Tres películas al día


El Festival de Cine de Lima llega a su fin y una jurado nos comparte lo vivido


Desde muy chica, una de las cosas que más disfruto es el cine. Las películas siempre han sido un refugio, un espacio para encontrar nuevas maneras de entender el mundo e imaginar otras posibilidades: me encanta ver todas las películas posibles y pasar horas hablando de ellas, volviendo a vivirlas en el pensamiento y la conversación.

Por ello, cuando hace algunos meses Josué Méndez, director artístico del Festival de Cine de Lima, me invitó a ser parte del jurado de su trigésima edición, acepté sin dudarlo.

El encargo no es necesariamente fácil, hay que ver quince películas en una semana y, debido a compromisos previos, no tuve tiempo de adelantarme y mirar las cintas con la prensa una semana antes. Por eso pasé los últimos siete días viendo dos o tres películas diarias. Se requiere mucha concentración, pero cuando el amor por el cine es grande, es un esfuerzo bien retribuido.

La mala noticia es que me quedé con las ganas de ver los once documentales en competencia, las siete películas peruanas, además de las aclamadas de Cannes, las reposiciones de versiones restauradas de películas antiguas y las cintas que están fuera de competencia. 

Sí logré ver Lady Nazca, la película sobre María Reiche, que recomiendo muchísimo. Espero que se estrene pronto en salas.

Una ventaja de ver todas las películas de golpe, fue hacerlo en compañía de los otros  cuatro miembros de jurado, y seguir comentando lo visto entre películas, en los largos almuerzos y en las salidas de noche. Esto ocurrió no solo con el jurado de ficción latinoamericana, sino también con los tres jurados del premio de cinematografía y los tres del premio de la crítica. A los almuerzos también se unían los tres que debatieron el premio al mejor documental y los tres que decidían el premio a la película peruana, además de otros colegas convocados para repartir los premios al cine en construcción.

Como se habrá notado, un festival de cine es un complejo entramado de decisiones en proceso; una congregación de realizadores, productores, críticos, programadores de festivales, agentes de venta y distribución, actores y amantes del cine que debaten sobre su creación, su consumo y su lugar en el contexto local y mundial.

Al segundo día, una de mis compañeras de jurado, la encantadora actriz Amparo Noguera, me preguntó qué era lo que hacía que una película fuese latinoamericana y debo confesar que su interrogante me retumbó todo el tiempo: me ayudó a pensar en lo que podían tener en común estas películas y si esto las hacía latinoamericanas.

¿Qué nos une? ¿El cine puede expresar la esencia de países tan distantes y diversos? Cuando pienso en la selección de las quince cintas que vimos, concluyo que el cine es capaz de mostrarnos mucho sobre nuestras sociedades, aunque se enfoque en partes muy pequeñas de las vidas de algunas personas. Ahí radica su fuerza, emparentada con la de la narrativa literaria: en la capacidad de mostrarnos con tan solo una viñeta específica, una verdad universal.

Vimos tres películas argentinas, una boliviana, una brasileña, una colombiana, una ecuatoriana, tres mexicanas, una costarricense, una peruana y una venezolana. No están todos los países de la región por supuesto, y varias de ellas son coproducciones, pero tomando en cuenta todas las distancias posibles, las cintas que vimos nos muestran patrones de lo que es ser latinoamericano en estos tiempos.

El primer día, dos cintas nos mostraron el deterioro de nuestras sociedades capitalistas, una desde un cine club municipal en la ciudad de Córdoba, Argentina, y otra en el campo en la selva venezolana. Al día siguiente, desde Ecuador y Costa Rica, vimos propuestas sobre las dificultades que puede traer la maternidad. El domingo, desde un tren de la provincia y una mujer de una clase acomodada, vvimos cómo en Buenos Aires pueden convivir distintos tipos de locura.

El lunes, desde México y Brasil, nos fueron presentadas dos visiones sobre la vejez y la necesidad de seguir estando conectados a pesar de las dificultades, que nos recordaron por qué importan tanto las relaciones humanas. 

El quinto día fue el más intenso: dos películas mexicanas y una boliviana nos presentaron las vicisitudes de la adolescencia, los riesgos de transitar por ella, pero, sobre todo, el valor de la amistad y la familia para sobreponernos a las pruebas que nos presenta el camino.

Los últimos dos días fueron variados: el miércoles vimos una propuesta de Perú y otra desde Chile sobre cómo pensar el pasado de nuestros países desde el cine. Son películas muy diferentes, pero a la vez nos abrieron una ventana a la reflexión histórica. Terminamos el jueves con dos historias muy violentas, una de México y otra de Colombia, que nos recordaron los ríos de sangre que han corrido y siguen corriendo en nuestro continente.

Las propuestas estéticas fueron muy variadas; la calidad de las cintas, que siempre es subjetiva, fue también disímil, y como jurado llegamos a conclusiones que quizás para otros hubiesen podido ser diferentes. Pero lo que agradecemos por encima de todo, fue el lujo de haber vivido una semana entre paisajes andinos, ciudades desordenadas, trenes, campos y edificios brutalistas que nos permitió celebrar y reconocernos en la pantalla, intuyendo mejor lo que nos une como continente.


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