A 25 años de una entrañable novela de aprendizaje, ¿qué tanto aprendimos como país?

Cayre Alfaro Fonseca (Lima, 1997) estudió Literatura Hispánica y la maestría enHistoria del Arte y Curaduría en la PUCP. Es autor de los libros de poemas El animal y otros felinos y Quince minutos de receso, de las novelas Muerte mundialista e Historia personal del baño, así como de la intervención Poemas para ser pegados durante la marcha, el libro ilustrado Perú en ocho actos y la carpeta Seminario de puntuación. Además, ha escrito las obras de teatro Comentarios finales y ¿Es aquí la funeraria?.Sus libros se han publicado en Argentina, Bolivia, Chile, España y Perú. Dirige la editorial Personaje Secundario y es librero en Espacio Secundario, librería de editoriales independientes.
La novela La furia de Aquiles de nuestro juguero Gustavo Rodríguez cumple 25 años. Este es el texto que el escritor y editor Cayre Alfaro Fonseca leyó en la presentación de la nueva edición que Alfaguara acaba de publicar. Su análisis agudo, crítico y fresco aporta una mirada de las nuevas generaciones a una obra peruana que ya es un clásico.
Aquí va:
Cuando apareció la primera edición de La furia de Aquiles, yo no leía novelas. Tenía cuatro años.Para contextualizar el panorama literario peruano de 2001, hay que recordar que ese mismo año se publicó la obra completa de Blanca Varela, quien fijaba sus ocho libros añadiendo El falso teclado, y que seguía el furor del lanzamiento meses antes de La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Es decir, la obra de Rodríguez iniciaba a la par de la publicación definitiva de la obra de la poeta más importante del Perú y la novela más ambiciosa de la última etapa de escritura del novelista más importante del Perú.
Para contextualizar a los protagonistas de La furia de Aquiles, sin embargo, habría que remontarnos unos años atrás. Digamos entre 850 y 750 antes de Cristo, en la antigua Grecia, momento y lugar al que se le atribuyen los cantos homéricos. “Nadie”, se presenta Ulises al cíclope Polifemo, en el canto en que lo ciega, con el objetivo de engañarlo y sobrevivir astutamente. Hablo de La Odisea y no de La Ilíada. Pero vuelvo a la primera novela de Gustavo Rodríguez, donde Ulises es un personaje secundario. Los protagonistas, en cambio, son su hermano mayor, Aquiles, y sus mejores amigos: Mirko, Chacho y Cabeto. Los cuatro vienen de Trujillo a Lima para postular a la universidad con el objetivo de ser alguien, de vivir bien, de tener éxito.
Es particular esta novela de formación que abre el siglo XXI, aunque se remonte a 1985, año en el que, más allá de los nombres épicos, se consolidan las tragedias en el Perú: Sendero Luminoso de fondo, la crisis económica de fondo, la desilusión de fondo, de partidos tradicionales como Acción Popular, que fracasará, y el APRA, que comenzará a fracasar, para dar pie a lo que seguimos padeciendo hoy: el fujimorismo. Pero no me quiero adelantar, así que voy a detenerme en la novela de formación en el Perú.
En 1958, José María Arguedas publica Los ríos profundos. Cinco años después, en 1963, Vargas Llosa publica su primera novela: La ciudad y los perros. Décadas después, abriendo otro siglo, La furia de Aquiles comparte aire de familia con ambas novelas: la problemática figura del padre, la intensidad de la amistad, personajes que escriben, el dinero como elemento de conflicto, la sexualidad y la violencia, la transgresión como disparador, una particular relación con la animalidad, la violencia y la sexualidad.
Pero también se puede armar una genealogía entre las tres novelas mencionadas: el niño descubriendo un mundo donde la revolución todavía es posible, el grupo escolar donde la transgresión es ley y quien se oponga será castigado, los jóvenes que se hacen adultos con la idea de que el éxito individual, a cualquier costo, es la única meta posible. Cada novela, a su manera, da cuenta de cómo se forma un sujeto, pero también qué tipo de sociedad lo está formando.
