Mezcle silencio, miedo e intolerancia


El cóctel dominical que nos dejó resaca 


Aún estoy recuperándome de la resaca electoral: el flash a boca de urna el domingo me dejó un malestar que no se va con nada. Esa misma noche le dije a mis contactos de Facebook que el resultado me parecía indignante, pero no les conté la razón. Tenía atravesado en la garganta el gráfico que mostraba un posible empate en el segundo lugar entre tres candidaturas muy parecidas. El empate no sólo concentraba el 30% de los votos; también prometía una segunda vuelta polarizada. 

            Tres días después, ya sabemos con certeza quiénes se enfrentarán por la presidencia en junio y la polarización no ha hecho más que aumentar. Pienso en la crisis de la representación política, en las fallas de nuestro sistema electoral, en la ausencia de partidos sólidos. Nada de eso es nuevo, pero sigue sorprendiéndonos. Quiero también pensar en soluciones. Eso es más difícil. No porque no las haya, sino porque todas implican un plan a (muy) largo plazo. La pregunta es qué hacer mientras tanto.

En el corto plazo, Lima ha culpado a los “más pobres e ignorantes” de los resultados y ha caído en otras viejas tendencias. Esto incluye a los sectores más progresistas, quienes han notado un mensaje del “otro Perú”, aunque aún no sepan bien cuál es ese mensaje. Es difícil interpretar algo cuando no se habla el mismo lenguaje, ni en sentido literal ni figurado. 

            Para tender puentes necesitaremos más que solo reconocer los problemas de los “otros Perús”: tendremos que hacer nuestros esos problemas. Que la pobreza de Huancavelica sea la pobreza del Perú. Irónicamente, el racismo, un tema ausente en los debates, nos devuelve hoy su cara tan cruda y sutil a la vez. Sutil, porque está detrás de la condescendencia con la que miramos a las regiones, y cruda, porque media el rechazo al candidato en primer puesto. 

            “Ha hablado el Perú profundo”, se dice en los medios de comunicación. No es una referencia a una división geográfica: es una división entre ciudadanías con prioridad y ciudadanías sin prioridad. Una parte del “Perú superficial” ya ha decidido que el mal menor es negociar con los responsables de las esterilizaciones forzadas de cientos de miles de mujeres del “Perú profundo”. Estos comportamientos no son producto de la crisis de representación, sino causa de la misma. 

            Es trágico que el gran ganador en primera vuelta no pueda gobernar el país: los insatisfechos con cualquiera de los candidatos son más numerosos que cualquiera de los mismos. El primer y segundo puesto de las elecciones presidenciales obtuvieron juntos menos de cinco millones de votos. Es decir, Castillo y Fujimori han sido elegidos por la quinta parte del electorado. Los votos en blanco –más de dos millones– superan los votos del segundo puesto (1,857,569). Más de siete millones de electores estuvieron ausentes. Es cierto que el ausentismo suele estar por encima del 20% en nuestras elecciones, pero que 9 millones de electores no hayan dicho nada sobre quién debería gobernar es un mazazo de alerta.  

            No es extraño, por lo tanto, que estas cifras hayan encendido en algunos el chispazo de promover el voto en blanco para la segunda vuelta. El artículo 184 de la Constitución Política del Perú señala que el “Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad de un proceso electoral, de un referéndum o de otro tipo de consulta popular, cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos emitidos”. El universo son casi 24 millones de electores, pero sólo se cuentan aquellos votos emitidos. Si participa el mismo número de personas que la última vez (16,875,725), los votos en blanco deberían ser once millones para anular el resultado de segunda vuelta. Al ser procesos electorales distintos, la nulidad no aplicaría a la primera vuelta. De proceder, volveríamos a elegir entre las mismas dos opciones. El voto en blanco no es, pues, una opción de participación política.

            Ahora que nos quedan solo dos opciones es natural que la primera reacción sea polarizarnos (sobre todo en Lima, porque el resto del país tiene su decisión bastante clara). La polarización es producto de una perspectiva cerrada y de una ausencia de diálogo. Este es un momento para (re) leer los planes de gobierno, compartir información, evidencias y propuestas que construyan. Lo peor sería dejarle nuestro poder al miedo y a la intolerancia. 

1 comentario

  1. jenny

    muy cierto, sin embargo también importa la postura y comportamiento de los dos candidatos. que tan flexibles están en modificar su discurso.

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