Este artículo no fue escrito por IA


¿Qué le estamos entregando a los gigantes tecnológicos a cambio de nuestra comodidad?


Será porque la política peruana está cada día más cerca del abismo, con cambios presidenciales y ministeriales que se suceden a paso de polca y una campaña electoral tan mareante como nauseabunda que la hace difícil de seguir, y porque el mundo parece también despeñarse entre los escándalos del caso Epstein, las guerras al narco en este continente y las del otro lado del mundo, que mi atención está siendo captada por la aparente inevitabilidad de que la inteligencia artificial destruya todo, o sea la panacea más grande de todos los tiempos.

En las últimas semanas la velocidad de la discusión sobre la Inteligencia Artificial a nuestro alrededor se ha intensificado.  O, al menos, es mi caso. Las evidencias descansan en mi amiga que le pide a ChatGPT que le sugiera qué ponerse luego de haberle tomado fotos a toda su ropa, o en el conocido mío que organiza sus viajes con inteligencia artificial, o en quien ya no escribe ni siquiera sus propios correos electrónicos, y ante esto me voy preguntando qué ganamos y qué perdemos cuando le dejamos nuestras decisiones a una máquina que repite patrones y a la que le vamos enseñando de a pocos lo que nos gusta, para que nos vaya ‘resolviendo’ y ‘facilitando’ la vida.

Primero, debo confesar que no soy una asidua usuaria de la inteligencia artificial. Hago lo que hago porque quiero, porque me gusta, porque lo disfruto o porque me importa. Por supuesto que uso buscadores de información, ayuda con traducción y, sobre todo, los correctores ortográficos, porque debido a mi dislexia soy incapaz de escribir sin errores. Aun así, todas las semanas, queridos lectores, lo que leen de mí no ha sido producido ni corregido por un bot: es usualmente Gustavo Rodríguez, el editor de Jugo, quien procura que mis errores no sean demasiados, una labor que en su momento también han hecho Hernán Migoya y Dante Trujillo.

Ayer coincidí con la artista, editora y escritora Alessandra Pinasco en una grabación por el Día de la Mujer sobre las escritoras que nos han marcado, y le conté que para mí la escritura siempre ha sido un refugio y una dificultad. Hablamos sobre las mujeres que nos han inspirado en la lectura y escritura desde la tierna infancia y recordamos a un querido profesor de inglés que, con algunos años de diferencia, nos marcó como escritoras. Le conté que durante años resonó en mi cabeza la pregunta que él me hiciera alguna vez: ¿por qué no podía escribir como hablaba? Por mucho tiempo, esa frase me había hecho sentir incapaz de plasmar mis ideas en el papel, hasta que entendí que debía escuchar mi voz y escribir lo que oía.

Mi madre siempre me había dicho que para escribir, lo que importaba era tener algo que decir. Hasta ahora le estoy agradecida tanto a ella, por siempre creer en mí, y, sobre todo, a mi hermana Julia, que tiene la mejor ortografía y sintaxis del mundo tanto en inglés como en español y que no ha dudado en darme una mano con eso toda la vida. En estos tiempos, en los que hasta Yuval Noah Harari dice que dejará de escribir porque la IA lo hará mejor, me rehúso a aceptar que todo esté perdido y que debamos dejar que las maquinas hagan todo por nosotros. Ni escribimos ni leemos para buscar la perfección, sino porque tenemos algo que decir y, si tenemos suerte, alguien lo querrá leer o incluso oír.

Hace unas semanas, un grupo de trabajo del que soy parte tenía que entregar un texto y uno de los integrantes decidió dárselo a la IA para ver qué salía. Aunque la aplicación cometió un error imperdonable —algo así como decir que el periodista Marco Sifuentes es argentino— , el resultado en conjunto lucía muy aceptable. Sin embargo, a mí me resultaba imposible creer en lo demás después de una falta tan grave. Lo otro que me generó el experimento fue la desagradable sensación de preguntarme si valía la pena escribir mi parte, ya que la máquina podía encargarse.

No obstante, en estos días uno de mis libros está siendo traducido con IA al inglés, y hoy debo dedicarme a corregirlo línea por línea porque, si les soy bien sincera, es la consecuencia de que el pobre aparato haya puesto correctamente una palabra detrás de otra: si bien las frases tienen sentido y son gramaticalmente acertadas, en demasiadas instancias no ha entendido cual es el punto. A este paso,  ya siento que estoy haciendo yo la traducción, algo que no suelo hacer.

Al mismo tiempo, mis redes se ven invadidas por dos mensajes constantes: que la IA solucionará todos nuestros problemas y adóptala ya, o más bien, que es un paso más al fin del mundo, que ya no habrá trabajo, que volvamos a las cavernas, que todo está perdido. Hoy nada más leí dos artículos al respecto, uno sobre una mujer que está enjuiciando a ChatGPT después de que su marido enloqueciera y se suicidara, convencido que su bot era un ser superior, y otro sobre una firma de abogados que gracias a Claude ya no necesita asistentes humanos. Los comentarios a este segundo eran todos tan parecidos que daba la impresión de ser producto de bots, y todo lo que decía y cómo lo decía parecía un ejercicio de marketing básico y además escrito por IA. Júzguelo aquí.

De todo esto, lo que me queda más claro y digno de ser calificado como importante es que la IA, además de ser una herramienta, es un negocio, y que mucho de lo que estamos viendo son sus estrategias de ventas. Tengamos en cuenta que lo que más necesitan estas compañías es que estemos cada vez más conectados a ellas, y que les paguemos más. El pobre suicida pasó de pagar 20 dólares al mes a 200, porque cada día dependía más del aparato que, además, está diseñado para hacerse indispensable.

Por todo ellos, no está mal pensar en ir volviendo al papel, como bien recomendó hace un par de semanas Giacomo Roncagliolo en esta misma plataforma

Ya lo dicen por ahí, y chúpate esa, inteligencia artificial: parece que escribir a mano es la única manera de detener el deterioro cognitivo.


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