¿Se puede acumular energía para la batalla escapando a una isla?
Ante el azul profundo de uno de los mares más bellos del mundo, pienso en el origen de la narración como la conocemos. Islas rocosas como en la que de momento me encuentro inspiraron a los antiguos griegos —Homero, el más conocido— a narrar dos de las más grandes épicas del mundo antiguo: la Ilíada, donde se describe el drama de la guerra, y la Odisea, donde se narra el difícil regreso a casa.
En este lugar alejado y tranquilo en medio del mar Egeo es fácil imaginar cómo se vivía en esos tiempos lejanos. Nos rodean cabras, ovejas, burros, gallinas y una que otra vaca. Se cultiva con humildad trigo y algunas hortalizas. En la isla existen tres pueblos: el puerto, luego el más grande, y también el pequeño sobre la montaña, que es donde estoy escribiendo esto. Cada día, en este esplendor azul, se espera a los botes con turistas y pobladores que van y vienen, pero que no logran llegar si hay mal tiempo. Los gatos andan al acecho de lo que traen los pescadores o de lo que los comensales dejan caer de la mesa en los restaurantes.
Me rodean unas cuantas tiendas que venden cosas básicas y varios restaurantes. La temporada turística está empezando y los locales se van preparando para la llegada masiva. Se entiende también por qué el resto de turistas demora en llegar: hace una semana llegó un viento endemoniado que nos obligó a buscar refugio en nuestra casa de piedra y cerrar todas las ventanas. Ahora brilla el sol y es posible imaginar cómo debe bullir de energía la isla en verano.
Sin embargo, a pesar de esta aparente desconexión, el mundo moderno logra expandir sus tentáculos y desde aquí se puede seguir lo que sucede en todos lados. Por ejemplo, las elecciones en Perú, donde todavía no ocurre la proclamación oficial de los resultados. Esto debería de suceder la próxima semana, pues la página de la ONPE anuncia que ya estamos al 99.2 % de actas escrutadas, y el Jurado Electoral Especial solo tiene que revisar un poco más de 650 actas. Pero siguiendo los programas en línea, y leyendo lo que llega a mis manos, veo con asombro que a un mes de la segunda vuelta hay quienes quieren aún desconocer los resultados de la primera. Espero que la cordura vuelva a inicios de la semana y podamos comenzar a pelearnos por la segunda vuelta.
Tan lejos y tan cerca sigo también los resultados de las elecciones del Reino Unido, lugar al que sigo unida por lazos familiares y vitales. Los laboristas han tenido un desempeño decepcionante que no ha sorprendido a nadie, y los conservadores casi no pintan después de los desastres de sus últimas gestiones: los grandes ganadores han sido los verdes, que levantan las banderas ecológicas y tienen mucho apoyo entre los jóvenes, además del partido de Nigel Farage, conocido como Reform, y que representan a la derecha más recalcitrante, el odio a los inmigrantes y las políticas nativistas que han llevado al desplome de la economía británica con el Brexit. ¿Cómo se traduciría eso en una elección nacional? Difícil saberlo.
Aquí hemos sabido también del último intercambio entre Donald Trump y el papa León XIV, en el que el pontífice ha pedido consideración con los migrantes y ha planteado la necesidad de tratarlos de manera humana y humanitaria. En este primer año del papa de Chiclayo y Chicago hemos recordado, una vez más, la importancia de los gestos y de las palabras que llevan humanidad.
También han llegado a estas costas las desafortunadas declaraciones de Isabel Díaz Ayuso en México, a donde fue para reivindicar a los conquistadores, y a celebrar a Hernán Cortez. La respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum no se hizo esperar, porque, en realidad, no hay necesidad de ir con un ánimo tan abierto de insultar. Los lazos entre México y España son largos, profundos e importantes, y van mucho más allá de la conquista. Como lo expresó la diputada Manuela Bergerot ante la Asamblea de Madrid, quizás más cercano y relevante en este momento sea hablar de los exiliados españoles que encontraron refugio en México ante la llegada del franquismo.
Espero se me perdone la digresión, pero algo de esas historias olvidadas sobre el refugio republicano español reconocí en la hermosa película marroquí con Carmen Maura que vi en un pequeño cine casi vacío en Suiza, antes de llegar aquí a Grecia. En Calle Málaga (2025), Maryam Touzani nos muestra la Tánger de su abuela republicana, que hizo de ese espacio el suyo. Verla freír croquetas, soasar pimientos para acompañar la tortilla de patatas y encontrar una manera de enfrentar la vejez en ese lugar del que rehúsa irse, obliga a pensar en los lazos que tejemos con los lugares en los que construimos un segundo hogar.
Es claro que mi búsqueda de esta pequeña isla griega se ha alimentado de fantasías, imágenes e imaginarios. Me refiero a los mitos griegos que siempre me han fascinado con sus dioses vengativos y amorosos; a las narraciones del viaje de Odiseo a su Ithaca, a antiguas visitas anteriores, a lecturas y lecturas sobre esta parte del mundo. Pero mi visita también se nutre de la fantasía de la desconexión, de ciertas ganas de alcanzar alguna liberación al llegar a un lugar donde no entiendo el idioma. Tengo un vocabulario muy limitado de frases para saludar, agradecer y pedir lo básico, aunque la fantasía de aislamiento se me resquebraja cuando pienso que quienes viven del turismo hablan inglés, y si no, pues manejan el lenguaje mundial de las señas.
He compartido, pues, esta pausa tomada para hallar un poco de distancia de lo que sucede en el mundo afiebrado, mientras reflexiono y acumulo fuerzas para lo que viene.
Gracias por su grata compañía.
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