A caballo entre los tiempos de la vida y los tiempos históricos
Empiezo a escribir este artículo camino a la conferencia anual de la Asociación de Estudios Latinoamericanos, conocida como LASA por sus siglas en inglés. Será otra oportunidad para encontrarme con amigos y colegas y hablar de nuestros trabajos, nuestras pesquisas, de cómo va el mundo, de cómo va nuestra escritura, de hacia dónde va la vida. Veremos a nuestros editores, pensaremos en nuevas colaboraciones, tramaremos futuros encuentros, recordaremos ediciones pasadas.
La primera vez que vine a uno de estos eventos fue en 2001, cuando todavía era estudiante doctoral y el embarazo de mi primer hijo estaba tan avanzado que muchos me miraban con miedo a que fuera a alumbrar a la mitad de una presentación porque el aire acondicionado no funcionaba como para amenguar ese ardiente verano en Washington D.C. No fue el caso y logré salir de Estados Unidos dos días antes de los terribles atentados que cambiaron al mundo y retuvieron a muchos de mis colegas en el país norteamericano.
En 2004 me perdí la reunión de Las Vegas porque estaba muy cerca a tener otro parto. Me cuentan que fue memorable debido a que el hotel donde se iba a llevar a cabo fue cambiado a último minuto por uno que no daba la talla, y que las coristas se arreglaban las pelucas, las pestañas postizas y los tacones con lentejuelas en el mismo patio desvencijado junto a la piscina donde los académicos hablaban con sus editores.
El 2007 llevé a mi bebé de tres meses al LASA de Montreal, donde se coronó como el niño más bueno del congreso. Una amiga me decía que debía ponerme un cartel en la espalda que dijera que era mi tercer hijo, de lo contrario las jóvenes asistentes pensarían que la maternidad era demasiado fácil. Ese año lo llevé en cochecito a la fiesta que hacen al final del congreso para bailar salsa. Mi bebé durmió como un lirón gracias a la música. Cuando alguien me increpó por haberlo llevado, respondí que no tenía con quién dejarlo, a lo que preguntaron si no se me había ocurrido no ir a la fiesta. Esa idea nunca cruzó por mi cabeza. Curiosamente, esta misma noche en que viajo a una nueva edición de LASA, ese bebé —que en un mes será mayor de edad— estará bailando hasta la madrugada en su fiesta de promoción.
Mis hijos me han acompañado a lo largo de mi vida académica, no solo a los congresos, sino también a los archivos y bibliotecas. Mientras crecían, me han visto invariablemente sentada frente a la computadora leyendo y escribiendo. Pasé mi primer embarazo en el archivo Riva Agüero, sentada en una inmensa mesa con patas de león, dedicada a leer la correspondencia decimonónica de Manuel de Mendiburu. Cuando esperaba a mi segundo hijo frecuentaba una biblioteca universitaria que ya no existe, llena de incunables de peruanos, donde yo solo cabía de costado porque los anaqueles estaban tan juntos que esa era la única manera en que entraba la panza. Con el tercero me tocó organizar las cajas de copias que traje a Londres del Archivo Histórico Militar de Lima con las que escribí el libro que más tiempo me ha tomado y que, finalmente, se publicará en inglés en octubre de este año.
Este libro, una historia social del ejército peruano y su importancia para la creación del Estado en el siglo XIX, ha demorado casi el mismo tiempo en que el menor de mis hijos se ha hecho adulto. Los tiempos de los historiadores pueden ser muy lentos. Pero he hecho muchas cosas en medio: libros que buscan entender la creación de las nuevas naciones hispanoamericanas, infinidad de artículos que desde diferentes miradas se preguntan lo que significa la identidad y cómo esta cambia y se construye en el tiempo y en el espacio; años de maternar, escribir, enseñar y viajar para compartir las ideas.
Combinando la labor académica con la maternidad, mis trabajos de investigación han madurado, han crecido, se han ido por sus propios rumbos, y ahora le toca lo mismo a mis hijos. Uno ya se busca la vida en Berlín, ciudad en la que pasamos un año cuando se convertía en adolescente y a la que ahora ha decidido volver como adulto. Ese tiempo lo pasé en la biblioteca y frente a la computadora, leyendo y escribiendo, mientras los chicos jugaban básquet, descubrían el metro de la ciudad y hacían suyas esas calles.
Fue allí, en la quietud de un apartamento al que se llegaba tras subir cien escalones, donde finalmente logré ponerme a escribir este libro de los militares. Lejos del ruido de la rutina diaria encontré la punta de la madeja. Pero, igual, no fue tan fácil: lo entregué a la editorial académica a mediados de 2019 y no fue hasta fines de 2020 cuando me enteré del pedido de prácticamente volverlo a escribir. En ese momento ya tenía el Bicentenario del Perú encima, además de la pandemia y unos adolescentes atormentados entre encierro y encierro. Así que no lo retomé hasta finales de 2022 y me ha tomado hasta ahora terminarlo.
Entre esos ritmos de la vida, la investigación y la escritura, a veces calmadamente y otras más bien de manera vertiginosa, los chicos y yo nos fuimos haciendo grandes y hoy toca acompañarlos a buscar sus propios caminos.
Mientras tanto, imagino qué vendrá para mí después de cerrar este ciclo tan largo de escritura e investigación. Lo hago en SanFrancisco, acompañada del olor al Pacífico y de la bruma característica de esta ciudad que siempre siento tan familiar. Por lo pronto, en los próximos meses mi objetivo es leer lo más posible y escribir lo mínimo.
A lo mucho, esta columna semanal.
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Me encanta leerte Natalia tus artículos me dejan siempre mil reflexiones. Gracias.
Muchas gracias por leerme Luz!