¿Cuántas emociones caben en una lágrima? 


Arte y ciencia empiezan a revelar el misterio que hay cuando lloramos


Nacemos llorando, pero ¿cuánto sabemos realmente sobre nuestras lágrimas? Sorprendentemente poco. Su estudio sigue siendo un campo de investigación joven y lleno de preguntas abiertas.

Lo descubrí la semana pasada, cuando me topé con el libro La topografía de las lágrimas de la fotógrafa y artista estadounidense Rose-Lynn Fisher. Tras un profundo proceso de duelo, Rose-Lynn comenzó a coleccionar más de un centenar de lágrimas propias y ajenas, producidas en distintas circunstancias: duelo, alegría, alivio, recuerdos, cambios profundos o incluso por el efecto de una cebolla. Depositó cada una sobre un portaobjetos de laboratorio, dejó que se secara y luego fotografió, mediante un microscopio, los intrincados patrones cristalinos que quedaban tras la evaporación.

El resultado es fascinante. Hay lagrimas que dejan dibujos que recuerdan las ramas de un árbol; otras se asemejan a ríos amazónicos desbordados; algunas forman lo que parecen circuitos eléctricos, arrecifes de coral o mapas de ciudades peruanas vistas desde el aire; las hay densas y compactas; livianas y casi transparentes (te dejo aquí algunas imágenes de sus fotografías al microscopio, sacadas de Google). 



Aunque el proyecto de Fisher no tuvo vocación científica, y no pretendió demostrar que cada lágrima —y la emoción asociada a ella— tenga una huella microscópica propia, sí reveló que las lágrimas pueden dejar paisajes extraordinariamente distintos. Una topografía diversa e inesperada.

El trabajo de Fisher pertenece al territorio del arte. La ciencia, en cambio, aborda las lágrimas desde otra perspectiva. La psicóloga clínica Dorothy Holinger recuerda que los oftalmólogos distinguen tres grandes tipos de lágrimas: las lágrimas basales son aquellas que lubrican y mantienen limpios y protegidos nuestros ojos; las lágrimas reflejas se producen cuando debemos enfrentar compuestos irritantes, como el polvillo de aire contaminado, altas concentraciones de polen o las emanaciones de la cebolla. Finalmente, nuestro cuerpo produce las lágrimas emocionales cuando experimentamos sentimientos muy intensos que escapan a los mecanismos de control de nuestro comportamiento. 

Aun sabemos poco sobre las lágrimas, y su estudio es un campo de investigación aún incipiente. Si bien el trabajo de Fisher no demuestra científicamente que exista una «lágrima de tristeza» con una estructura diferente a la de una «lágrima de alegría», otros científicos están avanzando en descubrir la composición química de nuestros lloriqueos. 

Holinger nos recuerda que derramamos lágrimas emocionales tanto en situaciones negativas —de duelo, pérdida o fracaso— como en situaciones positivas de asombro, alegría, amor. Las lágrimas son señales de comunicación que expresan la necesidad de empatía o ayuda y que, además, vienen cargadas de leucina-encefalina, un neuropeptido primo de las endorfinas. ¿Cuál es su función? Dejarnos con un efecto catárquico de alivio y bienestar, actuando como un analgésico natural para procesar nuestras emociones. 

Utilizando metabolómica —el estudio de los metabolitos presentes en un tejido o un fluido biológico— un equipo liderado por Hao Liang, del Instituto de Medicina Tradicional China de la Universidad de Hunan comparó el perfil químico de lágrimas reflejas y de lágrimas emocionales positivas y negativas obtenidas de doce estudiantes voluntarios. Encontró diferencias significativas entre ellas, lo que sugiere que distintos tipos de emociones involucran procesos biológicos específicos.

¿Cómo será la huella química de una lágrima nacida del asombro ante una luna llena? ¿Y la de un nacimiento, un orgasmo, una despedida, o una alegría incontenible? ¿Serán distintas las lágrimas de hombres y mujeres? ¿Las de un bebé y las de un anciano? ¿Cambiarán con la edad, con la cultura, la alimentación o la historia de cada uno?

Los científicos de Hunan sugieren que entender el perfil metabólico de las lágrimas podría, en el futuro, contribuir al desarrollo de biomarcadores capaces de distinguir determinados estados emocionales, o ayudar en el diagnóstico de algunos trastornos psiquiátricos. También podrían servir para distinguir lágrimas auténticas de lágrimas fingidas en determinados contextos médicos o forenses.

Quizá algún día la ciencia pueda responder qué moléculas distinguen una lágrima de duelo de una de alegría. Mientras la ciencia avanza, derramo mis propias gotas cargadas de metabolitos y de preguntas mientras suenan los acordes de Lágrimas negras en la voz de Bebo Valdés y Diego el Cigala.


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