La amistad: una brasa en la lluvia


A quienes se sumaron un tramo, y a quienes aún están


Gunter Silva es licenciado en Artes y Humanidades, con una maestría en Literatura y Creatividad Literaria de la Universidad de Westminster. Su obra literaria incluye el libro de relatos Crónicas de Londres (Lima, 2012), la novela Pasos Pesados (Lima, 2016), El Baile de los vencidos (Buenos Aires, 2022) y Neutrino, cuaderno de navegación (Lima, 2024). A pesar de haber vivido en diversos lugares, mantiene una conexión profunda con su ciudad natal, La Merced, una urbe vibrante y selvática que, aunque lejana, sigue viva en su interior.


La amistad es un cristal delicado: transparente, valioso, pero fácil de romper. No tiene la urgencia del amor, ni la obligación de la sangre. Nace del gesto gratuito, del silencio que se entiende, de palabras que se hacen refugio. No hay pactos, solo una terquedad dulce: la de seguir estando, incluso cuando el tiempo y la distancia lo ponen a prueba.

Las amistades de infancia se parecen a un columpio oxidado, van y vienen entre el vértigo y la risa. Se sostienen por promesas ingenuas. “Siempre estaremos juntos”, decíamos. Luego crecemos y entendemos que la amistad no es destino, sino elección. Se construye en cada reencuentro, en los mensajes tardíos, en los silencios que no incomodan.

Algunas veces se disuelven como acuarela bajo la lluvia. Otras resisten con la obstinación de quien no quiere perder un fragmento de sí. Hay amigos que llegan por azar —el colega, el vecino, la desconocida del autobús— y unos pocos se vuelven hogar. Se quedan cuando todo se cae, cuando ni nosotros nos reconocemos.

Pero la amistad no siempre es una llama limpia. Tiene sombras. A veces descubrimos que aquella complicidad era apenas decorado: nadie se despide, pero algo se apaga. No hay reproches, solo un vacío mudo. Aun así, la amistad transforma. Como la espina de la rosa: duele, pero embellece el camino.

No es un lugar ni una certeza: es una intemperie compartida. Un gesto que no espera nada. Una voz que nos reconoce siempre. Nada más humano que el deseo de no estar solos. Y sin embargo, ningún vínculo es más frágil. Porque no nace del deber, sino de una elección: la de quedarse. Un amigo no se mide por la frecuencia, sino por su persistencia. Es quien se queda cuando ya no brillamos. La amistad es eso, ser vistos incluso en la invisibilidad. Por eso duele tanto cuando falla. No pedíamos promesas, solo presencia. Y cuando esta se va, deja siempre cierta herida. A veces, la amistad es solo eso: una ausencia que aprendemos a agradecer. Porque hasta lo breve nos deja marca de algún modo. Es una fe sin dogmas: se sostiene en la incertidumbre. No busca salvarnos, pero a menudo lo hace. No exige que cambiemos, pero nos cambia. Nos revela, nos acompaña, nos enfrenta. Y cuando es real, nos devuelve la imagen de lo que somos cuando el mundo nos desdibuja.

Un amigo es uno que lo sabe todo de ti y a pesar de ello te quiere”, decía E. Hubbard. Alguien que nos vio fracasar sin irse, que escuchó nuestras quejas sin cansarse, que compartió risas y naufragios. Por eso no se mide en años ni anécdotas, sino en esa forma de permanecer. Como una luz encendida en otra habitación: no siempre se ve, pero sabemos que alumbra.

La amistad no siempre es justa ni recíproca. A veces solo nos aferramos a un reflejo. Alejandra Pizarnik escribió: “Por una hora no estuve sola, me engañé con la idea de tener una amiga”. Hay vínculos que parecen sólidos hasta que se deshacen. Nos abrimos, compartimos, y a veces la respuesta es la envidia, el juicio, la rabieta o la traición.

También exige verdades incómodas. Nos debatimos entre decir o callar. En Jerry Maguire, el protagonista le pregunta a Rod, que siempre está molestándolo con su línea más celebre, show me the money. “¿Somos realmente amigos?”, replica Jerry. Y luego insiste: “Los amigos pueden decirse cualquier cosa si llevan puestos sus sombreros de amigos”. Lo que sigue es una descarga brutal de sinceridad: “Juegas con la cabeza, no con el corazón, Rod. Y estás tan ocupado quejándote, que no inspiras a nadie”, le dice Jerry, interpretado por Tom Cruise. Porque un amigo real no solo nos celebra, también nos confronta. Y a veces, el precio de esa honestidad es el adiós. Pero justo ahí, en esa fractura, se revela la verdad del vínculo.

Y aun así, seguimos buscando. Porque a pesar de las decepciones, hay lazos que cruzan la rutina del mundo. Tal vez la amistad se reduzca a tres pilares: lealtad, respeto y comprensión.

Cuando es honesta, es un lujo. La vida nos lanza al duelo, la pérdida, la enfermedad. Y en medio del caos, aparece alguien. Un mensaje. Una risa. Una mesa compartida. Un amigo que llama. “Después de una semana en el hospital llego a casa, duermo toda la tarde y paso la noche con amigos. Por fin me siento tranquilo”, escribí una vez. Esa frase resume todo. La amistad no es perfección ni promesa. Es saber que, cuando el mundo tiembla, alguien está.

Pero a veces, los amigos, sin quererlo, se vuelven ladrones amables de nuestro tiempo. Llegan, nos interrumpen, nos sacan de rutinas y pendientes, y nos arrastran a conversaciones que parecen inútiles pero que de algún modo nos curan. Nos roban horas, sí, pero también el peso del día. Y cuando se van, nos dejan más livianos. Porque hay robos necesarios: los que nos quitan soledad, los que se llevan el silencio hostil, los que nos recuerdan que vivir también es detenerse.

La amistad, puede ser fuego o brasa, pero nunca ceniza. Y si arde lenta, mejor. Como un cigarro encendido en la noche. 

En su forma más pura, la amistad es un acto de resistencia frente a lo fugaz. Todo cambia: los cuerpos, las ciudades, las certezas. Pero hay vínculos que sobreviven al olvido. Persisten como canciones de juventud que no se apagan. Como lobos de mar, nos reunimos para desafiar juntos el vacío y la soledad. Porque en el fondo, eso es la amistad, una señal de vida en medio de la tormenta. Una linterna, un faro que no se apaga. Y cuando todo falte, que siempre quede alguien que diga nuestro nombre y nos traiga de vuelta.


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1 comentario

  1. Paulina Lavie

    ¡Qué texto tan bonito! Define con tanta claridad lo que es ser amigo, lo que implica, lo que ofrece… ¡Gracias por compartir!

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