La furia de Aquiles tiene una particularidad que me interesa resaltar. Estamos ante una novela pop, en el mejor de los sentidos. Los personajes todo el tiempo están mediados por los medios, valga la redundancia. Esperan los comerciales para intentar besarse, discuten con las telenovelas y programas como Meteoro y Los Magníficos de fondo —series que, por cierto, serán claves en novelas posteriores de Rodríguez, como gran parte de temas y relaciones que luego se volverán obsesiones por resolver en sus siguientes novelas—. El protagonista termina de conocer el mundo, su primer trabajo, su primera novia, su primer maestro, a partir de la publicidad. Lo mencionado da paso a la confusión entre realidad y ficción, así como a los distintos registros de la prosa y la estructura de la propia novela. Lo fragmentado del mundo que retrata dialoga con la fragmentación del libro en su construcción narrativa. Operaciones de la cultura audiovisual acercan a la obra de Rodríguez más a una obra de arte posmoderna que a una novela decimonónica, que sin duda no leerían sus personajes, que interrumpen hacia el final la alusión al Ulises de Joyce, cuando a lo largo del libro han prestado especial atención a la radio, a la televisión, al cine.
El Ulises de Joyce es de 1922, como La tierra baldía, de T.S. Eliot, que los amigos de Aquiles tampoco leerían, aunque viven constantemente en el mes más cruel. De ese mismo año es Trilce, de César Vallejo. Y para no dejar aislada la primera referencia a Varela, hay que recordar los dos versos finales de Concierto animal: “se necesita el don / para entrar a la charca”. Gustavo Rodríguez tiene el don. Y veinticinco años después, el publicista que lanzaba su primera novela se ha vuelto el novelista que hizo publicidad cuando era un chico como los protagonistas de La furia de Aquiles.
Vuelvo a Vallejo, quien, como los protagonistas de la novela de Rodríguez, vivió en Trujillo. Acaso un epígrafe del libro pudo haber sido un par de versos de Trilce XIV: “Pero he venido de Trujillo a Lima / Pero gano un sueldo de cinco soles”. Aunque, en realidad, no. Mirko, Chacho, Cabeto y Aquiles deben ganar mucho más de cinco soles. Pero a qué precio.
La educación sentimental de los protagonistas fue en 1985, decía, en un país en crisis, con la precariedad y la informalidad que va tomando a los personajes, que consiguen lo que quieren sin importar las consecuencias en su entorno. El mundo de sus padres, en cambio, aún sostiene vínculos de forma responsable y con un ideal de colectividad: la madre de Aquiles cuida a los amigos de su hijo como si fuesen sus propios hijos, por ejemplo, o el padre de Mirko se niega a vender productos de su farmacia sin receta médica, a pesar de que sería favorable para su bolsillo. En ese sentido, la novela narra la formación de los futuros adultos de los noventa, que permitirían una larga dictadura que tomaría instituciones para saquear los valores del país. En 2001, sin embargo, volvería también la democracia, luego de que los medios contribuyeran a derrocar la dictadura con los vladivideos.
En 2026, veinticinco años después, digamos luego de un cuarto de siglo, La furia de Aquiles vuelve a librerías como un Fujimori a Palacio de Gobierno. Por un lado, la situación, como el libro, nos recuerda la muerte de las utopías y el triunfo del individuo. Ganó el Club del Hedonismo que forman los compañeros de Aquiles, excluyéndolo, luego de hacerle trampa en una competencia desleal, donde sí o sí él estaba destinado a perder. O cumplen su ideal de vida a partir de la violencia, el temor y la envidia, como la mentira malintencionada que sufre el protagonista por uno de sus compinches. El éxito, pues, deja de entenderse como un ideal compartido y pasa a ser la victoria de alguien sobre nadie.
Vuelvo a Ulises, el hermano menor de Aquiles, quien a pesar de juntarse con el Club de los Hedonistas, no forma parte de él. No lo entiende del todo, no entra en sus códigos machistas, racistas, clasistas, al punto de que se termina distanciando y haciendo su vida por otro lado, por otro camino. Él está bien, le dice Aquiles a sus amigos hacia el final del libro, “no llama a pedir nada”. En ese sentido, y por otro lado, hay una esperanza al volver a leer La furia de Aquiles ahora, en 2026. La de volver a ser Nadie para leer distinto lo que conocíamos: los medios, las novelas de formación, nuestra propia vida, el país que heredamos de nuestros padres y que heredaremos a nuestros hermanos, a nuestros hijos. “Quizá ya es hora de mandarlo a la mierda”, dice Aquiles, refiriéndose a un viejo abusivo, como toda representación del poder, antes de tomar la decisión que le cambiaría la vida. Quizá es hora de tomar sus palabras y hacerlas nuestras.
Gracias, Aquiles, por la furia.
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