La actriz novata en Palacio


Razones por las que la ciudadanía no le tiene paciencia a Keiko Fujimori 


Keiko Fujimori cumplió un mes en el poder y el Perú ya le exige resultados como si hubiera gobernado tres años. Como muchos lo advirtieron en su momento, no hay luna de miel, los peruanos no están dispuestos a esperar para ver qué puede hacer o cómo se acomoda al cargo. Para ella no existe la paciencia que —según los manuales de ciencia política— suele concederse a cualquier gobernante entrante. ¿La razón? Es simple y obvia: Keiko Fujimori no ha tomado el poder; siempre lo tuvo.

La carta de recién llegada, entonces, no se la puede jugar, porque, en rigor, sobre ella no hay nada que descubrir. Para bien o para mal, Keiko es la política más constante que ha tenido el Perú en los últimos quince años, que se caracterizaron por la volatilidad, la incertidumbre y precisamente la falta de constancia. Keiko es el dinosaurio de Monterroso: cada vez que nos hemos despertado, ella estaba ahí.

Basta mirar el Congreso para entenderlo. Desde que perdió la segunda vuelta de 2011 ante Ollanta Humala, la bancada fujimorista usó su mayoría o primera minoría para inclinar la balanza hacia su agenda e intereses: negoció exoneraciones, flexibilizó leyes para combatir el crimen o aceleró indultos. Cuando pudo influir en otros poderes, lo hizo intercambiando designaciones y votos por favores e impunidad. Han sido años y años en los que la agenda del apellido Fujimori estuvo muchas veces por encima de los intereses del país. Para quien quiera documentarse bien sobre este fenómeno, que el partido de gobierno niega y seguirá negando, hay amplia bibliografía especializada al respecto. Además de las denuncias de la prensa, están, por ejemplo, los libros La política del escorpión de Américo Zambrano o La agonía del Perú posfujimori de Martín Tanaka. 

En estos más de 15 años en los que Keiko no necesitó la banda presidencial para gobernar, tampoco se esmeró en disimular las huellas de su poder. Al contrario, lo exhibió con descaro instrumentalizando a su bancada para impulsar censuras ministeriales, vacar presidentes, vetar jueces, acomodar  el Tribunal Constitucional a sus intereses y desmantelar la fiscalía. Fue ella —no el Ejecutivo de turno— quien decidió qué era aceptable y qué no, quiénes merecían continuar en el cargo y quiénes debían caer. 

Ese es el verdadero prontuario que gran parte del país tiene presente cuando la mira gobernar hoy; y en función de esos antecedentes es que tanto los que votaron por ella con esperanza como los que votaron contra ella con furia, esperan resultados. La ciudadanía la tiene clara y, en función de esa convicción, reclama acciones. La que parece no estar entendiendo que las cosas han cambiado es la presidenta. Parece que se ha acostumbrado durante tanto tiempo a gobernar en la sombra, que hoy no sabe cómo tomar las riendas formales del poder. Da la impresión de que no puede cortar con este juego de la eterna candidata que es y que no es responsable de lo que ocurre a su alrededor.

A la presidenta Keiko Fujimori le salen magníficos los tiktoks del skin care y de los sombreros, pero no se le ve tan cómoda dirigiendo un gabinete en el que sus ministros —con más de un excandidato con afán de protagonismo— hacen, deshacen, se pelean, y se toman selfies sin tener en cuenta si sus acciones y decisiones afectan la imagen de la jefa mayor. En tan solo un mes hemos visto al ministro de Salud, que no conoce el sector, humillando a médicos en sus hospitales; al ministro de Relaciones Exteriores dejando en claro que todavía responde a las órdenes de la embajada norteamericana al romper relaciones diplomáticas con Irán, al de Defensa actuar como si fuera un superhéroe que lucha contra el crimen montando shows, al de Educación utilizando el ministerio para contratar a sus amigas, y así. No necesariamente se trata de hechos muy graves, o imperdonables, lo que preocupa es que son señales de que cada uno baila con su pañuelo y hace lo que le da la gana. En pocas palabras, da la impresión de que la Chica no es la que corta el jamón. 

A Keiko los peruanos no le están pidiendo resultados inmediatos, le están pidiendo liderazgo. Le están pidiendo que se note que ella está a cargo de la lucha contra la inseguridad, que ella dirige las labores de prevención ante el fenómeno El Niño, que ella gobierna el país. Han sido años de pilotos automáticos y de caos, pero ella prometió que con su llegada a Palacio esos tiempos se terminarían. Desgraciadamente, hasta el momento, la presidenta está demostrando que lo suyo son las sombras; que cuando la alumbran los reflectores del poder se queda paralizada como actriz novata con pánico escénico. 


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