El trío del terror de la Iglesia latinoamericana por fin es comparado
En Como lobos rapaces (Fondo Editorial de la PUCP, 2026), Gonzalo Cano cruza dos registros que rara vez van juntos. Por un lado, el testimonio de quien fue captado por el Sodalicio de Vida Cristiana siendo un adolescente. Por el otro, el estudio comparado de tres líderes católicos latinoamericanos que levantaron a su alrededor comunidades de obediencia absoluta.
Conviene empezar por el título, que tiene su propia historia. En 1978, el sodálite Alfredo Garland publicó, bajo la supervisión de Luis Fernando Figari, un panfleto contra la Teología de la Liberación con ese mismo nombre. Los lobos, en aquella versión, eran los curas progresistas, y los sodálites se veían a sí mismos como los verdaderos pastores. Casi medio siglo después sabemos quiénes eran los lobos. Cano recupera la frase y la devuelve a su sentido original, el del Evangelio de Mateo, que advierte sobre los falsos profetas que llegan con disfraces de ovejas y por dentro son lobos rapaces.
Yo llegué a este tema desde otro lugar. Cuando presidí en el Congreso la Comisión Investigadora de Abusos Sexuales contra Menores de Edad en Organizaciones, dedicamos un capítulo entero del informe final al Sodalicio de Vida Cristiana. Entrevistamos a treinta y ocho exmiembros y recibimos dieciocho testimonios de abuso sexual; en once de esos casos las víctimas eran menores de edad. Documentamos, además, abusos físicos, psicológicos y económicos. El Sodalicio, como sostiene Cano en el libro, tenía la estructura de una organización sectaria. Captaba adolescentes con un perfil definido, varones blancos de familias acomodadas; los alejaba de sus casas, les imponía una obediencia vertical y los quebraba hasta dejarlos en un estado de vulnerabilidad extrema. Sobre esa base se cometieron los abusos, y se sostuvieron durante décadas sobre una cultura de impunidad.
El testimonio de Cano muestra desde adentro lo que un informe parlamentario describe por fuera. El otro aporte del libro es la mirada comparada que anuncia el subtítulo: Marcial Maciel en México, Fernando Karadima en Chile, Figari en el Perú. Puestos uno al lado del otro, los tres casos desmontan la tentación de leer lo nuestro como solo una anomalía peruana. Maciel murió en 2008 sin sanción canónica ni civil, medio siglo después de la primera denuncia ante el Vaticano; Karadima recién perdió la licencia sacerdotal en 2018, sin pisar nunca una cárcel; Figari no tiene hasta hoy consecuencia penal alguna en el Perú. Cano escribe que América Latina parece un paraíso para este tipo de grupos. Duele leerlo, y nuestro informe le da la razón: ninguna autoridad peruana actuó de oficio pese a diecinueve años de reportajes sobre el Sodalicio.
El mayor hallazgo del ensayo es la metáfora que lo organiza. La idea del macho alfa que domina por fuerza y ferocidad proviene de observaciones realizadas con lobos en cautiverio. En estado salvaje, la manada es una familia y funciona por vínculos y por el cuidado de las crías. En cautiverio, donde no hay parentesco, lo único que ordena al grupo es el miedo. Estas organizaciones, escribe Cano, son manadas en cautiverio, y sus miembros obedecen por miedo disfrazado de amor. Cuando leo esa imagen, pienso en esa formación diseñada para convertir a muchachos en soldados de Cristo a punta de humillaciones, y en lo que nuestro lenguaje técnico llamaba asimetría de poder.
En 2023, ocho años después del libro de Pedro Salinas y Paola Ugaz que hizo público esos abusos, el papa Francisco envió al Perú a los monseñores Scicluna y Bertomeu. En abril del año pasado el Vaticano suprimió el Sodalicio y todas las instituciones fundadas por Figari. La manada, formalmente, quedó disuelta. Pero las secuelas que documentamos, y que Cano describe con el concepto de pseudopersonalidad, siguen vivas en cientos de personas. Depresión, ansiedad, proyectos de vida truncados, la fe rota, la dificultad de volver a confiar en cualquier grupo humano. Disolver una institución no repara a nadie por sí solo. Y Figari sigue sin condena.
¿Qué hacemos, entonces, para que no vuelva a ocurrir? El libro dedica un capítulo, llamado «El bosque», al contexto que hizo posible la cacería. Su tesis es que el contenido religioso funcionó como disfraz. Estos hombres usaban a la Iglesia para su propio provecho, y el prestigio de la religión en América Latina fue el material con el que construyeron un ambiente donde las reglas quedaban suspendidas para los suyos. Prevenir, entonces, es una tarea sobre el bosque. Pero en el Perú cuestionar a una organización religiosa suele leerse como un ataque a la fe, y quien lo hace pasa a ser tratado como enemigo. Los periodistas que destaparon el caso Sodalicio lo saben bien. Así, estas instituciones suelen quedar blindadas, con carta libre para actuar impunemente.
La advertencia del Evangelio de Mateo señala que el peligro rara vez se presenta mostrando los colmillos. Llega con carisma, con obras admirables, con colegios prestigiosos y discursos de santidad. Por eso importan libros como este, que además recuerdan que el fanatismo está en germen en todos nosotros. Creerle a las víctimas no contradice la presunción de inocencia, y es lo que permite romper el silencio y empezar a buscar la verdad.
Mientras no lo hagamos, los lobos seguirán cazando con impunidad.
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