Una tipografía nos muestra hasta dónde llega el fanatismo político
Para escribir este artículo estoy utilizando la tipografía Calibri, tamaño 14, aunque no estoy segura de que con ella salga publicado en la web. Podría haber elegido cualquier otra, como Arial, por ejemplo, que es la que más me gusta, pero elijo Calibri porque, para el mensaje que quiero transmitir, ese tipo de letra es relevante, es significativo. Y es que, aunque no lo parezca, cuando elegimos una u otra tipografía estamos enviando un mensaje. Hay letras más lúdicas, otras más serias; algunas transmiten informalidad y otras le confieren a un texto un aire medio vintage. Para los usuarios comunes y corrientes, esta elección puede ser ligera e inconsciente; para los diseñadores, en cambio, se trata de una decisión deliberada y cuidadosamente pensada.
Así lo entendió el Departamento de Estado de los Estados Unidos cuando, en el año 2023, determinó que se reemplazara la tipografía Times New Roman por Calibri en todos sus documentos oficiales. ¿Por qué el cambio? ¿Cuál era su motivación? Una bastante lógica y atendible: Calibri es más fácil de leer para personas con ciertas discapacidades visuales y funciona mejor con tecnologías de asistencia, como los lectores de pantalla que transforman el texto en voz. Este cambio, como muchos otros, respondía a la política de inclusión de minorías que caracterizó a la administración de Joe Biden. Un ejemplo sencillo: para una persona con baja visión o dislexia, una tipografía sans serif puede marcar la diferencia entre acceder a un documento oficial o quedar excluida de él.
Pero, como la palabra inclusión parece haberse convertido en un insulto en estos tiempos, Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, acaba de ordenar que todos los documentos oficiales dejen de escribirse en Calibri y que, en su lugar, se redacten nuevamente en Times New Roman. Según su estrecho criterio, Calibri es una tipografía informal, woke, que busca imponer la diversidad y la inclusión y que choca con la seriedad y los valores fundamentales que —a su juicio— debe promover el gobierno estadounidense. De acuerdo con un mensaje interno difundido por The New York Times, Rubio considera que, al regresar a Times New Roman, se “restaurará el decoro y el profesionalismo en el trabajo escrito del departamento”.
Estamos, pues, ante una más de las estupideces cometidas por el gobierno de Donald Trump para eliminar cualquier iniciativa que promueva la inclusión y la diversidad. Desde el primer día en el poder, el presidente arremetió contra leyes que favorecían a las mujeres, desmanteló fondos e investigaciones orientadas a la inclusión de migrantes o miembros de la comunidad LGTBI+, y prohibió la aplicación de cuotas para contratar en empresas o admitir estudiantes en centros educativos, imponiendo la meritocracia como si todos los ciudadanos partieran de las mismas condiciones y tuvieran las mismas oportunidades para competir en igualdad.
Lo verdaderamente paradójico es que todas estas medidas, adoptadas entre risas sardónicas y burlas, terminan reproduciendo aquello mismo que dicen combatir. Así como un progresismo fanático promovió en su momento medidas inquisitoriales, desacreditando o censurando todo lo que se apartara de una supuesta ortodoxia inclusiva, el actual gobierno de Trump incurre en el mismo fanatismo para tomar decisiones absurdas. ¿En serio un tipo de letra puede convertirse en enemigo de la razón? ¿En qué le molesta al señor Rubio que los textos sean más accesibles para personas con algún tipo de discapacidad? Cambiar una tipografía con el argumento de devolverle seriedad y formalidad a los documentos oficiales es tan absurdo y cruel como eliminar las rampas de las veredas para que las ciudades luzcan más elegantes, aunque ello dificulte —o directamente impida— la movilidad de quienes usan una silla de ruedas.
Lo que nos demuestran decisiones como esta es el rumbo que está tomando tanto fanatismo de derechas: no hay lucha más inútil que aquella que termina convirtiéndote en un mal remedo de tu enemigo.
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