¿Cómo nos impacta haber perdido más de la mitad de superficie glaciar en solo seis décadas?

Paola Moschella es doctora en Geografía por la Universidad de Strasbourg en Francia. Además es geógrafa y tiene una maestría en Desarrollo Ambiental por la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP). Actualmente es Directora de Investigación en Glaciares del INAIGEM y profesora auxiliar en la PUCP y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. También ha sido consultora en estudios ambientales y territoriales para el sector público y privado.
Perú es clave en glaciares tropicales. Tenemos cumbres con temperaturas bajo cero en plena franja tropical del planeta, una particularidad que se debe a la altitud de la cordillera. Sus cumbres sobre 5.000 metros de altura son suficientemente frías para albergar el 68 % de los glaciares tropicales del mundo. Estos glaciares son únicos y extremadamente sensibles a los cambios del clima. Entenderlos no es solo una curiosidad científica, sino también una necesidad para adaptarnos a un clima cambiante.
¿Nevados o glaciares? En el lenguaje cotidiano los usamos indistintamente para referirnos a las montañas blancas que dominan el paisaje andino. Sin embargo, nevado y glaciar no son exactamente lo mismo. El glaciar es una gran masa de hielo que se forma cuando la nieve se acumula y compacta durante cientos o miles de años y que se desliza cuesta abajo muy lentamente, como un río de hielo. Un nevado, por otro lado, es la montaña cubierta de nieve que puede albergar glaciares o incluso nieve estacional. Si la nieve que cae en las montañas se derrite completamente cada año, no se acumula para formar glaciares.
Estudiar glaciares no es tarea sencilla. Aparte de emplear imágenes satelitales, los investigadores del Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM) deben ascender a más de 5.000 metros de altura, cargando equipos como drones o perforadoras, para realizar mediciones en el hielo y registrar cómo cambian los glaciares con el tiempo. INAIGEM elabora el inventario nacional de glaciares y realiza trabajos de monitoreo en campo de glaciares del norte, centro y sur del país. La información que se genera busca aportar a una gestión sostenible y brindar evidencias para medidas de adaptación al cambio climático.
El Inventario Nacional de Glaciares ha identificado más de dos mil glaciares, concentrados principalmente en los departamentos de Áncash y Cusco, donde destacan la Cordillera Blanca y la Cordillera Vilcanota. Atraen a científicos, montañistas y viajeros; pero no solo destacan por su belleza, también cumplen funciones esenciales para la vida. El deshielo de los glaciares, sobre todo en la época seca, alimenta ríos, lagunas y acuíferos que abastecen a ciudades, comunidades, cultivos y ecosistemas. Millones de personas dependemos, directa o indirectamente, de esta agua.
Esta semana se cierra oficialmente la conmemoración del 2025 como el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares, designado por las Naciones Unidas con la intención de destacar su importancia como fuente de agua dulce y servicios ecosistémicos. Sin embargo, mientras se discuten estrategias y compromisos, observamos que las tendencias hacia un futuro sin glaciares se mantienen. Los primeros en este proceso de extinción son los glaciares de los trópicos.
Los glaciares siguen anunciando los cambios en el clima, pero no les prestamos atención. Funcionan como termómetros del planeta que nos muestran, con su retroceso, lo que está ocurriendo con el clima de la Tierra. A medida que aumentan las temperaturas se derriten reservas de agua milenarias y se acumula menos nieve en las cumbres para mantener su formación. Así, van desapareciendo los glaciares. A nivel nacional, en las últimas seis décadas se ha perdido más de la mitad de la superficie glaciar, según el estudio sobre retroceso glaciar del INAIGEM.
El panorama es preocupante, pero todavía hay espacio para la acción. El futuro de los glaciares también depende de nosotros. Conocerlos es el primer paso para protegerlos.
Las nuevas generaciones tienen un papel importante en este desafío. Pueden contribuir investigando, difundiendo información y promoviendo acciones frente al cambio climático. La acción colectiva es esencial para conservar los glaciares para las futuras generaciones.
Entre las medidas más importantes se encuentra reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que aceleran el calentamiento global. Del mismo modo, actividades como la quema de combustibles fósiles o la quema de vegetación aportan partículas de carbono negro que pueden llegan a caer sobre los glaciares y aceleran su deshielo.
También es fundamental impulsar el uso de energías renovables y promover formas de transporte menos contaminantes, como el transporte público eficiente o la movilidad eléctrica.
Otra acción importante es proteger los glaciares mediante normas y áreas naturales protegidas que regulen las actividades humanas que podrían degradarlos o alterar su entorno.
Además, los ecosistemas de alta montaña que rodean a los glaciares cumplen un papel crucial. Bofedales y humedales andinos actúan como esponjas naturales que almacenan agua y ayudan a regular su disponibilidad. Conservar y restaurar estos ecosistemas puede ayudar a reducir los impactos del retroceso glaciar.
Cada 21 de marzo se celebra el Día Mundial de los Glaciares, una fecha que invita a mirar las montañas con una nueva perspectiva.
Detrás de la belleza de los nevados se esconden cambios significativos. La pérdida de glaciares es una señal de que el planeta está atravesando transformaciones profundas. Por eso, cuando veamos las cumbres blancas de los Andes, recordemos que esos gigantes de hielo llevan miles de años allí y depende de nosotros actuar para lograr mantener algo más de nuestros glaciares para las futuras generaciones. Cuidarlos hoy significa proteger nuestro futuro.
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