Sobre la novela peruana que intenta dar nombre a lo indecible
«La pregunta de mi madre me hizo intuir algo que pronto se volvería una convicción: ciertos detalles de mi vida, de quién era yo, me disgustaban y, sobre todo, me entristecían. Tenía cuatro o cinco años, pero ya empezaba a cultivar un tenaz extrañamiento». Con este retrato de prematura aflicción inicia Las nerviosas, primera novela de Rosa Chávez Yacila que en pocos meses será destacada como el libro del año en el Perú.
La anécdota en el jardín de niños —el «intento de ser otra persona» a través de un deliberado cambio de nombre— anticipa la estructura de un relato cuyo ir y venir de la actualidad hacia el pasado (y hacia un pasado más allá del propio) lo emparenta con el de algunas de las novelas más visibles de los últimos años en nuestro país: La distancia que nos separa (2015), de Renato Cisneros, Huaco retrato (2021), de Gabriela Wiener y El principio del mundo (2025), de Jeremías Gamboa; todas articuladas por un ineludible viaje a la raíz. Despuntando dentro de ese mapa (quizás más temático y comercial que literario), Las nerviosas rastrea la genealogía de aquel temprano disgusto. Las antepasadas de la protagonista lo llamaron «ser nerviosas»; Freud, «histeria». Dos formas de nombrar aquello que no parece poder explicarse desde la ciencia o la medicina y que, aun así, se manifiesta como sufrimiento en el cuerpo. Conjeturas acerca de la aparición, en distintas generaciones, del mismo nombre (Rosa); una travesía a la ciudad de donde provienen las Yacila; entrevistas con familiares, y la revisión de la bibliografía disponible son puntos cruciales de esta investigación. Y atándolos aparece la historia de trabajo y precariedad de su madre: la coordenada en la que coinciden clase, género y síntoma.
Pero más que una indagación en la herencia del dolor, Rosa Chávez Yacila nos ofrece el relato de una pareja joven en crisis, a finales de la década pasada, tras una mudanza del Cono Norte de Lima a uno de sus distritos tradicionales y céntricos. Una crisis que empieza en la protagonista y que acaba por instalarse en el nuevo departamento como una pesadilla terca, sin planes de acabar. Su gatillante es un asunto de clase, el cuerpo que sufre está marcado por el género, pero las manifestaciones del malestar son reconocibles para cualquiera que haya visto su bienestar amenazado por los susurros diabólicos de una cabeza fuera de lugar: comportamientos antisociales, temporadas con sueños de dieciséis horas, nuevas fobias, búsqueda de salvaciones esotéricas, e incluso lo que la voz narradora llama «una tímida inclinación avanzando por los vericuetos de mi pensamiento. Una curiosidad por las posibilidades que se abrían para alguien en mi estado viviendo en un sexto piso» y que expone a su conviviente en forma de una oscura sospecha: «Creo que quiero saltar». Es aterrador. Y lo suficientemente frecuente para que la obra sea universal también en el plano cotidiano de las fantasías oscuras. Desconsuela seguir a la pareja que está a punto de romperse, más aún porque las razones, en apariencia, son vagas y absurdas, lo que las vuelve más difíciles de sortear que otra clase de desacuerdos o impases.
Pero la historia a su vez nos pide aferrarnos a una promesa mayor: que a ellos dos los une algo inusual, eso que la protagonista elige llamar «complicidad». En Las nerviosas hay una épica acerca del amor que esquiva los lugares comunes sin apelar al cinismo. Su lógica está llena de ironía, ternura y chiste, pero su discurso es frontal e hiriente. Sincero, en toda su amplitud. Y al mismo tiempo desplegado en corto, sin regodearse.
Esa contención es decisiva para narrar el enfrentamiento entre los sueños de la pareja y el monstruo interior de la primera persona. El lenguaje sopesado, notablemente preciso, da cuenta de un rigor cada vez menos presente en la literatura actual. Chávez Yacila renuncia a toda palabra, toda frase, todo párrafo, todo capítulo que no responda a la necesidad más profunda del texto. Nada está puesto por mera costumbre o complacencia. La brevedad del libro es testimonio de esa depuración. Toda imagen y reflexión condensa tal densidad de sentido que, más que «leerse de un tirón» (un halago a veces vacío), Las nerviosas obliga al lector a detenerse y releer y repensar antes de seguir. La intriga de la investigación no es una flecha veloz; está nutrida por el ritmo pausado de la depresión doméstica y encuentra su fuerza en la observación aguda de sus efectos sobre la vida en común.
Esa precisión narrativa tiene precedentes en la literatura peruana reciente —la obra de la ya mencionada Wiener, y las de Marco Avilés y Joseph Zárate—, pero además Rosa Chávez Yacila cierra su debut con una lista de las lecturas que la acompañaron al escribir. El gesto permite leer la novela como parte de una conversación más amplia acerca de dolor psíquico e intimidad —a la que ella suma una mirada desde el género y la clase social—, pero también se entiende como acto de humildad. A sus lectores, más bien, nos deja otro tipo de certeza: Las nerviosas acaba de ganarse un lugar entre los imprescindibles de esa misma lista.
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