Entre las redadas migratorias y el nuevo precio de las visas en EE. UU., aún resiste la humanidad
No esperaba que el inicio del Mes de la Herencia Hispana me encontrara frente a un camión de comida mexicana, en una calle estadounidense marcada por la tragedia. Allí descubrí que, aun en medio del dolor, la generosidad de los perseguidos sigue siendo más fuerte que cualquier obstáculo político.
Este mes conmemorativo va del 15 de septiembre al 15 de octubre en Estados Unidos. Para muchos, es un período lleno de grandes celebraciones culturales, aunque este año varias se han reducido o cancelado debido al aumento de agresivas redadas migratorias. Como he anticipado, su inicio para mí estuvo marcado por un momento sencillo, pero profundamente revelador, en las calles de Minneapolis, área metropolitana a la que recientemente me mudé.
Hace unos días, en busca de comida latina, me encontré con un camión de comida mexicana estacionado cerca de la Iglesia de la Anunciación, en cuyo colegio parroquial ocurrió recientemente un tiroteo masivo que conmovió al país al cobrarse la vida de dos niños. Allí conocí a Alberto, originario de Puebla, y a su esposa, de Ciudad de México. Entre bocados de una deliciosa torta campechana, Alberto me habló de una colecta local para apoyar a las familias de las víctimas. Junto con su esposa habían decidido sumarse no solo siendo parte de un evento profondos, sino también con su propio frasco de propinas, transformado en improvisada alcancía de solidaridad.
Ese gesto, en medio del duelo, me conmovió. Refleja la fortaleza y generosidad de las comunidades inmigrantes y latinas en Estados Unidos, que encuentran la manera —grande o pequeña— de hacerse presentes cuando más se necesita, aun cuando las narrativas dominantes insisten en pintarlos como amenaza.
Porque lo cierto es que, hoy en día, gran parte del discurso político en Estados Unidos presenta la inmigración como el gran problema nacional. Desde las campañas presidenciales hasta los noticieros, se repite que la frontera “está fuera de control” y que los inmigrantes representan un riesgo para la seguridad, la economía o la identidad del país. Esa obsesión llega al extremo de que el propio gobernador de Utah, tras otro hecho trágico —el asesinato de Charlie Kirk, un activista mediático de ultraderecha—, declaró que había rezado para que el culpable no fuera “uno de los nuestros… de otro país”. Como si solo un foráneo pudiera cargar con la culpa.
Sin embargo, detrás de esa retórica se oculta una verdad más incómoda: los principales desafíos de este país son internos —la violencia, la falta de acceso a salud o vivienda—, no externos. El caso de la Anunciación en Minneapolis es un doloroso recordatorio de ello.
La incoherencia se hace aún más visible con las recientes medidas migratorias. Este setiembre, el gobierno estadounidense ha anunciado que impondrá nuevas tarifas para la petición de visas H-1B, utilizadas por profesionales calificados. Las empresas que quieran patrocinar a un trabajador extranjero, aparentemente, deberán gastar hasta 100.000 dólares en los trámites, esto con el fin de desincentivar su contratación. A ello se suman la cancelación de programas de trabajo temporal como el TPS y nuevos requisitos en el proceso de naturalización. Pareciera que no se trata solo de frenar la migración irregular: también se está castigando la migración legal y regulada.
Y, aun así, millones de inmigrantes siguen sosteniendo la vida cotidiana del país: en los campos agrícolas, los restaurantes y los servicios de limpieza, pero también en hospitales, universidades y laboratorios de innovación tecnológica. De hecho, según Naciones Unidas, a mediados de 2024 los migrantes internacionales representan el 3.7 % de la población mundial —más de 304 millones de personas que vivimos en un país distinto al de su nacimiento—, lo que muestra que la movilidad humana es parte integral de la vida contemporánea, no una anomalía.
Aquí aparece una ironía que interpela directamente a América Latina: en varios de nuestros países también se ha extendido el discurso antiinmigrante, dirigido contra venezolanos, haitianos, centroamericanos o incluso contra connacionales que retornan. Resulta paradójico, porque casi todas nuestras familias tienen un primo, una hermana o un amigo que migró, ya sea a Estados Unidos, a Europa o a otro país de la región. Si conocemos de primera mano lo difícil que es empezar en otro lugar, ¿por qué repetimos narrativas que criminalizan a los migrantes?
Frente a un clima político que busca excluir y dividir, gestos de solidaridad como los de Alberto y su esposa nos recuerdan una verdad básica: lo que sostiene a un país no son los discursos de miedo, sino las manos que día a día lo hacen funcionar —muchas de ellas inmigrantes—. Y no está de más advertirlo: narrativas simplistas y antimigrantes como estas también podrían ser utilizadas en las elecciones del próximo año en el Perú, con el riesgo de sembrar más división en sociedades que ya conocen el costo de la exclusión y, de paso, distraernos de la corrupción, la incapacidad del gobierno y su falta de estrategias contra la delincuencia.
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