¿Quién nos salvará de tanta basura?


Pruebas de que la basura no es basura, sino material mal gestionado


Con el título de este artículo no hablo de la basura que flota en el ambiente político —esa ya aprendimos a tolerarla—sino de la que invade nuestras calles, playas y ríos. La que respiramos. La que normalizamos. La que nos dice, sin palabras, en qué país vivimos. 

“En el Perú, las ciudades no se anuncian con letreros de bienvenida, sino con cerros de basura”, me decía una amiga periodista hace pocos días. Yo acababa de atravesar la gran conurbación Chiclayo–Lambayeque, una de los principales nodos urbanos del norte, y no pude más que darle la razón. La escena es desoladora: un paisaje costero otrora hermoso, de arenas grises y amarillas que se convertían en un bosque seco verde, hoy salpicado por montículos de desmontes, residuos orgánicos junto a los canales de riego, latas aplastadas y bolsas plásticas atrapadas en árboles y postes, ondeando como banderas de la desidia. 

La postal se repite. Cambias de ciudad, pero la escena es la misma. 

Eran los mismos días del bochornoso escándalo de la playa Agua Dulce, en Lima. El alcalde de Chorrillos tuvo que cerrarla para limpiarla luego de que, según cifras municipales, sus visitantes dejaran hasta seis toneladas de residuos en un solo fin de semana. Seis toneladas. En apenas dos días.

“No ha existido nunca una campaña agresiva del Estado para que la gente aprenda, al menos, a manejar su basura. Las municipalidades gastan en faroles y rejas, pero nunca encuentras un basurero a la mano”, seguía mi colega, indignada. Yo asentía en silencio, recordando la confesión de un alcalde amigo: evitaban instalar contenedores en plazas y espacios públicos porque se llenaban rápidamente y la municipalidad no tenía capacidad operativa ni presupuesto para vaciarlos a tiempo. “Es mejor evitar el problema”, me dijo, resignado, con un vaso de chicha en la mano. Esquivar el problema: a veces esta parece nuestra política pública. 

La indignación frente a nuestra incapacidad nacional para resolver un problema tan elemental se ha vuelto endémica. Todos se culpan entre todos. El gobierno nacional acusa a los municipios de ineficientes; los ciudadanos, a los alcaldes incapaces; y los alcaldes, a vecinos morosos y a un Ministerio de Economía y Finanzas que los mantiene financieramente asfixiados. Mientras tanto, la basura se acumula en calles, playas y ríos. 

¿Cómo salimos del laberinto de la basura? ¿Cuánta ciencia se necesita para limpiar el país?

La respuesta es incómoda: poca ciencia y muchas ganas, mucho liderazgo, es decir, decisión política. Las municipalidades, salvo excepciones, no pueden resolver solas el problema y el país arrastra miles de botaderos activos y pasivos que nadie termina de cerrar, pese a contar con leyes que prometen economía circular, menos plásticos y ciudades sostenibles. 

El ingeniero Marcos Alegre, ex viceministro de Gestión Ambiental y referente regional de la Asociación Interamericana de Ingeniería Sanitaria y Ambiental (AIDIS) sostiene que necesitamos mecanismos financieros de alcance nacional y me reseña algunas experiencias virtuosas que pueden inspirarnos. República Dominicana, por ejemplo, enfrentaba una crisis similar a la peruana: el gobierno, en alianza con municipios y el sector privado, creó un fideicomiso público-privado para invertir en el cierre de vertederos informales, estaciones de transferencia, formalización de recicladores y nuevos rellenos sanitarios. Hoy, millones de toneladas de residuos reciben disposición adecuada y el sistema genera empleo, reciclaje y nuevas oportunidades económicas.

En América Latina, los modelos más exitosos se basan en incentivos. En Brasil, la ciudad de Caxias do Sul implementa el programa Troca Solidaria (trueque solidario) que permite a los vecinos intercambiar residuos reciclables, segregados en casa, por alimentos: articula gestión ambiental con política social, con notable éxito. En Florianópolis, la fracción orgánica de la basura se transforma en compost que nutre huertos urbanos y comunitarios, reduciendo la carga sobre los rellenos. El programa Basura Cero de Colombia reconoce el reciclaje como un servicio público y paga a los recicladores por volumen de residuos entregados: con ello, los recicladores han mejorado su desempeño y se han formalizado, mientras han subido las tasas de aprovechamiento y se ha reducido la disposición final. Y los ejemplos pueden continuar.

Necesitamos un cambio radical de enfoque. Ya. La gestión de residuos debe dejar de ser un asunto marginal y convertirse en una política central de salud pública, empleo y desarrollo urbano. Reducir, reaprovechar y reciclar antes que desechar. Simplificar los sistemas. Involucrar a la ciudadanía con reglas claras y beneficios tangibles.

Podríamos empezar transformando la manera de planificar. En estas décadas, nos hemos llenado de Planes Integrales de Gestión de Residuos Sólidos (PIGARS) que pocas veces pasan del papel. Otros países son más pragmáticos. En Japón, por ejemplo, Osaka no produce planes voluminosos, sino una hoja de ruta y guías simples de segregación por flujos de materiales. Los vecinos separan materiales y la municipalidad los recoge por día: lunes, los orgánicos; martes, el vidrio y metal; miércoles, el papel y cartón; etc. ¿Necesitamos la pulcritud japonesa para montar ese sistema? No, los italianos también lo logran: mi madre de 84 años separa la basura en 7 bolsas distintas, siguiendo un cronograma colorido pegado a la pared que le entregó la municipalidad.

También podríamos empezar transformando los rellenos sanitarios, concebidos como cementerios de recursos, a centros ecológicos de “resurrección” de materiales. La basura no es basura: es material mal gestionado. La provincia de Concepción, aquicito nomás, cerca de Huancayo, destaca por su Centro Ecoturístico de Protección Ambiental Santa Cruz (CEPASC), que integra tratamiento biológico, compostaje, relleno sanitario, vivero e invernaderos, convirtiendo la basura en materiales secundarios. ¿Por qué no replicar este modelo en Jaén, Talara, Pisco, Abancay, Chulucanas y otras decenas de ciudades intermedias, donde el impacto sería inmediato y el empleo, local?

La pregunta final no es técnica. Es política. ¿Quién se atreverá a asumir el reto de limpiar el país de verdad? Quizás alguno de los candidatos de nuestro abultado padrón electoral asuma el reto. Si lo hace, que no lo dude: tendrá mi voto.


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