¿Podrá la geoingeniería retrasar el deshielo de los glaciares?
Hace unos quince años, un inventor algo loco visitó el Ministerio del Ambiente del Perú. Proponía pintar de blanco las cumbres de las montañas peruanas que habían perdido su nieve. Tal cual. Cubrir las oscuras superficies rocosas con una capa clara, imitando el color del hielo y la nieve, para devolver los rayos solares al espacio y crear un efecto de albedo artificial.
La lógica era sencilla: una superficie blanca refleja una mayor proporción de la radiación solar; una superficie oscura, en cambio, absorbe más energía y se calienta. Devolverles el blanco a las montañas significaría, en teoría, aumentar su albedo, reducir el calentamiento de la superficie y quizás crear condiciones más favorables para que la nieve y el hielo persistieran.
La idea me pareció descabellada.
Aunque tenía un fundamento físico claro, no lograba imaginar la factibilidad de semejante emprendimiento. ¿Cuáles cumbres pintar? ¿Cómo llegar a esas alturas? ¿Cuántas hectáreas necesitaríamos cubrir para tener un impacto significativo? ¿Cuánto costaría y qué impactos ambientales tendría aplicar toneladas de pintura sobre ecosistemas tan frágiles?
Me imaginaba a cientos, miles de jóvenes peruanos trepando por las montañas y acariciando las duras crestas de un Misti agradecido, del Quelccaya o del Huascarán, con sus brochas embadurnadas de blanco.
Pues el loco inventor, Eduardo Gold, resultó más cuerdo y visionario que yo. Y, ciertamente, más que muchos funcionarios adormecidos, agarrados de sus escritorios ministeriales.
Fundó la organización Glaciares Perú, recibió un premio del Banco Mundial en el concurso “100 Ideas to Save the Planet” y realizó una prueba de su proyecto en el Chalón Sombrero, un antiguo glaciar prácticamente desaparecido, a unos 4.800 metros de altitud en Ayacucho. Aunque el proyecto original pretendía cubrir 70 hectáreas en tres cumbres, solo llegó a cubrir menos de 2 hectáreas, aplicando una mezcla blanquecina de cal, arena y agua sobre las rocas oscuras.
Aparentemente, no publicó sus resultados y aún me pregunto si el experimento funcionó.
El principio físico del albedo es real. Pero una cosa es que una superficie blanca refleje más radiación solar, y otra muy distinta es que pintar unas hectáreas de roca pueda generar un enfriamiento suficiente para recuperar un glaciar.
El proyecto no llegó a escalar: la logística, el costo y las dudas sobre su eficacia terminaron imponiendo límites.
Pero Gold se quitó el clavo: intentó una solución ambiciosa y visionaria para imaginarse cómo vivir sin glaciares y para comprar tiempo al hielo que, lenta e inexorablemente, se está derritiendo en todas las montañas del planeta.
El Perú concentra alrededor del 70 % de la superficie de los glaciares tropicales del mundo. Es, por eso, uno de los lugares donde resulta especialmente urgente preguntarse si podemos hacer algo para ralentizar este fenómeno y, al mismo tiempo, cómo vamos a adaptarnos a él.
Los glaciares no son solamente masas de hielo. Son nuestras reservas de agua. Son paisaje. Son ecosistemas. Son memoria. Y, para muchas comunidades altoandinas, son también apus: seres vivos y entidades protectoras con los que se establece una relación espiritual y territorial.
En distintas partes del mundo se están ensayando intervenciones para reducir localmente el derretimiento o aumentar temporalmente la masa de hielo. No son soluciones al cambio climático. Son, en el mejor de los casos, maneras de ganar tiempo. Son intervenciones que algunos investigadores empiezan a agrupar bajo el término de geoingeniería glaciar.
En los Alpes y en China se están cubriendo sectores de los glaciares con mantas geotextiles blancas que reflejan la radiación solar y aíslan el hielo. Algunos experimentos han reducido el derretimiento en alrededor de un 34 %. En Suiza, investigadores prueban incluso mantas de lana de oveja como alternativa biodegradable a las lonas sintéticas, con resultados que prometen.
Algunos científicos han fabricado nieve artificial para “engordar” el glaciar: añade masa, refleja la radiación y funciona como aislante. Y también se está experimentando con la inyección o bombeo de agua hacia zonas altas para dejar que se congele y aumente artificialmente el espesor del hielo. En un experimento realizado en los Alpes austríacos se registraron reducciones locales del derretimiento de hasta un 60 %.
Finalmente, en China se ha experimentado la siembra de nubes con partículas de yoduro de plata para aumentar la precipitación sobre los glaciares.
Pero, ¿cuánta agua necesitamos? ¿Cuánta energía? ¿Qué efectos tienen estas intervenciones sobre ecosistemas que ya están sometidos a una enorme presión?
Una revisión científica reciente concluye que estas técnicas pueden reducir localmente el derretimiento, pero no compensar el declive de los glaciares a gran escala. Su posible utilidad está en proteger zonas prioritarias y ganar tiempo mientras reducimos las emisiones.
Y así, surge la pregunta:
¿Podríamos prolongar la vida de algunos glaciares? ¿Comprarles 20, 30, 50 años mientras transformamos los sistemas energéticos, agrícolas e hídricos que ellos sostienen? Podríamos construir reservorios, sembrar agua, recuperar bofedales, cambiar la agricultura, proteger las cabeceras de cuenca, trasladar pueblos o ciudades. O hacer todo eso a la vez.
El experimento de Gold fue pequeño, imperfecto y costoso. Pero fue atrevido. Y quizás su ejemplo nos puede devolver algo que muchos estamos perdiendo: la osadía de imaginar.
Antes de que sea demasiado tarde.
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