El sexo fluido de los animales (y los humanos)


Celebremos el orgullo de nuestra naturaleza queer


Terminó el mes del Orgullo, el Pride Month que se celebra en junio de cada año para conmemorar y honrar la lucha por los derechos y la visibilidad de la comunidad LGBT (lesbianas, gays, bisexuales y personas transgénero). Me lo recuerda Alexa, el asistente virtual que utiliza mi octogenaria madre para escuchar música, informarse sobre el clima o leer audiolibros. Al encenderla, Alexa me da el “buenos días” y me cuenta que su jefe —la billonaria empresa Amazon— celebra con orgullo el Mes del Orgullo. También me invita a acompañar en Milán la marcha Pride que hoy llegará hasta el Arco de la Paz, lugar simbólico para celebrar un tema que nos mantiene excesivamente polarizados.

Esta polarización se alimenta de una montaña de ignorancia y prejuicios. A pesar de considerarme una aliada de la causa LGTB, confieso mi propia confusión. Y no es para menos: cada día el acrónimo se complejiza para integrar a nuevos colectivos. Hoy, en junio de 2024, se utiliza comúnmente LGBTQIA+ (LesbianaGayBisexualTransgéneroQueerIntersexAsexual y otras identidades), pero también LGBTTQQIAAP, que además integra los que se consideran CuestionandoAliado (personas que apoyan la comunidad LGBT, como yo) y Pansexual. En algunos casos se usa LGBTQIA2S+, que incluye la comunidad de Dos Espíritus  (o Two-Spirit), identidad de aquellas personas que poseen tanto el espíritu masculino como el femenino, reconocida en algunas culturas indígenas norteamericanas; o LGBTQIAAPK+, que también suma a los Kink, es decir, a personas que practican prácticas sexuales no convencionales.

Esta sopa de letras refleja, por cierto, la evolución del movimiento y del pensamiento queer. Y de la ciencia sobre el mismo asunto. Pues los científicos también han actuado históricamente condicionados por enormes prejuicios que han definido el estudio y las investigaciones sobre sexo y género, obstaculizando el avance hacia la comprensión científica de la sexualidad humana y animal.

El biólogo estadounidense Alfred Kinsey fue uno de los precursores científicos en comprender y divulgar la diversidad sexual y en advertirnos sobre la absurda categorización que los humanos hacemos de ella. Desde la biología, desafió las concepciones binarias de la sexualidad, cuestionó las nociones tradicionales de la heterosexualidad como norma y la homosexualidad como desviación, y proporcionó evidencia empírica de dicha diversidad sexual. Con su grupo de investigación de la Universidad de Indiana, desarrolló durante los años 40 y 50 la famosa Escala de Kinsey, aplicando una encuesta a miles de personas sobre sus comportamientos y atracciones sexuales. Una de las preguntas, sorprendente para la época, fue la siguiente: “En una escala de 0 (exclusivamente heterosexual) a 6 (exclusivamente homosexual), ¿dónde te situarías?”. Su encuesta revelaría que el 37% de los hombres y el 13% de las mujeres habían experimentado orgasmos con personas de su mismo sexo y muchas más habían sentido alguna forma de atracción hacia las personas del mismo género[1].

Con sus estudios pioneros, Kinsey ayudó a visibilizar la diversidad de experiencias y orientaciones sexuales, así como puso énfasis en la naturaleza fluida de la sexualidad, argumentando que esa orientación sexual no es necesariamente fija a lo largo de la vida de una persona, sino que puede manifestarse fluida y cambiante.

Esta fluidez sexual se asemeja en verdad a la de otras especies del mundo animal, como ilustró la exhibición científica La vida sexual de los animales que el Museo del Sexo de Nueva York ensambló en 2008. La muestra, curada por científicos de renombre, documentó, exhibió y explicó científicamente imágenes de animales que se besan, abrazan, mantienen prácticas de sexo oral, se masturban y realizan, en fin, todo tipo de juegos sexuales. Demostraba así que la sexualidad animal es tan creativa o más que la humana. Incluía ciervos que hacen tríos, leonas que realizan sexo oral a los leones, manatíes en la posición del 69, murciélagos machos de cabeza gris efectuando un cunnilingus a las hembras, y delfines machos del Amazonas penetrando anal, genital e incluso nasalmente. Expuso documentada la homosexualidad animal, estudiada en animales tan diversos como los elefantes africanos, las ovejas, los cisnes negros y las jirafas. Y nos recordó que hasta la mitad de las especies animales permiten biológicamente que los individuos sean machos y hembras al mismo tiempo o en diferentes momentos de sus vidas, como en el caso del pez payaso. Quedaban desmentidos, así, tres mitos comunes: que los animales son dominantemente heterosexuales; que son solo machos o hembras; y que el único fin de sus actividades sexuales es la procreación.

En 1993, en La exuberancia biológica: homosexualidad animal y diversidad naturalBruce Baghemil ya había documentado los comportamientos homosexuales en cuatrocientas cincuenta especies animales, compilando información de dos siglos de investigación zoológica. La obra El arcoíris de la evolución de la bióloga evolutiva y ecóloga Joan Roughgarden fue un paso más allá y marcó un hito: argumentó que la diversidad sexual y de género es omnipresente y crucial para entender la evolución y cuestionó la teoría de Darwin sobre la selección sexual, basada en una interpretación simplista centrada en la competencia entre machos y la elección de hembras.

En estos días de guerra cultural, cuando estos temas han entrado de lleno en el debate cotidiano, reconocer que la fluidez sexual es una estrategia evolutiva exitosa, común en muchas especies, podría ayudarnos a comprender mejor y aceptar la diversidad de la comunidad LGTB. 

Celebremos esta diversidad, recordando con orgullo y sin temor que la Naturaleza, incluyendo a los humanos, es inherentemente queer.


[1] Las encuestas siguen hasta la actualidad. Algunos datos recientes revelan que existe una enorme variabilidad en el repertorio sexual de los adultos estadounidenses, con más de cuarenta combinaciones de actividades sexuales. En la encuesta de 2009, el 7% de mujeres adultas y el 8% de hombres se identificaron como gays, lesbianas o bisexuales, pero la proporción de individuos que han tenido relaciones sexuales con personas de su propio género en el transcurso de su vida resulta considerablemente más alta.


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