«El libro está agotado» 


Los lectores cazadores y el discreto encanto de los libros descatalogados


Para algunos lectores, se trata de cuatro palabras que generan una obsesión malsana. “El libro está agotado”. O bien el librero te lo dice después de buscarlo en su computadora, o bien eres tú quien se da cuenta después de hacer clic en tres librerías en línea con el mismo resultado. Y, encima, luego te enteras de que lleva así un buen tiempo. Es decir, no solo está agotado, ¡está descatalogado!

Lo lógico sería rendirse y buscar otro libro. Después de todo, hay miles de títulos en el mundo y la vida es corta para leerlos. Pero parece que enterarse de que un libro está descatalogado despierta en nosotros un deseo mayor de poseerlo. 

¿Y qué diablos es un libro descatalogado? Es el libro que la editorial dejó de ofrecer y que no planea volver a imprimir. Quedó fuera del catálogo. Técnicamente, se distingue del libro agotado, que puede volver a las mesas en una reimpresión, aunque los lectores solemos usar las dos palabras como si fueran sinónimos. Muchas veces se trata de libros que tuvieron tirajes pequeños, de unos pocos cientos de ejemplares, que se vendieron y que nadie se animó a reeditar. Otras veces, el autor pasó de moda y a ninguna editorial le parece buen negocio rescatarlo, o simplemente pasaron tantos años que la editorial original cerró y ya nadie sabe bien quién tiene los derechos. Y hay casos más novelescos, como los libros que salieron de las librerías por obra de la censura, porque irritaban a un gobierno o porque alguien con poder se sintió retratado en sus páginas.

La caza de un libro agotado no es lo mismo que la búsqueda de un libro en general. No basta con ir a una librería y pagarlo. Hay que preguntar, buscar en sitios web poco fiables, bucear en páginas de Facebook, visitar librerías fuera de tu círculo habitual, y saber que la respuesta negativa será la que más se repetirá. Todo esto,  a cambio de un libro que puede costar poco, leerse en un par de tardes o ni siquiera ser muy bueno.

En Lima, puedes buscar estos libros en campos feriales como Amazonas, al costado del río Rímac, o en puestos como los de Quilca y Camaná. También puedes buscar en los grupos de Facebook de libreros, que se multiplicaron a raíz de la pandemia. 

De todas las opciones, las presenciales son las que más disfruto. En las librerías de segunda mano los títulos no siguen la lógica de una librería comercial. Junto a una novela que ganó un premio importante (y que ya nadie recuerda), hay un ensayo sobre cómo los ovnis construyeron Machu Picchu, un libro pirata de Vargas Llosa y un libro de contabilidad de 1978. El encanto de buscar la aguja en el pajar. 

Claro que hoy todo es más fácil gracias a internet. Puedes hacer el seguimiento de un título desde tu casa, comparar precios y enterarte incluso de que todavía se vende en otro país. Pero, como todos sabemos, esto también puede ser frustrante: encuentras el libro en una tienda española, solo para descubrir que el envío cuesta cuatro veces el precio del libro. O que el anuncio lleva años y nadie responde. 

Pero también hay otros placeres en todo esto. Por ejemplo, darte cuenta de que no todos los libros descatalogados son joyas infravaloradas. Algunos merecen ser reeditados, pero otros probablemente ni siquiera merecieron ser impresos. La búsqueda también te permite descubrir chismes literarios en el camino, editoriales que ya no existen, colecciones que habías olvidado, así como otras ediciones y traducciones del mismo libro.

Algunos lectores son quisquillosos con la compra de libros usados, y lo entiendo, yo también prefiero un libro fresquito, esperando su primera lectura. Pero hay algo del libro usado que también tiene su gracia. A veces, por ejemplo, el libro está dedicado, y uno se pone a imaginar qué habrá tenido que pasar para que ese libro termine ahí. ¿Qué lleva a una persona a deshacerse de un libro que tiene un mensaje escrito para él? ¿Se acabó el amor? ¿Pelearon los amigos? ¿El libro era malísimo y tomó el regalo como una afrenta? ¿Se lo robaron? Fantasías literarias más allá del propio relato.

Reconozco que no todo el mundo tiene tiempo para ir a buscar entre puestos, o dinero para pagar precios que a veces terminan siendo por encima del mercado. Por ello es tan importante que las bibliotecas sigan existiendo y por eso estoy agradecido a los editores que reeditan libros agotados. La lectura de varios de esos libros no debería ser el privilegio de unos pocos lectores cazadores. 

Lo curioso es lo que pasa cuando por fin llega el día. Después de meses o años de buscar y preguntar, ¡encuentras el bendito libro! Disimulas la emoción para que no te suban el precio, revisas sus páginas para comprobar que goza de buena salud y, finalmente, te lo llevas a casa. En el camino, sientes la inmensa satisfacción de haberle ganado a las posibilidades, al mercado, ¡al propio destino! (Sí, en situaciones así, la emoción te lleva a exagerarlo todo). Y cualquiera pensaría que esa misma noche te sentarías a leerlo. Pues no. Lo que haces, en cambio, es ponerlo en la repisa, bien a la vista, como un trofeo. Y ahí puede quedarse buen tiempo. Pasan los días y el libro que tanto te costó conseguir sigue esperando, mientras lees otros que compraste sin ningún esfuerzo en la librería de la esquina. 

Somos así los lectores cazadores, un poco absurdos.


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