La gran riqueza de la Amazonía es proporcional a las desigualdades que enfrentan sus habitantes

Ximena Guarachi Manrique. Comunicadora por la Universidad de Lima, con experiencia en gestión de proyectos y comunicación estratégica. Ha colaborado en investigaciones científicas sobre la biodiversidad amazónica. Sus intereses se centran en la gobernanza ambiental, la cooperación internacional y el diseño e implementación de políticas públicas.
La selva amazónica es uno de esos destinos de aventura con los que muchos sueñan. Apenas llegué, pensé: «contrataron a un muy buen director de arte», pues incluso sobre los troncos caídos hay paisajes cautivantes formados por musgo, hongos, insectos y ranas que probablemente solo has visto en documentales de National Geographic. Según el Panel Científico por la Amazonia, esta región alberga el 10 % de la biodiversidad del planeta y regula el clima global. Por ello, la destrucción de sus bosques agrava la crisis climática mundial. Y recordemos que más del 60 % del territorio peruano es Amazonía.
Soy comunicadora y hace tres años decidí orientar mi carrera hacia las políticas ambientales. Desde el inicio supe que necesitaba conocer a las personas y territorios detrás de los porcentajes e informes. Aunque mis primeras experiencias en ONG fueron en labores de oficina, me ayudaron a cuestionarme qué posición quería asumir. Mi formación en ciencias sociales me llevó a prestar especial atención al lenguaje y a leer a autores que cuestionan el racismo y las desigualdades en el Perú. Por ello, me incomodaba la dinámica de «nosotros le enseñamos a la comunidad», cuando yo quería «trabajar y aprender con la comunidad». Tras un año de búsqueda, conseguí ser becaria del programa Conservation Leaders de la Fundación ACEER. Durante veinte días trabajé con la comunidad maijuna colocando cámaras trampa para monitorear la biodiversidad de sus territorios en Loreto.
Cuando les conté que viajaría para convivir con los maijuna, algunos familiares imaginaron plumas y taparrabos. Aquella reacción me recordó la crítica del antropólogo Carlos Iván Degregori en su ensayo Perú: identidad, nación y diversidad cultural a las representaciones de los pueblos indígenas como un «otro exótico». Sin embargo, al llegar notas que, como tantos otros peruanos, a los maijuna también les encanta jugar pichanga. Jugábamos casi a diario y, una tarde, terminé corriendo al río después de pisar una colonia de hormigas bravas. Una lección inesperada: mejor no jugar descalza.
En cada jornada con los guías —cazadores de la comunidad— aprendí a identificar en la trocha plantas, pisadas y hábitos de los animales. Estos conocimientos me ayudan a comprender investigaciones en biología y formular propuestas para el artículo científico que estamos preparando con ACEER sobre las reacciones de mamíferos amazónicos a las cámaras trampa. Y del director de la expedición, Brian Griffiths —quien lleva más de diez años trabajando con los Maijuna—, aprendí a cuidar cómo nos relacionamos: si vamos a la «casa» de alguien, no podemos imponer nuestras reglas. Un ejemplo en carne viva de lo que propone el Panel por la Amazonia: conectar los conocimientos indígenas, locales y académicos para afrontar los desafíos socioambientales de la región.
Al compartir con la comunidad, no pude evitar pensar en el libro Nos habíamos choleado tanto, donde el psicoanalista Jorge Bruce retoma un mapa de distancias y jerarquías para pensar el racismo peruano. A quién sentimos cercano o extraño; a quién idealizamos o desvalorizamos. En un afán por revisar esas coordenadas desde mi propia mirada, fui tendiendo puentes entre mi mundo y el de los maijuna.
Esa búsqueda de puntos en común también me llevó a mis propios recuerdos familiares. Mientras cosechaba yuca con los maijuna, recordé las paltas que recogía junto a mi familia en Omate, Moquegua. Una señora criaba chanchitos para hacer cecina y los alimentaba con sachalimón y plátano. Mi tía Yolanda, en Omate, los cría para hacer chicharrón y les da lima, guanábana y palta de su chacra. Una tarde, los maijuna me preguntaron por mis raíces y empezamos a enseñarnos palabras, ellos en maijɨki y yo en quechua. También me hice amiga del señor Severino, uno de los sabios maijuna. Le encantaba contar historias, hablar de plantas y hasta me enseñó a pescar. Al despedirnos, me regaló una canasta que había tejido. Yo le ofrecí algo bastante más modesto: unos snacks que me encantaban y que había guardado para el final del viaje.
Una cosa es visitar “el paraíso” y otra muy distinta es vivir en él. En Iquitos pagué por un medicamento que tomo a diario el doble de lo que me cuesta en Lima. ¿Qué significa necesitar atención médica cuando trasladarse requiere horas de navegación y medicación inflada por el aislamiento geográfico? Un estudio vincula la discriminación, brechas educativas y de servicios básicos con la alta mortalidad en la niñez amazónica. La distribución desigual de servicios y oportunidades condiciona cuánto podemos elegir.
Según el estudio de la Unesco Amazonía, educación y desarrollo sostenible de 2024, el 80 % de la educación es rural y multigrado, es decir, un solo docente dicta clases a varios grados a la vez. Lo cual asocié con lo que explica el sociólogo Nelson Manrique en La piel y la pluma: la educación es un elemento clave para el mantenimiento de la pirámide social; el servicio funciona en condiciones deplorables para la población discriminada, y esto permite mantener vigente el mito de que son ignorantes, ociosos, etc. Y coincido con Bruce cuando se pregunta: ¿La migración masiva a la capital es entonces un proceso de rebeldía contra el racismo? La desesperación no es sinónimo de rebeldía.
En mi intento de entender las desigualdades estructurales, recordé la historia de mi abuelo moqueguano. Migró a Lima a los 14 años ya que en Omate, Moquegua, no había secundaria; su mamá había enviudado y al ser el hijo mayor, fue la mejor opción que tenía en ese momento. Trabajó mientras estudiaba hasta convertirse en contador. Aunque pasó poco tiempo con mi mamá durante su infancia y juventud, consiguió que ella pudiera estudiar una carrera sin trabajar al mismo tiempo y hoy ella hace lo mismo por mí. Las oportunidades que construyó no borraron la nostalgia por su tierra. Ya mayor, dejó de visitar a su familia porque el viaje era largo y agotador; e incluso antes de fallecer, lloraba al escuchar el vals El Provinciano. Yo heredé un mayor margen para estudiar, trabajar e incluso cambiar de rumbo. Volver a nuestras raíces y a los pueblos de nuestras familias puede recordarnos quiénes abrieron esas puertas. ¿Por qué seguimos aceptando que acceder a oportunidades nos exige abandonar el propio territorio?
Entonces, ¿qué hacemos con las oportunidades que recibimos? Si tenemos el privilegio de estudiar, ¿tenemos la obligación de enseñar? Yo diría que de ayudar a generar opciones. Desde mi tesis, exploro cómo compartir herramientas audiovisuales con una comunidad amazónica y construir el aprendizaje en diálogo, inspirada en el educador Paulo Freire. Mi intención es que decidan para qué utilizarlas: generar ingresos, desarrollar proyectos o denunciar injusticias. Esa es la forma de colaboración que me interesa, desde el costado, no desde arriba.
Nadie debería tener que elegir entre vivir en «el paraíso, la reserva del futuro del mundo» y cubrir sus necesidades básicas. Conservar la Amazonía también debería significar que quienes la habitan puedan construir allí el futuro que desean, especialmente quienes llevan generaciones protegiéndola, incluso con su propia vida.
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