¿Esta esponja cambiará el mundo? 


Los políticos parecen destruirnos, pero la arquitectura molecular quizás nos salve


Si hemos depositado tanta ilusión en una clase política que con frecuencia nos ha dado la espalda, quizá valga la pena mirar hacia quienes sí están produciendo cambios reales: los científicos.

Uno de ellos es Omar Yaghi, un químico de origen palestino-jordano que lleva décadas trabajando en algo aparentemente simple: crear materiales desde cero. Pero lo que ha logrado está lejos de ser simple: sus descubrimientos abren la puerta a una nueva forma de diseñar el mundo material.

Yaghi emigró a Estados Unidos a los 15 años con una idea fija: ser químico. Con el tiempo, desarrolló una obsesión para construir estructuras a escala molecular, como si jugara con piezas de Lego invisibles. Así nació la química reticular, disciplina que le valió el Premio Nobel de Química en 2025 y que dio origen a los llamados marcos metal-orgánicos, o MOF.

Dicho sin rodeos: son “superesponjas”. Materiales con una cantidad asombrosa de poros microscópicos. Tan asombrosa, que unos pocos gramos pueden tener una superficie interna equivalente a una cancha de fútbol. Esa arquitectura les permite capturar, almacenar y transformar moléculas con una precisión extraordinaria.

¿Para qué sirven? Para muchas aplicaciones.

Por ejemplo, para obtener agua en medio del desierto. Algunos MOF son capaces de capturar humedad del aire incluso cuando esta es extremadamente baja (por debajo del 20 %) y convertirla en agua líquida utilizando solo calor solar. En pruebas realizadas en el desierto de Mojave, entre California y Arizona, se ha logrado producir más de un litro de agua por kilogramo de material al día. Sin enchufes. Sin tuberías. Ahora, la startup Atoco, fundada por el propio Yaghi, ya trabaja en dispositivos que podrían producir hasta 1.000 litros diarios en zonas áridas y que, en el corto plazo, podrían atender a comunidades aisladas o escenarios de emergencia. En el futuro, podrían ser parte de la vida cotidiana en regiones donde el agua escasea, como el desierto peruano.

Y no se trata solo de agua. También de aire y de clima.

En 2024, Yaghi presentó COF-999, un material capaz de capturar dióxido de carbono de forma altamente eficiente. En un planeta que no deja de acumular CO₂, este tipo de soluciones podría marcar la diferencia entre un futuro hipercaliente o uno más fresco.

Lo más interesante es cómo se crean estos materiales. A diferencia del carbón activado o las zeolitas, los MOF no se descubren: se diseñan. Se pueden combinar metales como zinc, cobre o magnesio con moléculas orgánicas para construir estructuras a medida. Es, literalmente, arquitectura molecular. Permite imaginar materiales con funciones específicas: desde transportar medicamentos dentro del cuerpo hasta actuar como filtros que eliminan contaminantes invisibles del agua (fármacos, pesticidas, hormonas) que hoy escapan a muchos sistemas de tratamiento. O empaques que alargan la vida de los alimentos al capturar los gases que aceleran su descomposición.

En teoría, se pueden diseñar millones de estos materiales. En la práctica, apenas estamos empezando. El gran desafío, ahora, es producirlos a escala. Y aquí, curiosamente, sí entra la inteligencia artificial como aliada, acelerando el descubrimiento de nuevas combinaciones posibles.

Y así, mientras seguimos esperando respuestas desde la política, quizá sean unas esponjas microscópicas —y quienes las diseñan— las que terminen cambiándolo todo.


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