¿Acaso fui yo quien te amó?


De cómo los huaynos quechuas nos interpelan sobre el amor verdadero 


No fui a votar el día de las elecciones municipales. Me encontraba en Chinchero, Cusco, a más de 500 kilómetros de distancia de mi centro de votación. Resignado a pagar mi multa, acompañé a mi amigo Felipe al colegio Túpac Yupanqui donde le tocaba votar. Voté por Vero, y por el allqocha para Chinchero, me dijo mientras caminábamos en dirección a la plaza donde se encontraban dos de sus hermanos y sus padres. Los encontramos en una esquina, alejados de los puestos de venta donde las personas estaban comiendo lechón, cuy al horno, o tomando chicha y cerveza. Se respiraba, efectivamente, un ambiente de fiesta electoral. ¿Y por quién votó usted don Mariano?, le pregunté al papá de Felipe luego de estrecharle la mano para saludarlo. Él me contestó sonriendo: qonqay qawaruptin makillay qilqashasqam ¡makiyta tapusun! Todos nos reímos hasta olvidarnos de la pregunta.

Para quienes no saben quechua, el chiste de Mariano consistió en hablar de su mano como si actuase de manera independiente, casi por voluntad propia: cuando él se dio cuenta, su mano ya estaba marcando el símbolo de algún candidato. Así que, si queríamos averiguar por quién había votado, debíamos preguntárselo a su mano. La gracia de la broma radica en la agencia atribuida a la mano que habría realizado una acción adelantándose a las intenciones del sujeto. Algo similar sucede en las letras de algunos huaynos que hablan sobre el amor. Un elemento recurrente pareciera ser la atribución de acciones, afectos, sentimientos y deseos a diferentes partes del cuerpo, es decir, experiencias que en castellano solemos atribuir al individuo en su totalidad. 

En la canción Cuerpo Solterodel conjunto Condemayta de Acomayo, por ejemplo, el protagonista culpa a su cuerpo por el cansancio que experimenta, ya que este, por sí solo, todas las noches pasa mala noche, es decir, sale a tomar y a bailar hasta muy tarde. El mismo ejercicio lírico ocurre al final de la canción cuando el sujeto hace una pregunta dirigida a su antigua pareja y que él mismo contesta: ñuqachu wayllukurayki ; sunquyta wayllurasunki. Traducido al español, el verso diría lo siguiente: ¿Acaso fui yo quien te amó? Mi corazón fue quien te amó. La construcción gramatical resulta llamativa porque los sufijos producen una partición poética del sujeto enamorado: allí donde esperaríamos encontrar al “yo”, emerge el sunqu, el corazón, como responsable del amor que siente el individuo por la otra persona. Entonces, más allá de la ironía contenida en la letra, ¿qué nos quieren enseñar estas composiciones quechuas sobre el amor cuando distribuyen la agencia afectiva entre las partes del cuerpo diferenciándolas de las intenciones del sujeto? Si es mi corazón quien se enamora, mis labios los que besan, y mis ojos los que miran ¿qué implica estar enamorado en un universo poético dónde las partes del cuerpo parecieran actuar en función de su propia voluntad?

Algunos huaynos nos proponen una perspectiva distinta sobre el amor: ocurren situaciones donde la experiencia del enamoramiento no está concentrada en la totalidad del individuo. Incluso, como dice una canción popularizada por la agrupación Los Chankas, el corazón puede parecer enamorarse de una parte del cuerpo de otra persona: chay yana ñawichayki sunquyta suwawan, es decir, esos tus ojitos negros me han robado el corazón. Este tipo de versos parecieran plantearnos, por lo menos, tres formas de hablar sobre el amor. Primero, una parte del cuerpo de una persona, como puede ser el corazón, es mencionado como capaz de enamorarse de otro individuo. Segundo, uno puede enamorarse de otra parte del cuerpo como, por ejemplo, unos ojitos negros. Tercero, existe la posibilidad de que dos partes del cuerpo se enamoren, o sientan atracción, mas no necesariamente los sujetos a quienes físicamente les pertenecen. El cuerpo sería no solamente un lugar donde se manifiestan las emociones, sino que sus diferentes partes emergen como sujetos capaces de actuar, desear y sentir amor. Este tipo de canciones parecieran abrir la posibilidad de pensar el enamoramiento en distintos grados de implicación corporal. Entonces ¿estas formas de afecto localizadas en el cuerpo equivalen verdaderamente a estar enamorado?

