Oda a Galerías Wilson


Recorramos un edificio donde también se imprime el país


El piso del cuarto nivel seguía igual. Antes incluso de reconocer los pasillos, reconocí el olor: una mezcla de plástico recién calentado, tinta fresca y el calor constante de máquinas gigantes que parecen no descansar nunca. Hay olores que funcionan como máquinas del tiempo y aquel me devolvió, sin previo aviso, a casi veinte años atrás.

Cuando era estudiante de Literatura en la Universidad de San Marcos, venir al centro de Lima era parte de nuestra rutina. Llegábamos desde la ciudad universitaria para hacer trámites, buscar una imprenta, mandar a hacer sellos o comprar materiales para alguna actividad del centro de estudiantes. Pero, sobre todo, veníamos a imprimir banners. Así conocí Galerías Wilson.

Cuando uno menciona la avenida Wilson, hoy rebautizada como Inca Garcilaso de la Vega, lo primero que suele venirle a la mente a muchos (además del tráfico y los edicios de estilo republicano) es el gran emporio de computadoras, memorias RAM, discos duros o programas de procedencia, digamos, legalmente flexible. Sin embargo, mi memoria se va a otro emporio comercial. A un edificio de fachada amarillenta, que da la impresión de no haber sido pintado desde aquellos años universitarios, aunque sospecho que ese amarillo ya pertenece menos a la pintura que al hollín acumulado por buses, combis y carros viejos que atraviesan esa transitada zona.

Por dentro, el edificio conserva el mismo desorden organizado de siempre. Decenas de pequeños stands ofrecen impresión de afiches, gigantografías, stickers, viniles, tarjetas personales o diseños en Illustrator. En un módulo atienden al cliente; unos metros más allá, o en el piso superior, una impresora del tamaño de una cama comienza a escupir lentamente una imagen sobre una enorme sábana de plástico.

Cuando éramos estudiantes, llevábamos de allí las gigantografías que luego colgábamos desde el segundo piso de la Facultad de Letras. Nunca llegábamos con los archivos exactamente como debían estar. Alguna imagen tenía poca resolución, el texto estaba en Word o en JPG cuando debía estar en Illustrator, o las medidas no coincidían. Nosotros pensábamos que aquello era un problema; ellos parecían asumirlo como un reto personal.

“Déjamelo nomás”, respondían. Y unos minutos después aparecía una solución. Hoy entiendo que aquellos diseñadores, muchos de ellos autodidactas, no solo manejaban programas de diseño: habían desarrollado una creatividad práctica para rescatar proyectos ajenos a la velocidad de una combi. Más de una vez terminaron rediseñando nuestros afiches por apenas unos cuantos soles o, simplemente gratis, porque querían que salieran bien. Hoy también creo que también era una forma de orgullo profesional.

Volví hace unos días, casi dos décadas después de mi primera visita. Esta vez ya no buscaba imprimir un banner para una actividad estudiantil. Quería hacer afiches y unos pequeños stickers con la portada de mi primer libro para repartirlos durante su evento de presentación.

Mientras esperaba, una impresora gigantesca comenzaba a imprimir el rostro sonriente de un candidato a una alcaldía del norte del país. En la máquina contigua empezaban a salir los afiches de mi libro. Después apareció el anuncio de un concierto de cumbia. Luego el de una empresa. Más allá, otro trabajador extendía cuidadosamente sobre el piso una gigantografía recién salida de la máquina para cortarla con una cuchilla. Pensé en preguntarle si, después de tantos años trabajando allí, uno termina perdiendo el olfato.  

Entonces entendí algo que nunca había pensado cuando era estudiante: en ese edificio de pisos empolvados y paredes amarillas se imprime una parte del Perú.Los banners que luego veremos en plazas, auditorios, ferias, colegios o carreteras comienzan, muchas veces, aquí.

Solemos imaginar que la política ocurre en el Congreso, la cultura en los museos, o que la Feria Internacional del Libro empieza cuando se abren sus puertas al público. Pero antes de llegar allá, buena parte de esos acontecimientos se gestaron también desde lugares como Galerías Wilson.

Mientras la impresora seguía avanzando lentamente, la dueña del stand me preguntó qué estaba imprimiendo: “Son afiches porque estoy publicando mi primer libro”, le respondí. Ella sonrió: “A mis hijos les gusta leer.” Después, casi como quien continúa una conversación más en confianza, añadió con orgullo: “Hace unos días fuimos a instalar varios banners gigantes para la Feria del Libro, al nuevo lugar de este año”. No hablaba como alguien que simplemente había prestado un servicio: lo hacía como quien había participado, aunque fuera desde un lugar silencioso, en un acontecimiento importante para el país. Y creo que tenía razón.

Algo parecido ocurre con la política. Antes de aparecer en una plaza durante una campaña electoral, antes de sonreír desde una avenida o un poste de luz, muchos comités de campaña electoral pasaron primero por este edificio de cuatro pisos, esperando convertirse en tinta sobre plástico. Quizá Galerías Wilson sea eso: un pequeño backstage del Perú, donde se fabrican objetos que luego darán forma a nuestra vida pública. Y al igual que muchas cosas de nuestro país, informal y caótico, pero dinámico e importante.

Cuando mis afiches estuvieron listos, la señora los revisó. Después acomodó también los stickers de la portada y los guardó cuidadosamente en una bolsa. Mientras me los entregaba, sonrió otra vez: “Cuando salga el libro, de repente se lo compro para mis hijos”.

Salí a la avenida Inca Garcilaso (ex Wilson) con los afiches bajo el brazo y volví a sentir ese olor intenso a plástico caliente que me había recibido unos minutos antes. Pensé que, en una época en la que hablamos tanto de innovación, emprendimiento o industrias culturales, pocas veces miramos los lugares donde esas palabras adquieren una forma concreta.

Es verdad que las pantallas LED han reemplazado a muchas de estas impresiones. Sin embargo, mientras caminaba entre el ruido intenso del tráfico del centro de Lima, comprendí que el verdadero legado de Galerías Wilson nunca estuvo únicamente en el plástico o la tinta. Está en las personas que, desde un edificio que puede pasar desapercibido, ayudan a construir imágenes que recorren todo el país.

Quizá por eso sigo volviendo, aunque sea con la memoria. Porque allí no solo se imprime una parte del Perú, también permanece impresa una parte de quien fui: aquel entusiasta estudiante que llegaba con archivos mal hechos y un presupuesto ajustado para hacer el banner de algún proyecto que cargaba ilusión. Ahora en 2026, salí también con ilusión llevando los afiches de mi primer libro bajo el brazo. El edificio seguía siendo casi el mismo y quizá por eso en aquel momento fue fácil darme cuenta de cuánto había cambiado yo.

P.D.: Quiero compartirles que estaré presentando mi libro Cusco post Inca, un ensayo sobre creatividad andina, el quechua y las dinámicas culturales contemporáneas. En Lima, el encuentro es este viernes 7 de agosto a las 8 p.m. en la librería Blanca Varela, y en Cusco el sábado 8 de agosto a las 6 p.m. en la Casa de la Cultura San Bernardo. ¡Nos vemos! Tupananchiskama.


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