Cuatro hallazgos esperanzadores tras recientes hallazgos oncológicos
«Es una ruleta rusa», sentenció un amigo de la familia cuando supimos que mi hermana tenía un carcinoma. «Qué mala suerte. A unos les toca, a otros no», añadió otro. Asentimos en voz baja, todavía aturdidos.
Me quedé con esa imagen: una ruleta acelerada en un casino de Las Vegas, o San Borja, la bolita perdiendo velocidad hasta caer en el casillero de Lucía. ¿De verdad es así? ¿De verdad nuestro destino frente al cáncer depende del azar?
Me fui a investigar. Y descubrí que esa idea, tan instalada en nuestro imaginario, es científicamente incompleta.
El cáncer no es el simple accidente de un gen que enloquece. Es un fenómeno biológico complejo donde células con mutaciones encuentran un ecosistema que les permite crecer. Así lo explica Siddhartha Mukherjee en El emperador de todos los males, la biografía de una enfermedad que en 2025 causó casi 10 millones de muertes en el mundo y unas 35 mil solo en el Perú.
En la última década, la oncología está cambiando de paradigma. De mi propio viaje con el cáncer de mi hermana Lucía, me quedo con cuatro aprendizajes que comparten una misma idea: el cáncer no es una lotería, es un ecosistema. Y los ecosistemas se pueden cuidar.
Primero. No es solo mala suerte. El azar y el envejecimiento influyen, claro. Nuestro cuerpo repara a diario millones de daños en el ADN y elimina células anormales. El doctor William Li, médico e investigador formado en Harvard, lo resume con una imagen que da escalofríos: producimos cada día 10 mil microerrores que podrían volverse tumores. La mayoría son eliminados, pero algunos se escapan. ¿Por qué en mi hermana y no en mí? Quizás ella acumuló más mutaciones, o quizás su sistema inmune —ese ejército de glóbulos blancos que nos defiende— estaba más debilitado o envejecido. No es casual que la incidencia se dispare después de los 60 años. Así que el azar existe, pero no lo explica todo.
Segundo. El ecosistema importa: la inflamación, nuestro microbioma y cómo los tratamos. La inflamación crónica puede crear un terreno fértil para el cáncer. Un estudio reciente en Nature mostró que, en ratones con colitis crónica, las células madre del colon guardaban memoria de la inflamación pasada y eso favorecía tumores. ¿Podemos hacer algo para intervenir en ese terreno? Sí. La Organización Mundial de la Salud calcula que cuatro de cada diez casos de cáncer en el mundo se vinculan a factores de riesgo modificables. Si bien no existe una dieta anticáncer mágica, sabemos lo básico: no fumar, limitar el alcohol, protegernos del sol, movernos más y comer más frutas, verduras, legumbres y granos integrales. Yo hace tiempo adopté una alimentación predominantemente vegetal para cuidar mi ecosistema, aunque mis amigos todavía suspiran extrañando el estofadito de carne con vino, a la italiana.
Tercero. Las vacunas: son prometedoras y entrenan el ecosistema. La vacuna contra la hepatitis B, una vieja conocida, previene el cáncer de hígado. La del virus del papiloma humano (VPH) previene infecciones que pueden derivar en cáncer de cuello uterino, ano, pene y orofaringe. Cuando yo era adolescente no existía, pero hoy se recomienda a niños y niñas antes del inicio de la vida sexual. Mi hija y la mayoría de sus amigas ya se vacunaron: su generación tiene una herramienta que yo no tuve.
Ahora viene la segunda ola de vacunas, las terapéuticas. Están diseñadas para enseñar a nuestras defensas a reconocer y atacar un tumor existente. Los resultados en melanoma que se anunciaron esta semana son especialmente prometedores.
Cuarto. Tener cáncer ya no es sinónimo de condena. Podemos curar tumores que antes eran letales, y cuando no podemos curar, podemos controlar. En ciertos casos, podemos convivir con la enfermedad durante años, mantenerla a raya. Un poco como con el VIH, antes incurable. Así, la buena noticia es que un diagnóstico de cáncer no equivale a una muerte próxima.
Por ello, el papa León XIV, operado hace poco de cáncer de pulmón, regresará pronto a nuestras tierras peruanas. Y con él se activará ese ecosistema de peruanos que ya alista sus banderitas, estandartes, llaveros, alfajores, kingkones con la imagen del papa, como un batallón de células inmunitarias listos para defendernos de la desesperanza. O de la mala suerte.
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