Líder terrorista niega el mayor crimen de odio contra peruanos LGBT+
Gracias a internet pude acceder a una edición anterior del libro de Víctor Polay, líder del grupo terrorista Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), publicación que ha provocado recientes controversias en la Feria Internacional del Libro de Lima. Me interesaba un asunto concreto: ¿qué decía respecto al caso conocido como “Las Gardenias”? Me refiero al crimen de odio documentado más grande contra la población LGBT+ en el país y que fue perpetrado por el MRTA en San Martín.
En su libro, Polay afirma tajantemente que no es cierto que las víctimas hayan sido asesinadas por su orientación sexual, sino por ser delincuentes. Además, literalmente acusa a los activistas LGBT+ de utilizar el caso para victimizarse:
«Algunos gays de San Martín han declarado que las ejecuciones de julio (sic) de 1989 en Tarapoto fueron por su condición de homosexuales, lo que no es cierto y plantean que ese día sea considerado como el Día del Crimen de Odio. Yo pienso ellos no tienen la necesidad de recurrir a hechos falsos como el de Tarapoto para victimizarse (ya que los informes y partes policiales hablan de que esas personas fueron muertas por ser delincuentes y en ningún momento manifiestan que murieron por ser homosexuales), porque su lucha es justa y el tiempo corre de su lado».
Dejando de lado su intento por tratar de sonar gay-friendly, su postura no resiste ningún análisis serio y resulta ofensiva para la memoria de las víctimas. La Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), en su Informe Final, documenta con claridad que el MRTA irrumpió violentamente en el bar Las Gardenias —bar frecuentado por la comunidad LGBT+—, secuestraron a las víctimas travestis y homosexuales y posteriormente las ejecutaron. La CVR determinó que este crimen fue perpetrado en el marco de una operación de «limpieza social», en la que el MRTA justificaba sus acciones basándose en criterios moralistas y discriminatorios, aplicando violencia contra grupos vulnerables por su orientación sexual o prácticas que los terroristas consideraban inmorales.
Además, la CVR resalta la perversidad del ataque, señalando que no fue un hecho aislado, sino parte de una campaña sistemática de violencia selectiva emprendida por el MRTA en la región de San Martín. El Movimiento Homosexual de Lima denunció ante la CVR que crímenes similares ocurrieron en el departamento de Ucayali entre mayo y julio de 1990, cuando tres travestis fueron también asesinados por el MRTA. Este contexto agrava la responsabilidad del grupo terrorista, mostrando que actuaron con plena conciencia del carácter discriminatorio y letal de sus acciones.
Resulta irónico que Polay, quien fuera líder de una organización armada que proclamaba la ruptura radical con el Estado y las instituciones oficiales, hoy utilice como defensa un parte policial de 1989 y deje de lado lo que su organización decía al respecto. Poco después del ataque, en una nota de Cambio —semanario que servía de propaganda al grupo terrorista— se habla del crimen en estos términos: “Con la protección del Ejército y la Policía Nacional, la drogadicción, prostitución y homosexualismo se extendió rápidamente en Tarapoto. El MRTA decidió acabar con estas lacras sociales que eran utilizadas para corromper a la juventud”.
Solo he leído lo referente al caso Las Gardenias, pero imagino el tratamiento que Polay debe dar en el libro a otras violaciones de derechos humanos perpetradas por el MRTA. Frente a estas acciones y discursos, mi solidaridad plena con todas las víctimas y sus familiares.
Al negar lo ocurrido en Las Gardenias, Polay refuerza una narrativa que invisibiliza y revictimiza a las personas afectadas, dificultando la construcción de una memoria colectiva basada en la verdad y la justicia. No sorprende que un terrorista, responsable de graves violaciones a los derechos humanos, recurra al negacionismo histórico, especialmente considerando que hay un proceso judicial actualmente en marcha por este crimen. Lo que sí llama profundamente la atención es que existan defensores oficiosos del libro que prefieren pasar por alto este grave intento de distorsionar la historia, ignorando el profundo daño que esto genera a las víctimas y al proceso de justicia y reconciliación que aún necesita nuestro país.
Debemos insistir en la importancia de confrontar estos discursos negacionistas con evidencia y rigor histórico, tal como lo hizo la CVR. La memoria del crimen de Las Gardenias no puede permitirse ser opacada por intentos de reescribir la historia. Es fundamental reivindicar permanentemente la verdad de los hechos, como un acto de justicia hacia quienes sufrieron directamente la violencia y para asegurarnos de que crímenes así no se repitan.
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