¿Qué recomendarle a una generación nacida entre pantallas y novedades literarias dudosas?

Enrique es economista, ha publicado artículos y reseñas literarias en la revista Quimera, en el grupo Prensa Ibérica y, ahora, en Otra Parte.
Vino mi hijo hace un par de semanas y me hizo una petición sorprendente y sospechosa: quería que le recomendara un libro, porque estaba dispuesto a leer un rato por las noches, tras dejar el sobreutilizado celular y antes de intentar conciliar el sueño. Mi mujer me advirtió de que era el anticipo de una solicitud de aumento de paga mensual, y aunque ella acertó en su pronóstico, también es cierto que de inmediato supe qué libro le iba a dar para poner a prueba su novedoso entusiasmo lector.
Elegí sin dudarlo El amor es un perro que ruge desde los abismos, del joven aunque sobradamente brillante J. J. Maldonado. Fue un libro que leí entre risas hace un par de años, y que deslumbra por su frescor, por su ingenuidad, por tantas cosas perdidas por la literatura reciente en su camino hacia un éxito que debe ser políticamente correcto. A la mierda con la autoficción y las redacciones escolares de las tristes experiencias de intercambios universitarios y las desgracias pequeñoburguesas de jóvenes exhibicionistas de su inmadurez. Las andanzas y desventuras suburbiales y limeñas de Diosito, Krosty, Matute y toda la sórdida pero maravillosa caterva de personajes de este libro que nunca se publicará en España tuvieron el efecto deseado: conseguir que un chico de 19 años, estudiante de Ingeniería, más aficionado al gimnasio que a las bibliotecas y propenso a gastar toto lo que tiene en cerveza y el abominable ron Recompensa —que se vende en una conocida cadena española de supermercados— leyera sin pestañear durante cinco noches consecutivas, hasta acabar el libro y, ¡sorpresa!, pedirme otro.
Parafraseando aquella película mítica de la directora española Pilar Miró, te doy las gracias, J. J. Maldonado que estás en los cielos. Gracias a tu libro no solo disfruté de lo lindo, como ya sabes, sino que ahora mi hijo alérgico a las páginas y a las letras —como casi todo su entorno— tiene en su habitación un lote para elegir: Perros perdidos sin collar, de Gilbert Cesbron; Crónica de una muerte anunciada; La ciudad y los perros; Correr, de Jean Echenoz; Una salida honrosa, de Éric Vuillard, incluso La vida difícil, de Slawomir Mrozek. También le he pasado Comando Reichsführer Himmler, del polémico escritor danés Sven Hassel, cuyas violentas novelas bélicas protagonizadas por un díscolo batallón de castigo del ejército alemán me bebía durante las noches de mi adolescencia, antes de que las sagas mágicas y la narrativa juvenil infantilizadora tomaran al asalto las estanterías de librerías y bibliotecas.
Si hablamos de qué podemos recomendar a los chavales, surge de nuevo el infinito debate sobre el canon. Si hubiese consultado en las redes, de seguro que me habrían hablado de Mark Twain, de Dickens, de los grandes clásicos de obligada lectura. En sus años escolares a mi hijo le gustó, por ejemplo, Don Juan Tenorio. También La Celestina. Pero muchas de las novelas que se leen en la etapa educativa lo que consiguen es todo lo contrario de lo que se pretende: destruir lectores, aburrir a los chavales, entusiasmados con la narrativa acelerada que les ofrecen las redes sociales, incapaces de encontrar en las páginas imprescindibles y canónicas lo que sus hormonas y neuronas les están pidiendo.
Mi hija anda ahora con La casa de Bernarda Alba, de Lorca. Fuimos a una librería que acaba de abrir en nuestra ciudad, en Córdoba, y compramos la edición comentada de Cátedra por menos de 10 euros. Toda su clase ha compartido en un grupo de WhatsApp la versión en PDF, gratis, porque en miles de hogares, incluso de clase media, ya no se compran libros, ni periódicos, ni revistas. Pero a ella le gusta leer y le gusta hacerlo en papel, incluso cuando tiene que enfrentarse a títulos tan poco atractivos para su edad como Marianela, de Benito Pérez Galdós.
El caso es que una obra desconocida en España y políticamente incorrecta ha conseguido prender la llama de la lectura en un chaval de 19 años, y eso es noticia. En esta misma semana, el profesor de Literatura Universal de mi hija me consiguió en Colombia un poemario de mi querido amigo John Templanza Better. El sábado por la tarde fuimos a tomar unos pasteles y leímos, mi hija y yo, algunos poemas de Pájaros de verano. Le gustó mucho uno de ellos, Calipso, igual que a mí, y vuelvo a preguntarme por qué no intentamos ofrecer a los jóvenes y adolescentes que muestran cierto interés por la lectura algo de verdad auténtico y hermoso, algo que nace de las entrañas y que, cuando lo leemos, nos desafía y hace que algo se remueva dentro de nosotros, porque sabemos que no hay impostura ni artificios en esas páginas desnudas y veraces.
Desafiar el sistema es difícil, pero no imposible. Mi hija se resiste a leer poesía, porque dice que no la entiende, pero no tuvo el más mínimo problema para comprender y entender todo lo que había de verdad en los versos transparentes de John Templanza Better. Mi hijo, por su parte, ha visto más literatura en esas páginas desbocadas y salvajes de J. J. Maldonado que en cualquiera de las sagas de éxito destinadas a mantener a los adolescentes alejados de la cruda realidad, protegidos en una burbuja de fantasía irreal. Leer para evadirnos, leer para aprender a mirar la vida y sus afluentes de cerca y sin barreras, he aquí la cuestión. No sé cómo irá este curso académico, si la lectura continuará o se impondrá la lógica de los exámenes, la dictadura de los resultados. Pero si en las próximas semanas, al acostarme, veo encendida la luz de sus habitaciones, dormiré con la sonrisa feliz de un padre orgulloso, agradecido a los escritores y poetas que hagan de las noches de mis hijos una fiesta silenciosa de letras e imaginación.
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Gracias por compartir tu experiencia.
Como joven millennial, a veces me canso de las redes sociales y busco refugio en algún libro que esté leyendo. Estar allí se siente distinto y más auténtico.
Saludos
Lalescka, muchas gracias por tu comentario. Espero leerte pronto de nuevo por aquí!