La IA y el nuevo Vargas Llosa


La opinión de alguien que, ahora sí, nunca ganará el Planeta, el Almadía y ni siquiera el Luces.


No sé si han leído su prosa robotizada y cursi, que tiene la misma gracia que regalar una tostadora en el Día del Amor. (Es una opinión discutible, por supuesto, y usted está en todo su derecho de pensar distinto y equivocarse). Pero este nuevo escándalo de la novela premiada sin merecerlo —una más para la lista— me hace pensar menos en el autor que en el jurado, gente que solo quiere terminar con el suplicio de leer esos manuscritos apilados en el escritorio o en la pantalla. Hasta que suena el teléfono, producto de mi imaginación. De fondo se oye Speak Softly Love, versión instrumental, y una voz piadosa y áspera ordena: “No leas más: ya tenemos ganadora”. Imagino a ese único jurado que se sonroja, traga saliva, suda frío y susurra: “Pero parece escrita con inteligencia artificial”. Lo dice tan bajito que el resto finge sordera.

Al final, como siempre, ganó Isabel Allende, a quien Roberto Bolaño despachó hace tanto, con una educación salvaje, como “una mala escritora, simple y llanamente”. Pero ven, ya me distraje. Yo no quería hablarles de la saga de La casa de los espíritus, por respeto a los espíritus pero sobre todo a la editorial Planeta —donde tengo buenos amigos—, que seguirá consagrando a la escritora más leída en español. Y está bien. En el fondo o, más bien, en la superficie, escribo desde la envidia de no haber ganado jamás ni un premio consuelo, ni siquiera el miss simpatía de la crónica literaria que vendría a ser el Premio Luces, como todo el mundo sabe. Soy un perdedor, que lo ha dado todo y no le queda nada más (BIS). Lucho Hernández tenía un poema que decía: “Los laureles / Se emplean / En los poetas / Y en los tallarines”. Buen provecho, Isabel Angélica Allende Llona & Familia. 

Como esas ardillas horrorosas que han plagado Lima, me fui por las ramas. Pido disculpas. Cuando empecé a golpear el teclado, hace un rato, mi intención era sumarme al coro del momento, ese que solo habla del escritor peruano David Silva Rojas (Ica, 1981), caído en desgracia no por ser peruano, como todos, sino por su novela escrita —según denunció El País de España— usando casi íntegramente la IA. Se habla tanto hoy de la IA en la literatura que casi hemos olvidado su uso en las guerras, por tratarse, claro está, de un asunto a todas luces menor. Lo cierto es que Silva estaba a dos semanas de ser bautizado como “El nuevo Vargas Llosa”, que es lo que sucede en estos casos, y andaba boyante porque su novela Donde el agua trabaja había ganado el Premio Internacional de Novela Breve Almadía–Ventosa Arrufat: 20 mil euros que para Isabel Allende sería una propina miserable, pero yo por ese billete me disfrazo de ardilla y voy, ahora sí, de rama en rama, moviendo la cola y pagando mi hipoteca. 

Para no andar en más rodeos, Donde el agua trabaja es, sencillamente, un bodrio. Así la calificó el escritor español Hernán Migoya, un amigo genial y cariñosamente malvado, que tuvo la mala fortuna de leérsela completa antes de que estallara el escándalo. A mí me bastaron diez páginas para darle la razón a Migoya, que además de gran escritor es un visionario capaz de salir de noche vestido como torero de día. 

Perdón, otra vez las ramas. 

No es mi intención ensañarme con David Silva Rojas (Ica, 1981), que encima se ha defendido soltando un comunicado que le regresa a la cara como un bumerán: “Yo concebí, escribí y revisé esta novela. No utilicé herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, redactarla ni revisarla”. Discúlpame, David, pero en honor al oficio siempre es preferible ser veinte mil euros más pobre que confirmarle al mundo que eres un pésimo escritor. El País te había puesto un centro impecable para que la empujaras hacia el arco vacío: “Yo jamás escribiría algo así, fue ChatGPT”, y luego culpar a una noche de alcohol adulterado y prometer que sobrio jamás habrías recurrido a un robot. La IA sirve, por ejemplo, para rastrear versos olvidados de Luchito Hernández, pero jamás para tomarle el pelo a un sello como Almadía, que se ha ganado el prestigio a pulso con autores de verdad. Ahora que estamos obligados a darte el beneficio de la duda, en este callejón solo tienes dos salidas, escúchame bien: o te ayudó un algoritmo, hermano, o eres así de malo sin ayuda de nadie. Tú tranquilo, que en esa fosa común cabemos varios.

Seguiré siendo honesto contigo. A diferencia de quienes hoy quieren agarrarte a pedradas porque de pronto hasta el “te amo” de la esposa parece escrito con IA, yo sí creo que llegará el día en que la máquina produzca grandes novelas. A mí me gusta que los personajes sangren, duden, traicionen y se incendien con cada cataclismo que significa estar vivo. Si el autor es un premio Nobel, reviso sus obras pasadas; si resulta ser un algoritmo, me entusiasmaría saber que solo mejorará y que no morirá nunca. Hay que bajarse de esa nube, dejar la solemnidad a un lado y asumir que la gloria es un invento efímero. Si los programadores ya están perdiendo el empleo y las empresas prefieren pagar la suscripción de Claude antes que el sueldo de un practicante, ¿en qué clase de nirvana vive un escritor que todavía cree que su oficio durará para siempre? En verdad os digo: no está lejos el día en que las pocas páginas culturales que sobrevivan al apocalipsis manden a un reportero —es decir, a otra IA— a entrevistar al genio que tecleó el prompt del siguiente bestseller.

¿Quién hizo el Guggenheim de Bilbao, Frank Gehry o los cientos de obreros que soldaron el titanio? ¿De quién es la música, de la partitura sorda de Mozart o de los intérpretes que le arrancan sonido? ¿Quién creó Fountain: Marcel Duchamp o la fábrica que moldeó el urinario de porcelana? ¿Es más autor el que tiene una idea o el que sabe convertirla en materia viva?

En las bases del premio que te embolsaste, estimado David, había un mandamiento sagrado: prohibido tocar la inteligencia artificial, ni para corregir una coma. Fingiré que te creo, pero la verdadera comedia empieza con la pregunta: ¿qué habría pasado sin esa cláusula de pureza? ¿Ganaba el que le daba mejores instrucciones al modelo de lenguaje de su preferencia? Miren en qué dilemas nos han metido, señoras del jurado. La IA iba a acabar con el mundo, pero aún no con la literatura. Tres autoras consagradas, premiadas y distraídas —en el mejor de los casos—, o dueñas de un gusto francamente sospechoso: Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda, dictaron el veredicto. No tengo nada contra ustedes, pero vaya daño el que le han hecho a mi paisano David Silva Rojas (Ica, 1981). Tenían más de dos mil manuscritos sobre la mesa y eligieron Donde el agua trabaja, que ya desde el título prometía una buena siesta. Y encima elogiaron la obra asegurando que “es magistral el uso de los silencios; tal vez justamente el silencio sea lo más elocuente de la novela”. Ni Isabel Allende escribiría algo así. Lo más elocuente de la novela está sucediendo ahora mismo y es horrible para el pobre David, a quien, llegado a este párrafo, ya quiero abrazar como a un hermano. Damas del jurado, ojalá no sea tan largo el uso magistral de sus propios silencios.

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