Una pregunta desde el desconcierto
Tengo que reconocer que escribo este jugo desde el desconcierto. Me cuesta mucho entender qué le ven sus electores a Rafael López Aliaga. ¿Cómo puede ser que un número tan alto de peruanos —y especialmente de limeños— le haya dado su voto en esta elección? ¿Qué los lleva a desear que sea presidente de la República?
No es un entusiasmo que nazca de su elocuencia, eso está claro. López Aliaga es un mal orador: balbucea, arrastra las palabras y se pierde en sus propias frases. Pero el problema no es solo la forma, sino el fondo. Lo que dice oscila entre lo desconcertante y lo francamente alarmante. De las shushupes y los drones que explotan para combatir la inseguridad, hasta la amenaza de abusar sexualmente del presidente del Jurado Nacional de Elecciones si no le hacía caso a sus gritos de fraude.
Y hablando de violencia: el nivel de sus declaraciones contra los opositores no tiene comparación en la política peruana reciente. No hay debate, solo insultos y amenazas (incluidas las de muerte). ¿Alguien que escucha lo que dice puede pensar que es el líder que el país necesita? Y no hace falta ser su adversario político para llegar a esa conclusión. El excongresista ultraconservador Rafael Rey —su compañero del Opus Dei, a quien nadie en su sano juicio podría acusar de caviar— fue muy explícito en su programa de televisión hace pocos días: «Mi única explicación a las actitudes, a las declaraciones de los últimos tiempos, y sobre todo de los últimos días, de Rafael López Aliaga, mi única explicación es un problema psicológico. Lo digo con todo respeto porque lo he conocido años a Rafael López Aliaga. No es normal que una persona como él actúe como está actuando, sinceramente. Genera insultos, amenazas, difamaciones, calumnias y falsedades. No está bien. En mi caso, lo descalifica para pretender ser presidente de la República”. Cuando alguien tan cercano ideológica y espiritualmente llega a esa conclusión, vale la pena detenerse a escucharlo.
Para López Aliaga, todo lo que le sale mal es una conspiración de los caviares y Gorriti. Y no es una conspiración pequeña: sostiene que esa suerte de cofradía todopoderosa controla a Ipsos, a El Comercio, a la ONPE, al Jurado Nacional de Elecciones e incluso a Keiko Fujimori. Todos alineados, todos coordinados, todos contra él. Lo curioso es que lleva esta conspiranoia fraudista en la sangre desde hace años, y pocos lo recuerdan. Ya acusó de fraude al sistema electoral en las elecciones congresales del 2020, cuando su partido inscribió mal a algunos candidatos y quedaron excluidos. Lo volvió a hacer en las elecciones generales del 2021, sosteniendo sin pruebas que no lo dejaron pasar a la segunda vuelta. Nunca ha explicado, sin embargo, cómo ese mismo sistema electoral que siempre le hace fraude le permitió ganar la alcaldía de Lima en 2022, ni cómo esa misma institucionalidad corrupta lo dejó postular esta vez pese a los problemas estatutarios de su partido.
Hay quienes lo ven como un guardián del modelo económico, un empresario que sabe lo que hace y defenderá la inversión privada. Pero la evidencia apunta en otra dirección. En su gestión al frente de la Municipalidad de Lima desconoció contratos firmados con privados, y acumuló un endeudamiento millonario, en contra de la opinión del Consejo Fiscal. Tanto la seguridad jurídica como la disciplina fiscal son dos de las columnas fundamentales de nuestro modelo económico actual. ¿A ninguno de sus entusiastas seguidores en el sector privado le hace ruido esto?
Y su gestión municipal ha sido, en el mejor de los casos, mediocre. La prensa recuerda que incumplió sus principales promesas de campaña, los trenes siguen sin funcionar y la llamada Vía Expresa Sur —que de vía expresa tiene poco— es una obra plagada de fallas técnicas que debería avergonzar a cualquier alcalde. Uno no puede evitar preguntarse: si esa vía la hubiera ejecutado Susana Villarán, ¿cuántos reportajes estaríamos viendo sobre sus deficiencias?
Y si lo que seduce es su impronta conservadora, su discurso de orden y valores tradicionales, había en esta elección candidatos más coherentes y menos estridentes para enarbolar esas banderas. El general Williams o Carlos Espá ofrecían una versión de ese conservadurismo sin la violencia verbal.
Cada cierto tiempo aparece el argumento clasista y discriminador de que en el Perú solo debería votar la gente educada. Y la paradoja es que es justamente esa gente la que ha respaldado con mayor entusiasmo esa candidatura.
Una democracia necesita algo más que elecciones, necesita candidatos que acepten las reglas del juego, que no socaven las instituciones cuando el resultado no les favorece, que entiendan que gobernar no es lo mismo que imponer. Necesita de ciudadanos que busquen a los mejores para gobernar. Cuando un candidato con un historial tan problemático como el de López Aliaga cosecha tantos votos, hay motivos para alarmarse. No sé bien cuál es la explicación para este fenómeno, pero sí sé que ignorarlo sería un error.
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