En una montaña del Ártico, millones de semillas esperan el futuro
Nunca fui una de esas personas que coleccionan objetos o amuletos con devoción. De niña me entusiasmé, durante un breve tiempo, con las estampillas postales que mi abuelo guardaba en una gran carpeta azul, y empecé a organizar mi propia modesta selección.
Me fascinaba aquella diminuta biblioteca de sellos tan diversos. Algunos mostraban sargentos valientes de guerras lejanas; otros, el rostro de una científica recién galardonada; otros, un ave de plumaje colorido de Madagascar o una especie botánica descubierta en los bosques de Costa Rica.
Me encantaba deslizar la yema de mis dedos sobre sus bordes dentados o sostenerlos entre los dedos y sentir la duplicidad de su textura: lisa y cartácea por un lado; brillante y engomada por el otro, esperando que una lengua humana les diera el último impulso para convertirlos en un pequeño documento oficial.
Pero el entusiasmo duró poco. En un abrir y cerrar de ojos abandoné aquella afición, quizá porque nunca tuve la paciencia de una verdadera coleccionista.
Y, sin embargo, basta observar a nuestra especie humana para descubrir que los coleccionistas abundan. Los hay tradicionales, que atesoran estampillas o monedas antiguas; convencionales, que reúnen búhos o pequeños budas decorativos; adinerados y ostentosos, que coleccionan raquetas de tenis u obras de arte; amantes de la mecánica, que acumulan bicicletas; naturalistas, que conservan insectos disecados; y otros más extravagantes.
Es que coleccionar no es una rareza humana, sino una estrategia para conservar información, ordenar el mundo y, quizás, controlar el caos. También, para construir identidad y memoria.
Los científicos también coleccionan. Lo hacen en laboratorios, museos, universidades y estaciones de investigación. Sus colecciones son menos decorativas y, a veces, muy extrañas: cerebros, lágrimas, huesos, núcleos de hielo, cordones umbilicales, sangre e, incluso, fragmentos de meteoritos.
Entre todas esas colecciones, hay una particularmente importante: la de semillas.
El otoño pasado, con el entusiasmo y la complicidad de mi hermana Elena, yo hice la mía. A partir de las inflorescencias secas de nuestro huerto casero y de la pulpa de frutos de verano, separamos y recogimos cientos y hasta miles de pequeñas vidas vegetales en potencia: las secamos cuidadosamente, las guardamos en pequeños sobres manila, las etiquetamos y las guardamos en una gran caja de cartón azul. Semillas redondas y pequeñas como planetas minúsculos; ovaladas y rechonchas; alargadas como lágrimas secas; rugosas y tiesas como caparazones de insectos. Una diversidad asombrosa y, para mí, emocionante.
Pero la mayor bóveda de seguridad de semillas del mundo no se encuentra en mi sótano fresco, sino dentro de una montaña rocosa de Noruega, en el Ártico. Es la Bóveda Global de Semillas de Svalbard que, hace pocas semanas, abrió sus puertas a nuevas colecciones desde dos países africanos, Niger y Burkina Faso, y cumplió un nuevo hito: más de 1,4 millones de “accesiones”, es decir, muestras de semillas procedentes de bancos de germoplasma de todo el planeta.
La bóveda de Svalbard conserva un verdadero tesoro: semillas de cereales, hortalizas y leguminosas procedentes de África, Asia, Europa y América. Allí conviven variedades de maíz, arroz, trigo, cebada, legumbres, hortalizas y muchos otros cultivos que forman parte de la memoria agrícola de pueblos de todo el mundo. En 2025, nuestro Instituto Nacional de Innovación Agraria, INIA, hizo su primer depósito: 25 variedades nativas de ajíes del género Capsicum.
Svalbard es como una enorme caja fuerte de duplicados de semillas de bancos de germoplasma del mundo: más de un centenar de depositantes procedentes de bancos nacionales, regionales e internacionales han depositado ahí sus “copias de seguridad”. Las semillas permanecen allí bajo un sistema de “caja negra”: los depositantes mantienen la propiedad y el control sobre sus muestras.
Una semilla parece poca cosa: un pequeño objeto seco, dormido, casi insignificante. Pero dentro de ella hay una planta potencial, una combinación genética que quizás haya tardado siglos en construirse. Con la red de centros originales de conservación del germoplasma agrícola (entre ellos, nuestro Centro Internacional de la Papa, CIP), Svalbard es una especie de seguro alimentario de la humanidad. Es también un ejemplo de colaboración internacional, aquella que en estas épocas de guerras y fragmentación geopolíticas, nos devuelve una pizca de optimismo.
Guardamos estampillas para recordar. Guardamos objetos para no perderlos. Guardamos semillas para no perder el futuro.
En estos meses de emergencia climática, cuando el calor nos asfixia y el sol limeño de agosto calcina la piel, me pregunto: ¿quién cuidará estas semillas dentro de cien, doscientos, quinientos años? ¿Qué ocurriría si una guerra, un desastre natural o una falla tecnológica interrumpieran nuestra capacidad de conservarlas? ¿Quién recordará cómo abrir esta caja fuerte de la vida?
Y así surge la misma, ingenua, pregunta de siempre: ¿y si produjéramos menos bombas y más almacenes de semillas?
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