De la selva al cemento: versiones (made in Perú) en busca de la espiritualidad
Por cuestiones de trabajo que no vale la pena explicar, esta semana tuve que ponerle pausa a Los hermanos Karamázov, que, aunque parezca mentira, tiene más páginas que una novela promedio de Jeremías Gamboa.
No sé si a ustedes les pasa, pero cuando pienso en Rusia, antes de indignarme por el asedio a Ucrania y pretender arreglarlo con un post en Linkedin, pienso en Dostoievski, mi escritor preferido, y también de inmediato en el penal a las nubes de Cuevita en el mundial ruso de 2018, que fue un crimen y un castigo, para hermanar en una sola desdicha a la literatura con el fútbol. Tuve que dejar a un lado a los Karamázov, les decía, para meterle el diente a los libros de dos peruanos que, a diferencia de Cueva, lo que han mandado a las nubes es el nombre del país. Ella vive en Estados Unidos; él, en México. Pero como me explicaba una amiga española que andaba de novia con un compatriota muy bien dotado —según ella— y que por eso se mandó a estampar unos calzones con la frase El Perú se lleva dentro: los paisanos que triunfan nos deben llenar de orgullo. Y como buen peruano, hago míos sus éxitos solo porque compartimos el mismo pasaporte.
1.
Dra. Rosa Vásquez Espinoza. El espíritu de la selva. Cómo la sabiduría indígena y la curiosidad científica nos reconectan con el mundo natural. (Debate, 2026).
A diferencia de esa procesión de botánicos, geógrafos y aventureros occidentales que desde el siglo XVIII se internaron en el Amazonas para clasificar plantas con cierta soberbia académica, la aproximación de Rosa está sellada por un pacto espiritual. Creció entre los Andes y la selva peruana. Su abuela era sanadora. Donde un científico tradicional ve compuestos moleculares listos para el microscopio, ella vuelve a casa, se quita los zapatos para estar en contacto con la tierra y escucha. Rosa transita el libro escuchando ese inmenso bosque o, todavía mejor, obligándonos a nosotros, lectores del cemento y la bulla, a afinar el oído. Su libro tiene la rigurosidad de un tratado científico que late al ritmo de una cosmogonía viva.
No sé, es como si un chamán le dictara al oído la bitácora de un viaje por una geografía donde todavía habitan dioses y demonios antiguos. Uno puede leer el libro despanzurrado en el sillón, con una taza de matcha latte en la mano, aunque la experiencia deje secuelas dignas de un trance con ayahuasca: ahora, por ejemplo, sé perfectamente qué diablos es una copaiba, aunque si me pusieran una al frente probablemente la confundiría con un ficus. Tengo la espiritualidad hecha añicos —las pantallas y las pastillas son mi dios—, y sin embargo quedé embobado con cada capítulo. Rosa sabe conducirnos con su linterna por ríos hirvientes y trochas traicioneras donde la selva no es un recurso que se explota, sino un organismo vivo que exige respeto —y hasta ofrendas— antes de revelarnos sus secretos. Bajo cielos estrellados que parecen intactos desde el origen del mundo, la sensación que le queda al lector es tan fascinante como humillante: sabemos bastante más de la superficie de la Luna que de nuestro propio patio amazónico.
2.
David Fischman y Glenda Furszyfer. El arte de ser feliz en pareja. Historias de amor sin filtro. (Planeta, 2026)
Desde que la palabra “autoayuda” empezó a sonar a promesa barata de charlatanes de turno, el desarrollo personal tuvo que ponerse serio y respaldarse en la ciencia. Por esa ruta transitan los libros con los que David Fischman nos ha educado a lo largo de los años: liderazgo, psicología aplicada y herramientas reales para sobrevivir al estrés cotidiano. Confieso que no pertenezco a esa feligresía que ha sabido llenar sus conferencias y volverlo un bestseller en distintos idiomas. Prefiero estar equivocado —sin hacerle daño a nadie— a seguir el camino del líder. Pero como todo náufrago de la vida, sé reconocer un salvavidas, y este libro, si sabes subrayarlo con inteligencia, es capaz de salvar tu matrimonio. Por si fuera poco, contiene tanta espiritualidad como en el ejemplo anterior, solo que despojada de vegetación y animales salvajes: es la búsqueda desesperada de la paz en la vida de a dos, una hazaña doméstica bastante más peligrosa que internarse en la Amazonía con solo una navaja suiza.
La trama se sostiene sobre casos reales atendidos por una pareja de terapeutas llamados Gabriel Moretti y Aura Levín —hasta la tipografía delata a David y Glenda—. A su consultorio llegan parejas al borde del homicidio culposo, pidiendo auxilio para rescatar lo que empezó como un idilio —aprendí que el enamoramiento, como máximo, dura tres años— y terminó convertido en una guerra fría bajo el mismo techo. Lo interesante es que los terapeutas no solo van al rescate armados de teoría clínica; lo hacen desde la calma de quienes ya pasaron por el quirófano de sus propios traumas, con años de terapia y mucha meditación. Es una tarea casi heroica: encontrar la luz sin salir de la ciudad, dejando ejercicios prácticos para lectores al borde del colapso. Yo mismo quisiera aprender a respirar hondo y alcanzar esa paz que predican, pero la mente en blanco me dura exactamente dos segundos: al tercero me invade la imagen del penal de Cuevita en Saransk, Rusia, y se me antoja volver a Dostoievski, para evitar el nirvana.
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Brillante! Entre la espiritualidad y la materia (malhut dirían los cabalistas) se encuentra el misterio, nunca hallaremos la fórmula pero el esfuerzo bien vale una vida.