Una semana plena de historias e imágenes


Un libro y tres exposiciones aportan a esa identidad que tanto necesitamos 


Esta semana he tenido la posibilidad de pensar la ciudad de Lima, y también el Perú, de varias maneras. Una que me ha entretenido y fascinado es el último libro de Alonso Cueto, Memorias de una limeña, que acaba de aparecer con Penguin Random House y que presenté junto a Enrique Planas en el centro histórico de la ciudad, al lado de la iglesia de San Pedro, donde suceden algunos de los episodios de la novela.

Narrada por una mujer de unos setenta años en 1968, la novela nos ayuda a imaginar e incluso a visualizar una ciudad hecha de recuerdos. La vida de la protagonista y narradora está llena de sobresaltos y de traslados, pero en todo momento la ciudad de Lima actúa como su ancla principal y a través de sus ojos observamos los cambios vertiginosos ocurridos en ella durante la primera mitad del siglo XX.

La modernización de la ciudad, la llegada del cine en 1897, las costumbres engoladas de la República Aristocrática, la sociedad pacata y chismosa donde todos los vecinos se conocen y emiten juicios. Los cambios que trae el gobierno de Augusto B. Leguía, además de las vanguardias literarias y políticas. Así, la vida de Adriana se entrecruza con los momentos más relevantes de nuestra historia, así como con muchos de sus protagonistas. Ella, que se dedica a la moda, nos lleva con sus textiles por los cambios sociales y de costumbres de su tiempo.

La presentación de la novela fue en el Centro Cultural Garcilaso de la Vega, y coincidió ahí con la estupenda muestra de las fotografías de Martín Chambi. Se trata, sin duda, de la exposición más importante de su obra, con un 80 % de imágenes que no se habían expuesto antes. Están, por supuesto, las más conocidas, la del gigante de Paruro, la de la boda de la familia Gadea, las de Machu Picchu, pero también las acompañan muchas de su familia, de su comunidad, de su pueblo, además de muchas de las tomadas en su estudio, en las calles del Cusco, así como en Arequipa; fábricas, obreros, estudiantes, policías y deportistas junto a personajes importantes de su tiempo.

No parece ser casualidad que uno de los personajes que aparece tanto en la exhibición de Chambi como en el libro de Cueto,  sea Abraham Valdelomar. Quien también fuera conocido como el Conde de Lemos fue un cuentista, poeta, ensayista y político peruano, conocido por sus excentricidades y modales de dandi, al que algunos criticaron como imitador de Oscar Wilde. En el retrato de Chambi aparece vestido con poncho y chullo, abrazando una gran tinaja de barro, mientras que en la novela de Cueto es una presencia constante en el Palais Concert acompañado de Julio Ramón Ribeyro (padre) y de José Carlos Mariátegui.

Ver esas imágenes al momento de hablar de la novela me hizo posible visualizar ese mundo de los años 20 y 30 que Cueto reconstruye con palabras. Y esto me lleva a otra actividad en la que participé esta semana: un conversatorio sobre la muestra fotográfica de los archivos de la Revista Caretas a propósito de sus 75 años. La muestra, que está hasta hoy, domingo 12, en el Museo de Arte Contemporáneo en Barranco, hace posible observar un pedazo de la segunda mitad del siglo XX en el Perú y el primer cuarto del siglo XXI.

Fundada por Doris Gibson en 1950, y luego dirigida por su hijo Enrique Zileri, la revista  —que le dedicaba  a las imágenes la misma o quizá más importancia que al texto— fue sin duda la más importante de su tiempo. La muestra busca transmitir sentimientos y emociones sobre nuestro pasado reciente, y exhibe solo una pequeña parte de la riquísima colección visual que se alberga en su archivo.

En el conversatorio hablamos de la importancia histórica del archivo, y cómo el sentido de la fotografía ha cambiado ahora que todos tenemos una cámara permanentemente en el bolsillo, y de qué manera paradójica la proliferación de las imágenes y la facilidad de producirlas ha hecho más difícil la aparición de aquellas que se pueden convertir en icónicas para transcender su origen y función inicial.

Algo de eso sucede con las imágenes que todos tenemos en mente sobre los años del Conflicto Armado Interno, pues muchas de las fotos que aparecieron en la famosa exposición que salió del trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación provinieron de Caretas. El hecho de que aquella vez fuesen expuestas en gran formato primero en la Casa Riva Agüero de Chorrillos, y luego por años en el Museo de la Nación con la muestra Yuyanapac, las ha hecho ingresar en nuestro imaginario colectivo, alejada de su conexión inicial con Caretas.

Finalmente, para cerrar esta semana en Lima de imágenes, archivos y recuerdos, se acaba de inaugurar en la Casa O’Higgins la muestra de Diana Kisner sobre la colección de archivos de cine de su familia. Hace veinte años ella encontró en Arequipa una maleta que había guardado su abuela con todo el material de la distribuidora de cine de su abuelo, Marcos Kisner, y tardó dos décadas en convertir ese material en una meditación sobre el arte, el cine la familia y la memoria.

Lo que ha hecho Kisner con los recortes y los fragmentos de las memorias de la empresa familiar es un relato en collage, dibujo y texto que nos lleva a reflexionar sobre cómo pensamos en quienes nos precedieron, en su legado, y en cómo todo esto nos marca para el futuro. Su trabajo apela también a la responsabilidad y promesa que significan estos archivos privados, fragmentos de un pasado que en este caso sobrevivió en una maleta. A pesar de ser la narración de unas vidas específicas, esa maleta también es parte del archivo de todos los peruanos.

No dejen de ir al centro a ver la muestra de Chambi y la de Kisner, no dejen de leer a Cueto, y anímense a buscar los viejos números de Caretas, porque son parte y aportan a nuestra memoria colectiva. Además, lo más seguro es que activarán en el desván de nuestras memorias nuestro sentido de identidad y pertenencia. Algo que nos viene bien en estos tiempos de desaliento nacional.


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