Tal vez tu hijo se vuelva facho


Una encuesta sobre jóvenes y democracia quizá explique tanto autoritarismo


Imagina a un chico, varón, de veinte años. Vive en una ciudad como Lima, terminó el colegio, quizás ya entró a la universidad y sigue la política con más atención de la que tú le prestabas a su edad. Ese perfil, según un documento de trabajo reciente del Instituto de Estudios Peruanos, es el que muestra mayor disposición a aprobar un gobierno autoritario en el Perú.

El estudio se llama Un combo peligroso y lo firman Ricardo Cuenca, Luciana Reátegui y Saúl Elguera. Ellos analizaron casi dos décadas de encuestas, entre ellas más de 415 mil respuestas de la Encuesta Nacional de Hogares, y encontraron que los jóvenes de 18 a 24 años, poco más del 16 %,  son el grupo con mayor probabilidad de preferir, en algunas circunstancias, un gobierno autoritario antes que uno democrático. El porcentaje desciende a 13,5 % en el grupo de 25 a 39 y a 11 % en los de 40 a más. 

Un dato que llama la atención tiene que ver con la educación. Tener estudios superiores completos aparece asociado a una probabilidad de simpatizar con el autoritarismo ligeramente mayor que la de quien ni siquiera terminó el colegio. Los autores piden cautela porque la diferencia carece de significancia estadística, pero la tendencia contradice lo que aprendimos a repetir durante décadas, aquello de que más educación produce más demócratas (a finales de los noventa había un cántico en las protestas que decía “un pueblo con cultura no acepta dictadura”). El reporte se anima a plantear una hipótesis para explorar: la universidad peruana, masificada y de calidad dispareja, estaría formando ciudadanos capaces de diagnosticar el fracaso del sistema, pero sin herramientas para canalizar ese diagnóstico hacia algo transformador. La crítica sin salida institucional termina pidiendo orden.

Luego está el género. Los hombres jóvenes aprueban gobiernos autoritarios más que las mujeres de su misma edad. Los autores plantean como hipótesis algo que ya se discute en Europa y en la Argentina de Milei: la expansión del feminismo habría acercado a las mujeres jóvenes a la democracia como régimen de derechos, mientras algunos hombres perciben que ese mismo sistema favorece agendas que los desplazan simbólicamente.

Y queda la paradoja mayor. Las mujeres, las personas pobres y quienes viven en zonas rurales muestran menor inclinación autoritaria que el resto. ¿La democracia peruana encuentra a sus defensores más consistentes entre quienes más han dependido de ella para sobrevivir?

Hay una clave generacional que ayuda a entender todo lo anterior. Estos chicos solo han vivido en democracia (precaria, contradictoria, insuficiente, pero democracia al fin y al cabo). Sus padres enfrentaron una dictadura reconocible, con rostro y apellido. Ellos se socializaron después, en lo que los autores llaman la no-política, un entorno donde las instituciones renunciaron a la pretensión elemental de gobernar para el bien común. Crecieron entre leyes que incumplen su propósito, reformas vacías y congresos dedicados al reparto. Para un chico de veinte años, su experiencia democrática ha sido siempre la de instituciones que fallan.

El estudio insiste en que culpar a los jóvenes invierte la causalidad. Ellos serían el síntoma visible de un sistema que perdió la capacidad de producir adhesión. Si tu hijo coquetea con la “mano dura”, el problema empezó mucho antes que él.

Este año, más de un millón de jóvenes votaron por primera vez. Frente a ese dato, conviene preguntarnos menos por quién votaron y cuestionarnos más qué país les mostramos antes de pedirles que lo defiendan. 


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