos es más difícil elevar nuestra voz; nos unimos en pequeños grupos para solucionar los problemas de nuestro entorno como mejor podemos, y la mayoría de las veces encontramos una solución que no pasa por la alcaldía. Estamos convencidos de que la colectividad sirve, de que nuestro éxito depende de nosotros mismos, y no necesitamos invocar la participación de alcaldes o regidores. Ante esa falta de relación e interacción, muchas autoridades que deberían estar al servicio del vecino han terminado convirtiéndose en pequeños tiranos que creen que gobiernan para sí mismos, que hacen obras sin consultar, que destruyen lo que funciona para llenar de cemento —cargado de corrupción— espacios públicos que no mejoran en nada.
Por eso, antes de pensar en qué símbolo marcar mañana, vale la pena recordar algo fundamental: la ciudad no le pertenece al alcalde, nos pertenece a nosotros. Los vecinos somos dueños legítimos de la calle que caminamos, del parque donde juegan nuestros hijos, del mercado donde compramos, de la vereda que pisamos. Recuperar esa condición de vecinos —esa pertenencia activa sobre el espacio que habitamos— es el primer paso para dejar de delegar en otros lo que nos corresponde exigir, vigilar y, sobre todo, defender.
Mañana nos toca elegir a los alcaldes en el Perú, pero tal vez sea tiempo de que nos reelijamos como vecinos y recuperemos ese espacio de poder que nos permite construir comunidad y tener una vida más digna.
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