¿Qué hacer cuando nuestros nuevos amores de Hollywood critican nuestras viejas pasiones?
L y yo llevamos algún tiempo obsesionados con tres actores a los que llamamos nuestros novios: desde que lo vimos en la segunda temporada de Fleabag (2019), Andrew Scott; desde la adaptación a serie de Normal People (2020), Paul Mescal; desde La chimera (2023), Josh O’Connor. Pertenecen a tres grupos etarios distintos pero parecen formar parte de una sola generación: el nuevo paradigma del sex symbol. Conservan la musculatura de su antecesor —Ryan Gosling—, pero se los siente muy lejos de cualquier performatividad hegemónicamente masculina. Un alivio para quienes luchamos por alcanzar la estela de James Dean y quedamos a menos de la mitad de camino.
L y yo llevamos algún tiempo siguiéndolos en cada nueva película, sesión de fotos, entrevista, meme. Tenemos la sensación de que los conocemos. De que somos amigos, aunque ellos todavía no se hayan enterado. Hace poco, alguien nos contó que conocía a una chica que había tenido una cita con Paul Mescal. Fue a través de una app. Se encontraron en su habitación de hotel. Él armó unas líneas y luego salieron a bailar. Pienso: manya, realmente suena a que podríamos ser amigos.
Quizás por eso haya dolido tanto escucharlo decir —en una entrevista de 2024 que había burlado nuestro radar— que los karaokes deberían estar prohibidos. «Siempre hay alguien que se lo toma demasiado en serio», afirma Mescal, como si de verdad su intención fuese hacernos daño a L y a mí. Andrew Scott, frente a él, dice que está de acuerdo. Y además agrega, insidioso con nuestra gran pasión: «Hay una especie de ansiedad con el karaoke, en el sentido de ¿cuándo va a terminar esto?».
Me pregunto si tiene sentido seguir con la locura platónica. Si acaso a Ryan Gosling —nuestro antiguo novio— se le habría ocurrido soltar un disparate tan enorme, tan hiriente.
Si una porción de nuestras personalidades gira en torno a la adoración de estos tres nuevos rompecorazones de Hollywood, mucho más grande es la vocación que sentimos por el micrófono. La carrera profesional de L como profesora de canto, mi perpetua aventura amateur como vocalista de bandas punk, se explican a partir de un deseo fundacional: volvernos uno con nuestra canción favorita de karaoke.
Aunque la noche no suele acabar antes de que L se atreva con el whistle tone de Emotions de Mariah Carey y yo mande a todos a dormir con A gritos de esperanza de Alex Ubago, no hay demasiada claridad sobre cuál es esa canción favorita. Quienes amamos el karaoke solemos tener nuestras cartas seguras —aquellas con las que intentamos impresionar un poco y también divertirnos, atinándole a cada nota con la tranquilidad de quien se sabe de memoria la secuencia de saltos y golpes que requiere su videojuego predilecto—, pero además lo entendemos como una búsqueda constante.
La búsqueda de la canción perfecta, creada no importa cuándo, no importa por quién, únicamente para que tú puedas cantarla esta noche.
La búsqueda de tu versión heroica, esa que, amparada por la canción perfecta, puede pararse frente a quien sea y exigir: escúchenme un rato. Canto hasta las huevas, pero tengo algo que decir.
Lo nuestro con Paul Mescal y Andrew Scott parece irreconciliable. En ocasiones, hay que dejar ir a quien más se ama, por el bien de uno.
En internet, trato de descubrir si Josh O’Connor también se ha manifestado en contra del karaoke. No encuentro más que una breve declaración en la que asegura sentir ganas de integrar un coro.
Algo es algo. Su caso no está perdido.
De todas formas, para distraer la pena, pongo la escena de Perdidos en Tokio (2003): Scarlett Johanson canta Brass in Pocket y Bill Murray encara Love, Peace & Understanding. A pesar de ser Bill Murray, a pesar de ser el famoso y millonario Bob que interpreta en la película, lo hace tan bien que por ratos parece que escuchamos al mismísimo Elvis Costello y que ser Elvis Costello por un par de minutos es el único y modesto sueño que Bob y Bill Murray tienen esa noche. El mal trago de una historia de amor condenada al fracaso se diluye. Gana la música. Qué sería de nosotros sin el karaoke.
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