La suerte de poder huir


Las vacaciones europeas no son vacaciones. Son el fin del mundo


Hubo que venir hasta aquí para entender que el mundo arde. Somos la caricatura del privilegio, pero eso no hace menos cierto que fuese necesario vivir un verano completo en Madrid para que cale en nosotros la verdad sobre el calentamiento global. Temperaturas que superan los 40 ºC. Incendios en la sierra oeste que llenan de humo el centro de la ciudad. Olas de calor que hacen que el planeta no parezca hecho para la vida. Cientos de euros gastados en un sistema portátil de aire acondicionado porque los ventiladores baratos solamente mueven de un lado a otro la corriente caliente que se mete por la ventana de nuestro departamento antiguo.

Antes, todo aquello no había sido sino noticias. La ola de calor que afectó Argentina y Uruguay en 2023; los incendios de Valparaíso y de la Amazonía brasileña en 2024; los del Gran Pantanal, la Chiquitanía y la Amazonia boliviana ese mismo año. América del Sur también estaba ardiendo, pero nosotros habíamos preferido pensar en otra cosa. El fenómeno El Niño es la gran tragedia climatológica peruana, pero vincular las lluvias, las inundaciones y los huaicos con la temperatura que sube cada día no siempre es un entendimiento automático. Y, además, los limeños estamos lejos de ser una de las poblaciones más afectadas.

Ahora, encontrarnos encerrados en una ciudad sin salida al mar —con una cultura que se ha ordenado alrededor de la idea de un verano intolerable— nos inyecta en el cuerpo la angustia por esa inminente catástrofe mundial de la que llevan décadas hablando los científicos. Madrid es conocida por vaciarse durante todo el mes de agosto, el último del verano. Los negocios cierran. Las oficinas coordinan sus vacaciones. Quienes pueden —y no son pocos— empacan sus mochilas y se van a pasar la última ola del calor a cualquier otra parte, menos aquí. Los más jóvenes, si no son madrileños, regresan a las casas de sus padres. Los que ya ganan suficiente dinero alquilan un sitio en algún pueblo fresco.

A quienes recién hemos llegado, nos toma por sorpresa. Y luego, por supuesto, aparece nuestra rabia: ¿qué tan «primer mundo» son estos españoles pijos que cada vez que el calor arrecia se dan el lujo de alquilar una casa de vacaciones, todos los años?

Si te quedas en Madrid, el plan es refugiarte y sobrevivir. Uno que otro día, sacar turno en las piscinas municipales, donde casi no hay sombra, pero al menos hay agua. Por las noches, sudar mientras tomas cerveza en las fiestas veraniegas de los barrios o en un bar cercano, donde ahora los parroquianos, además de borrachos, se ven particularmente deshidratados. Antes de que te des cuenta, estás haciendo números para conseguir irte tú también la próxima vez que esto ocurra. Abrazar el privilegio o ser vencido por el calor.

El mundo arde. Y por el momento nuestra solución es sortear las áreas más encendidas de los mapas térmicos que aparecen cada semana en las noticias. Preferimos diseñar un estilo de vida que consista en vivir nueve meses del año en Madrid y tres meses veraneando, antes que resolver el problema de aquellos que no tienen cómo salir de aquí. Si el mundo se quema, seguiremos encontrando guaridas donde el viento refresque y el agua natural esté al alcance. Regresaremos a casa cuando deje de quemar, revitalizados, con la buena conciencia de que incluso logramos avanzar algo de quehacer laboral gracias al buen internet y a las nuevas modalidades de trabajo remoto.

Hará falta mucho más que esta distopía para sacudirnos nuestras costumbres burguesas. Hará falta que, de verdad, el fin del mundo llegue hasta nuestra puerta.


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