Morir en la arena


La nueva novela de Leonardo Padura reflexiona sobre la vejez de una Cuba en el tobogán de la intrascendencia.


Leonardo Padura, uno de los escritores latinoamericanos más importantes de estos tiempos, estuvo de paso por Lima para presentar su última novela, Morir en la arena (Tusquets, 2026). Como anuncia el título —bello y sugerente, como todos los del cubano—, estamos ante una realidad que nadie quisiera enfrentar: la de remar y nadar toda la vida para finalmente morir ahogado. La de vivir esperando que se cumpla una promesa que nunca llega. La de pasar por el mundo sin dejar nada digno de rescatar.

En la La Habana pospandémica, Rodolfo, Nora y Geni, los tres personajes de esta historia, agonizan sin morirse. Arrastran existencias derrotadas en un país que les prometió una utopía y les entregó un entorno empobrecido, al que le falta infraestructura incluso para convertirse en un verdadero infierno.

Entre tormentas reales y metafóricas, los tres personajes pasan de largo los sesenta años, empiezan a jugarse los descuentos de un partido que jugaron pésimo y sin ganas, y miran hacia atrás tratando de recordar qué estuvieron haciendo mientras pasaban los años en esa Cuba de la que nunca se fueron. A qué se dedicaron cuando, después de la revolución, sus existencias se llenaron de miedos, restricciones y obligaciones impuestas por un régimen que siempre demandó mucho sin entregar nada.

Lo que originalmente parece una historia familiar, con reminiscencias de tragedia griega o shakesperiana, deviene en la historia desgarradora de un país que, en algún momento, perdió el rumbo y cambió las ideas de igualdad y solidaridad por las de obediencia y control.

Geni y Rodolfo son hermanos. Uno, salvaje y osado; el otro, miedoso y cobarde. Uno, casado con Nora; el otro, eternamente enamorado de ella. Uno, preso en una cárcel; el otro, encerrado en una personalidad frágil que termina de hacerse pedazos en la guerra de Angola. Ambos tienen hijas que viven en el extranjero. Ambos tienen un padre asesinado a martillazos. Pero el detalle que desata el eterno conflicto de esa familia es que fue el propio Geni quien lo golpeó hasta matarlo, porque tuvo un mal día.

¿Es el parricidio una metáfora de la necesidad de toda una generación, hija de la revolución, de castigar al partido que solo supo dar castigo, represión y miedo? ¿O se trata, simplemente, de un asesinato más, como cualquier otro? La novela de Padura abre tantas aristas sobre el fracaso, el desperdicio y la desazón de no haber conseguido nada, que el parricidio puede ser el desenlace de múltiples frustraciones. Puede ser la manera en que los cubanos, asustados de vivir, trocan el miedo en rabia y destruyen todo, tal vez para empezar de nuevo.

Pero si hay rabia, también hay cansancio y, entre Ladas desvencijados, tiendas vacías, escasez de alimentos, ron y cigarros, huecos en las pistas, mansiones derruidas y playas contaminadas, los personajes de Padura deambulan tratando de encontrar algo que los salve, que los reivindique.

Hay un cubano que mira con miedo y resignación la vida de los otros. Que toma nota del deterioro de un mundo colectivo en el que a sus habitantes no solo se les negó la posibilidad de tener algo, sino también la de ser alguien. Raymundo Funero, el escritor, el amigo del alma del asesino, va tomando nota de los detalles de la tragedia que envuelve a esa familia, a esa sociedad. Solo su mirada y su voz pueden sacarlos de la intrascendencia, pero no se anima. Su deseo de escribir sucumbe al atávico miedo de ser castigado, maltratado, por exponer la miseria de sus existencias. En su lugar, apuesta por el silencio, por la complacencia, y pierde la oportunidad de liberar, de liberarse.

¿Hay algún resquicio de salvación en esa isla que se cae a pedazos? Discúlpenme la cursilería, pero sí: el amor. Solo el amor que emerge tarde, con dolores de espalda y rodillas enclenques, consigue evadir la derrota de unos personajes que se aferran a él con la convicción y la necesidad de quien abraza un flotador que le permita, aunque sea precariamente, llegar a la otra orilla.


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