Un libro repasa los objetos y personajes que marcaron a los nacidos el siglo pasado
Hay muchas maneras de medir el paso del tiempo. Podemos echar mano del calendario, o dividir nuestra vida en playlists que representen las distintas décadas que hemos habitado, o mirar nuestras canas reflejadas en el crecimiento de nuestro hijos. Leyendo el libro de Enrique Planas, El álbum de las cosas olvidadas (Planeta 2025), en el que el autor reseña objetos que el paso del tiempo ha jubilado, descubrí una más: podemos calcular cuánto hemos envejecido haciendo un inventario de las cosas que nos acompañaron en épocas importantes de nuestras vidas y ya no están. Porque esos objetos, que subsisten en los mercados de cachivaches o en los cuartos de los acumuladores con horror al vacío, no solo han sido testigos de una era analógica donde la espera formaba parte de nuestros días, sino que nos ayudaron a cincelar las personas en las que finalmente nos hemos convertido.
El libro de Planas nos recuerda que fuimos niños de tres canales de televisión, de tardes de Hola Yola y del Tío Johnny. Consultábamos enciclopedias para hacer los trabajos escolares porque la sabiduría no estaba al alcance de un clic, sino escondida en una publicación voluminosa que nos obligaba a hacer varias abstracciones para encontrar lo que buscábamos. También fuimos niños que tocaban más y que se ensuciaban más. Recordé mis días de manos manchadas de azul por culpa de la pluma fuente con la que me obligaban a escribir en el colegio, o la sensación de desprenderme la goma de los dedos después de pegar figuritas en uno de los famosos álbumes Navarrete —nola, sila, yala— que hacían de nosotros incipientes coleccionistas. Evoqué las largas jornadas frente al Atari, lo mala que era con el Frogger y con el Pac-Man, y las interminables tardes de Monopolio con mis primos.
Los objetos que Quique Planas reseña en este bello libro no solo acompañaron nuestros años de crecimiento, sino que nos dibujaron y nos dieron forma. Cómo no íbamos a cultivar la paciencia, si todos los miembros de la familia compartíamos el mismo teléfono fijo. Cómo no íbamos a aprender a lidiar con la frustración, si cada noche nos tocaba perdernos el capítulo de la serie que habíamos esperado toda la semana por culpa de un apagón. No se forja el mismo carácter cuando careces de las teclas undo o delete para desaparecer tus errores garrafales. Visto así, El álbum de las cosas olvidadas no funciona simplemente como un inventario de objetos hoy inservibles; es, más bien, un ejercicio de memoria cotidiana, es un viaje por los detalles intrascendentes pero entrañables de una vida que ya pasó. Las descripciones de objetos ya caducos como la máquina de escribir, los rollos de fotos y el fax nos introducen, a los que nacimos el siglo pasado, a un viaje por los recuerdos; y a los que nacieron del dos mil en adelante a uno plagado de descubrimientos.
Quiero resaltar, sin embargo, que lo que más he disfrutado del libro ha sido el desempolvamiento de personajes que acompañaron mi infancia, especialmente Julio Iglesias. Nunca fui su fan y su música me pareció siempre demasiado melosa. Pero este Julio que nos trae Quique a colación, a través de entrevistas que le ha hecho a lo largo de su carrera, me sedujo inmediatamente. Sin ningún pudor ni vergüenza, estamos ante un personaje que se sabe antiguo, demodé, que es consciente de que su época ya pasó y que, aún así, disfruta de la vida y de su extraña vigencia. Este Julio, que se ha salvado de tantas bajas policías a lo largo de su carrera, da cuenta de un pasado que vive en nuestro presente a través de la memoria y de esos seres humanos en los que, finalmente, nos hemos convertido.
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