Hace varios años, tuve una conversación con Mercedes, la esposa de Mariano, sobre el amor. Hablamos sobre la tristeza que produce una ruptura amorosa y, en ese entonces, yo estaba hecho pedazos. Según Mercedes, el origen de mi aflicción se debía a un error que cometí desde el inicio: me había enamorado con el corazón, en lugar de hacerlo con la cabeza. Cuando una persona se enamora con la cabeza, piensa, analiza y racionaliza más lo que siente por la otra persona, lo que equivaldría a decir que uno idealiza menos a su pareja o que tiene los pies puestos sobre la tierra. En cambio, el corazón está más presto a las emociones y a los sentimientos, lo que explica la vulnerabilidad a la que uno se expone en su encuentro con el otro. Dado que el dolor, según me había dicho, estaba localizado en el corazón, tenía que tomar un té elaborado con una flor llamada pensamiento. El nombre de la planta contenía la solución al problema: frente a un corazón desbordado de emociones, había que recurrir al pensamiento, es decir, a la cabeza. Después de todo, el corazón sentía y la cabeza pensaba; ambas implicaban un tipo de enamoramiento distinto. 

Mariano y yo habíamos estado conversando sobre esta separación entre la persona y las partes del cuerpo que aparece en algunos huaynos. Luego de escucharme con atención, él me hizo darme cuenta de algo que, para él, parecía bastante evidente y que yo, sin embargo, no había podido reconocer. Así es Marcos, me dijo, uno a veces ve a una chica y se enamora con los ojos, pero se trata de un amor pasajero. Otras veces, las personas se enamoran con el corazón o con la cabeza. Sin embargo, cuando alguien se enamora de verdad, lo hace con la cabeza, el corazón, los ojos, es decir, todo el cuerpo. Me parece que la poética de algunas canciones en quechua trata de expresar que el amor no se localiza simplemente en el corazón, sino que esta experiencia se encuentra distribuida entre diferentes partes del cuerpo. Estas mismas letras parecieran darnos a entender que la forma plena del amor implica la totalidad corporal. Es en ese sentido que existe una clara diferencia: el amor verdadero no niega la fragmentación afectiva del cuerpo, sino que consiste en reunir todos estos fragmentos al momento de comprometerse por completo con otra persona.

Quizás por eso la broma de Mariano acerca de su mano me hizo pensar nuevamente en aquella frase que se repite en diferentes huaynos: ñoqachu wayllukurayki, ¿acaso fui yo quien te amó? Inicialmente, la respuesta me pareció sencilla: fui yo. Pero el juego de palabras de algunas canciones quechuas plantean una interrogante a los oyentes a través de una ironía: ¿realmente te enamoraste tú o solo lo hizo una parte de tu cuerpo? Quizá la pregunta no sea solamente quién se enamora, sino cuánto de nosotros ponemos en aquello que amamos. Los huaynos que he escuchado últimamente me han hecho pensar en esta fragmentación del sujeto que ama. Aunque probablemente esta característica también esté presente en canciones escritas en otros idiomas, me parece que es posible extraer una respuesta a la pregunta sobre el amor y el enamoramiento. Uno puede comenzar a sentirlo desde y en alguna parte del cuerpo, pero solamente cuando todas ellas se comprometen podemos hablar de una experiencia plena. Tal vez la broma de Mariano sobre su mano y su voto no era una manera tan extraña de hablar después de todo. Es posible que, cuando decimos amar a alguien, tampoco seamos necesariamente nosotros quienes hablamos, sentimos o deseamos. Quizás amar de verdad consista en comprometerse con otra persona desde la totalidad. A veces, nuestros ojos son los primeros en sentirse atraídos por otra persona y, posiblemente, el amor implique conseguir que ninguna parte de nosotros se quede relegada, es decir, que, por una vez, el corazón, la cabeza, las manos, los pies, y todas las partes de nuestro cuerpo, quieran quedarse en el mismo lugar junto a la persona que amamos. 


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