De cómo migrar puede ayudar a valorar la importancia de los pactos colectivos

José Miguel «Timmy» Icochea es el productor de Jugo. Es director de producción con más de 15 años de experiencia en eventos corporativos y proyectos culturales. Trabaja en el diseño y ejecución de experiencias, combinando estrategia, creatividad y gestión. Ha desarrollado proyectos en Europa y Latinoamérica. Vive en Madrid.
Llegué a Madrid trayendo la mentalidad de una sociedad donde el éxito y el futuro están bastante relacionados con la productividad. En Perú, mi generación creció con la idea de que somos un país de emprendedores y aprendimos a sobrevivir mirando al resto con desconfianza y precaución, como corresponde en una carrera de individualidades. Nos criamos en un país donde el Estado se siente muy lejos, es corrupto, o simplemente está ahí para castigar; donde la única red de seguridad es el esfuerzo autónomo, la viveza, la vara, el privilegio familiar y los contactos. El objetivo era claro: sálvese quien pueda, salva a tu familia, y no esperes nada de nadie.
Haber vivido en Madrid por casi siete años puede modificarte las entrañas. No ocurre de golpe. No pasa por leer un afiche político en una plaza. Pasa porque se vuelve cotidiano, usual. Un día descubres que puedes ir caminando por la noche sin ajustar hasta el último de los músculos como harías en Lima, o te subes a un autobús público que llega a su hora, que está limpio y es seguro. Y, ¡oh, epifanía bendita!, te das cuenta de que estar cómodo donde vives no debería ser un privilegio de pocos.
Esto no es suerte. Es lo que se conoce como pacto social. Es la constatación real de que la sociedad decidió que debe tener mínimos de dignidad. Que la tranquilidad y el bienestar ciudadano no son favores que nos ofrecen los gobernantes de turno, ni caprichos del que los pueda pagar. Son derechos conquistados y que no se pueden negociar.
En mi país, y quizás en toda Latinoamérica, parecemos llevar marcada con sangre la narrativa del trabajo duro como única y sagrada fuente de dignidad. Pero cuando migras, esa fantasía se descompone.
Cuando cambias de mapa, el privilegio heredado se desdibuja. Cruzas el Atlántico y los apellidos, las conexiones y la clase social de origen pierden el peso fundamental que se tenían en casa. Como migrante, quedas al descubierto de la jerarquía social. Y es ahí donde te das cuenta de que trabajar de manera extenuante no dignifica por sí solo si las condiciones de vida que produce son la precariedad o la supervivencia. Lo que dignifica a un ser humano es la libertad, la autonomía y la forma en que elige vivir y pensar.
Existen, por supuesto, muchos migrantes latinos que rechazan esta revelación. Impregnados por las supuestas bondades del autoritarismo, o habitando trincheras causadas por la polarización, se adhieren al discurso del individualismo brutal o de la paranoia anticomunista, convencidos de que cualquier acción del Estado es la vía a la destrucción de la economía y el colapso inminente. No se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, de que buscar una posibilidad de vivir mejor no es lo mismo que vivir en una jungla y sumarse al sálvese quien pueda. Una sociedad que exige condiciones dignas para todos no es una sociedad radical ni utópica, es una sociedad que es consciente de la vulnerabilidad humana.
Llega así el momento en el que a algunos se nos cae la venda de los ojos y nos damos cuenta de lo que antes teníamos normalizado: el intocable haciendo lo que le da la puta gana, la falta de empatía, el yo soy más vivo que tú. Y de que quien vive así es, en realidad, un incivilizado. O alguien que tiene un concepto muy curioso de lo que es la civilización.
En un sistema en donde la propiedad y el capital se toman como derechos sagrados, absolutos e intocables, el bienestar colectivo se vuelve un inconveniente. Cuando, más recientemente, he tenido conversaciones sobre el acceso a la vivienda o la sanidad pública, descubrí que en mi país poscolonial la función social de la propiedad y del Estado suena subversivo.
He tenido que migrar para decir claramente lo siguiente: que sostener que la propiedad no debe estar sujeta únicamente al capricho mercantil y especulativo del mercado no es una postura extremista, sino el mínimo indispensable para que una ciudad no expulse a sus gentes.
Hoy, con orgullo me digo de izquierdas. No por doctrina, y menos por capricho bohemio, sino por acto de conciencia. Vivir aquí me enseñó que la grandeza de una sociedad no debe medirse por lo alto de sus edificios acristalados, ni por cuántos millonarios tiene, sino por la fortaleza de la red que sostiene al que no tiene nada.
Ser exigente con la justicia social no es de terrucos, es simplemente ser empático ante el dolor ajeno. Es comprender que la libertad individual solo es real cuando está garantizada para todos y no solo para los que tuvieron la suerte de nacer en cuna cómoda o el ingenio de mantenerse a flote.
Escribo esto a un mes de las elecciones en España, ante unos comicios que amenazan la destrucción de la acción del Estado. El PP español ha pactado un gobierno con la derecha radical populista de Vox para importar la motosierra de Milei y desmantelar las instituciones públicas. La izquierda por su lado, incapaz de conseguir consensos, ha fracasado en conseguir una sola candidatura a la izquierda del PSOE. Esperemos que el sentido común y las movilizaciones ciudadanas nos ayuden en la urnas.
Sería una tragedia que los derechos ganados árduamente a través de los años se den por hechos y que, por eso mismo, se deje de pelear por ellos.
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