La ciencia detrás de las canciones pegajosas
“I can´t get you out of my head”, no te puedo sacar de mi cabeza, cantaba a voz en cuello Kylie Minogue en el año 2001. Su canción se convirtió en un hit del verano y en una de las melodías más pegajosas de la historia musical reciente. Rítmica, melódica, repetitiva… las características esenciales para transformarse en una de esas canciones que, sin ningún esfuerzo de memorización, se nos pegan a la mente y quedan almacenadas en nuestra memoria. El título ya lo anunciaba.
Técnicamente, estas melodías se llaman imágenes musicales involuntarias (INMI) o earworms en inglés: gusanos musicales. Yo los imagino como inquietantes nematodos invisibles, hechos de vibraciones cuánticas. Cuando menos lo esperas, especialmente si estás distraído, se deslizan por tu cuerpo y se adhieren como babosas a la pared de tus células cerebrales. Allí habitan como parásitos oportunistas, ocupando un pequeño espacio de nuestra memoria subconsciente. Y de repente, descubres que están vivos cuando empiezas a tararearlos o susurrarlos: vibran de manera inesperada en tu cabeza, ponen en movimiento tus cuerdas vocales, desencadenados quizás por un recuerdo, un olor reconocible, un momento nostálgico.
Intrusivos, involuntarios, inesperados. Pegadizos, a veces agradables, a veces fastidiosos, pueden durar horas, días y hasta semanas. La neurociencia explica los gusanos musicales como una experiencia involuntaria en la que una melodía se repite en bucle en la mente, como un disco rayado que corea la canción una y otra vez. La gente generalmente conoce y aprecia las canciones que se les quedan pegadas en la cabeza; la exposición reciente hace que las canciones permanezcan en la conciencia, y si una canción empieza a repetirse mentalmente es probable que regrese una y otra vez durante varios días. Parece que mientras más queremos evitar que se vuelvan pegadizos, más nos infectan.
Un estudio publicado en la revista Music Perception encontró que los gusanos musicales son muy comunes: entre el 72 % y el 92 % de la población los experimenta con regularidad, y se estima que el 90 % de las personas tienen al menos un episodio a la semana. Mi gusano musical más reciente apareció esta mañana, cuando empecé a corear Viva la vida de Coldplay, mientras tendía la ropa recién lavada. Como si estuviera poseída por la canción, la sigo tarareando mientras escribo estas líneas.
Entre 2010 y 2013, un equipo liderado por investigadores de la Universidad de Goldsmiths, en Londres, compiló una lista de los gusanos musicales más comunes en el Reino Unido. Las canciones más exitosas y recientes fueron las más reportadas como INMI. El análisis comparó 100 melodías pegajosas (INMI) con 100 no INMI, y encontró que las INMI, o sea los gusanos musicales, tenían melodías más comunes y un tempo más rápido.
Parece que la estructura rítmica, melódica y repetitiva de ciertas canciones facilita su recuerdo, pues estas cualidades funcionan como «andamios» para la memoria. Es más fácil recordar una frase si está cantada que si está dicha, porque el cerebro la almacena no solo como texto, sino también como sonido, ritmo y emoción. Por ello recordamos así la música, mas no la poesía o el lenguaje, aunque estas también tengan ritmo y musicalidad.
Lo explica el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicophilia: somos una especie musical, y la música ocupa más áreas de nuestro cerebro que el lenguaje. La corteza auditiva procesa los sonidos; el hemisferio izquierdo se ocupa de las letras, mientras que el derecho reconoce la melodía y la emoción; el cerebelo coordina el ritmo y la repetición automática, y el sistema límbico aporta la carga emocional que vuelve la música tan memorable. Así, una canción se almacena en diversas áreas del cerebro y recordarla es una tarea multisensorial y multisistémica: por eso, al escucharla, revives emociones, recuerdos personales e, incluso, activas el cuerpo de manera automática, ya sea tarareando, bailando o moviendo el pie. Basta oír unas notas o un fragmento melódico, incluso después de muchos años, para que regrese fácilmente a la mente.
Algunos científicos sugieren que los gusanos musicales podrían haber tenido funciones adaptativas en la evolución humana: recordar los sonidos de los animales o señales sociales, y poder repetirlos, quizás nos ayudó en la caza y en nuestra sobrevivencia. Pero aún no se ha investigado lo suficiente para documentar que los gusanos musicales tengan un propósito adaptativo en la evolución humana.
¡Pero ten cuidado! Los intentos activos por bloquear o eliminar los gusanos musicales generalmente fallan. Mejor acéptalos pasivamente y disfruta de su compañía.
¿Y tú? ¿Qué gusano musical anda deslizándose ahora mismo por tu memoria?
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Buenas amigos de jugo, buen post el que hoy nos deja Anna Zucchetti. Para alguien como yo que casi todo lo hago con música siempre me veo «atacado» por estos gusanos musicales que se incrustan en nuestro cerebro y nos invaden con sus melodías. Supongo que aparecen y nos machacan con la intención de comunicarnos, advertirnos o hacernos recordar algo que debamos de tener en cuenta. Hace unos días me tope con uno de estos gusanos: «Trem bala» de la cantante brasileña Ana Vilela, excelente tema que reflexiona sobre la importancia de las cosas sencillas de la vida. Tremendo gusanito que espero este mucho tiempo merodeándome la existencia. En la misma línea musical tengo una interrogante: ¿Cómo se llamaría a aquellas melodías que un tiempo lejano (cuando no había tecnología como Shazam, youtube o spotify, solo por citar algunos sitios que ahora se recurre para traer al presente canciones entrañables) fueron «gusanos musicales» que acompañaron instantes especiales de nuestras vidas y con el correr del tiempo nunca más volvimos a escuchar y, aunque sabemos que están en algún lugar del vasto universo musical, nunca más, a nuestro pesar, regresaron a nuestras vidas? Un abrazo y muy buena semana amigos …