¿Cuántos choques virulentos esconden los edificios?
Mudarse a una ciudad nueva despierta importantes emociones. Los sueños son grandes. El entusiasmo les sigue los pasos. También es verdad que, lejos de nuestro antiguo lugar seguro, rodeados de costumbres que aún no conocemos, surge cierto pudor. No queremos importunar ni molestar a nadie con nuestra llegada. Hacemos lo posible.
Y en esas estamos este primer mes en Madrid: reaprendiendo a conducirnos con relajo, ojalá pronto con suficiente conchudez.
Para mala fortuna, en ese camino de volver a ser nosotros mismos, nos hemos dado de cara con vecinos pesados. Personas cuya misión parece ser evitar que nos sintamos en casa.
Paradójicamente, nada nos ha hecho sentirnos más en casa que batallar contra ellos.
Sabiéndonos del lado correcto de las normas de convivencia, ignoramos los golpes en la pared que separa nuestros departamentos. L, que da clases de canto con ayuda de su teclado, los tiene locos. Milo, con sus ladridos, hace su parte. Y nuestro casero, presidente de la junta de propietarios, también se ha suscrito al bando de nosotros, los peruanos.
La guerra, todo indica, la tenemos ganada.
Las quejas innecesarias y esa patológica necesidad de control, sumadas a la angustia que inicialmente nos provocaron, ya no son un problema, pero al escribir sobre ello me es inevitable pensar en las películas que mejor sublimaron los dramas diarios de las ciudades sobrepobladas. El tamiz de la pantalla, a través de la comedia y el terror, nos permite mirarlos con distancia y olvidar por unas horas que nuestros vecinos siguen con la oreja pegada a la pared.
Lo que sí: no queremos restarles sentido a sus vidas, así que, después de poner play, subimos muy alto el volumen y esperamos a que comiencen sus golpes.
El inquilino (Roman Polanski, 1976)
De toda la llamada «trilogía del apartamento», El inquilino es la cinta que retrata más de cerca el tormento de tener a los vecinos en contra. Trelkovsky toma un departamento en París. La antigua inquilina lo dejó libre luego de tirarse por la ventana y Trelkovsky no tardará en enterarse por qué: el edificio está repleto de individuos que dedican su vida a quejarse. No quieren que traiga mujeres, no quieren que haga fiestas y no quieren que haga bulla, aunque en realidad él no esté haciendo ninguna. El acoso colectivo, disfrazado de buenas costumbres, comienza a golpear su espíritu. Al parecer, los vecinos desearían que Trelkovsky le siga los pasos a su predecesora.
Fright Night (Tom Holland, 1985)
Le notas algo raro al vecino – Comienzas a investigar – Descubres lo peor – Tratas de explicárselo a los demás – Nadie te cree. La secuencia bien podría ser ya su propio género, con películas que van desde La ventana indiscreta (1954) hasta Disturbia (2007), si acaso no son todas la misma. En Fright Night, la novedad está en el vampiro, que vuelve la gesta del presunto héroe mucho más difícil. Una cinta muy ochentas, muy sexy, muy derrotemos todos juntos al mal.Ahora bien, si hubo alguna vez un vecino pesado es este: el adolescente que se mete allí donde nadie lo llama y grita: «¡Vampiro!». Un conservador de manual: chismoso, histérico, buscando aguarle la fiesta al resto.
La comunidad (Alex de la Iglesia, 2000)
La historia de infortunios de una corredora de departamentos cambia para siempre cuando decide quedarse a vivir —y sin pagar— en una de las propiedades que alquila. Su atrevimiento coincide con la muerte, en el piso de arriba, de uno de sus nuevos vecinos, y también con lo importante: el descubrimiento de su fortuna. En adelante, tendrá que luchar contra el gran monstruo: la junta de propietarios que desde hace mucho tenía el ojo puesto en los billetes. La violenta determinación de los vecinos sugerirá que fueron ellos quienes asesinaron al viejo millonario y que no dudarán en hacer lo mismo con la corredora. Un trepidante relato bajo el esquema David (la recién llegada) vs. Goliat (los psicópatas en mancha).
Dúplex (Danny DeVito, 2003)
Hace un par de décadas, esta comedia nos enseñó cuánto podía aniquilar tu vida una mala convivencia. Peor aun: cuánto una anciana insufrible, inoportuna y rata podía tirar abajo los sueños de una joven pareja. La película no es más que una espiral de desgracias para ellos. A pesar de su avanzada edad, la vecina es aparentemente invencible; mejor dicho: inmortal. El enfrentamiento está perdido desde el inicio, pero —al menos para los espectadores— risas habrá. Ben Stiller, por enésima vez, le da en el clavo a su papel de nerd miserable, golpeado por las circunstancias, a poco de considerar seriamente el suicidio.
Neighbors (Nicholas Stoller, 2014)
Los Radner tienen treinta y pocos, y acaban de ser padres. Su nuevo estilo de vida los aleja de sus viejos amigos, pero aquella deseada —y por ratos resignada— tranquilidad se ve interrumpida por la aparición de una fraternidad en la casa vecina. La cercanía generacional con su líder consigue que inicien con buen pie, pero aquello no dura mucho y pronto empieza la guerra. Un retrato inteligente de lo que implica tener hijos: convertirte, casi sin darte cuenta, en ese vecino que alguna vez juraste destruir; odiar, lleno de culpa, a quienes todavía quieren sacarles el máximo jugo a sus juventudes.
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