Declararse o no feminista


¿Por qué me cuesta asumirme con esta palabra?


Hace unas semanas ofrecí una charla en una asociación de creadores de contenido y en ella repetí una frase que confieso en mi pódcast Machista con hijas: que más que un feminista, soy un machista en constante redención.

Los asistentes mayores asintieron comprensivos, pero una joven no quedó satisfecha. Levantó la mano digital y me preguntó si en estos tiempos en que todos debemos tratar de cerrar la brecha que ha experimentado la mujer a lo largo de su historia no sería importante que la mayor cantidad de gente se declare feminista.

Mi respuesta provino desde mi propia edad y experiencia: vengo de un hogar que me crió machista, hijo, nieto y bisnieto de machistas; me eduqué en un colegio religioso de varones y crecí en una ciudad de costumbres conservadoras dignas de podio mundial. Por lo tanto, es imposible que, por más que haga un esfuerzo consciente por evadir ese machismo que he mamado desde la teta, esta tara no se encuentre agazapada en alguno de mis rincones, lista para saltar una y otra vez. La otra razón que aduje es que el primer paso para curar una dolencia es admitir que se está enfermo. Provengo de un entorno donde personas que quise mucho no lograron superar sus adicciones porque jamás admitieron tenerlas, y donde quienes sí llegaron a lidiar con las suyas lograron quitarse la venda ante las evidencias. El machismo es una enfermedad social, de propagación fácil, y que empezará a alcanzar inmunidad de rebaño en tanto la mayoría admitamos que tenemos un machista latente en cada uno de nuestros pensamientos.

Al dar esta respuesta me quedé tranquilo.

Sin embargo, como ocurre con todo lo que he reflexionado a lo largo de mi vida, mis pensamientos no dejan de ser limitados hasta que los contrasto con personas brillantes, sea a través de sus escritos o de afortunadas conversaciones. Esto último me suele ocurrir en las reuniones editoriales de Jugo de Caigua —si usted está suscrito, debe haberlas espiado— y en la más reciente le expuse a mis compañeros lo que hasta aquí llevo escrito.

Alejandra Ruiz León afiló el cuchillo con cariño: ¿la mía no era, tal vez, una estratagema para mantener un perfil modesto que rehuye la polémica? ¿Un disfraz de calculada humildad y buena onda? 

A su turno, Hugo Ñopo admitió no considerarse feminista, pero sí un “barra brava”: alguien que va a alentar el feminismo con toda su alma desde una posición parecida a la mía. Su testimonio me dio a entender que alguna vez, ante un comentario suyo bien intencionado en redes, sintió un ataque desproporcionado de algunas feministas y que prefirió ser más cauto desde entonces. Tomo la posta de Hugo y confieso que es posible que detrás de mi respuesta a la señorita en aquella charla haya asomado la intención de poner un parche. Que no me llamen feminista, ni siquiera aliado: en algún momento la voy a regar con un acto o un comentario y no quiero que me enrostren una etiqueta que jamás pedí.

En teoría, no debería haber ningún problema en que un hombre se proclame feminista, entendiéndose al feminismo como una lucha por alcanzar una igualdad de derechos y tratamiento, y no la supremacía de lo femenino sobre lo masculino. Así como un ciudadano puede ser abolicionista sin necesidad de ser esclavo, todos pueden luchar para que su madre, su esposa, sus hijas y las mujeres del mundo accedan a la posición de la que han sido postergadas. Los problemas empiezan cuando existen militancias que, enardecidas, proclaman: mi feminismo es mejor que el tuyo. 

Hugo Ñopo me hace notar que ni en las matemáticas –epítome de lo verificable–, se consiente la existencia del dogmatismo, ¿por qué, entonces, deberíamos aceptarlo cuando se trata de derechos?

Sharún Gonzales, por ejemplo, me recordó en la misma reunión que existe un feminismo musulmán, en el que llevar un velo no tiene la misma carga que en Occidente, ¿por qué no respetarlo?

Si nadie duda de que todos deberíamos proclamarnos como antiracistas, ¿no es extraño –para un convencido como yo– sentir pudor para proclamarse feminista?

Lo único que tengo claro por ahora, señorita de aquella charla, es que seguiré pensando en el reclamo que usted me hizo.

Una nota al pie:

Ha trascendido que unos días antes de ser nombrado primer ministro, Guido Bellido hizo un comentario de pésimo gusto a la congresista Patricia Chirinos en el que mencionaba una violación. Minimizar este hecho como si solo se tratara una broma no es más que cimentar la enorme masa que se sumerge bajo el témpano machista de nuestra sociedad. 
Aunque la política suela dividir, la lucha contra el machismo nos debe unir.

15 comentarios

  1. Paul Naiza

    Excelente artículo Gustavo, siempre ecuánime…!!!

    • Gustavo Rodríguez

      Muchas gracias, Paul, un abrazo.

      • Eliana

        Que coincidencia. Yo decia»Machista en permanente rehabilitación», porque en el fondo consideraba el machismo como el alcoholismo: uno nunca deja de ser alcohólico, por más que renuncies al alcohol. Si pues, como tu dices una enfermedad social.
        Qué bacan leer esto. Y me encanta lo de la «barra brava» de Hugo. Un abrazo.

  2. EDUARDO ARNILLAS

    También vengo de una familia conservadora, tengo 59 años y con cinco hermanas mujeres (y un hermano) rápidamente aprendimos las desventajas y penurias que pasan las mujeres en esta sociedad machista desde las épocas de Platón, Aristóteles, otros filósofos, la comunidad científica y por cierto toda la historia de la iglesia católica. Una vergüenza. Considero que los hombres no debemos dudar ni sentir pudor en declararnos (y actuar en consecuencia) feministas. Tal vez ayudaría que solicitemos a la Real Academia Española que revise sus definiciones y cambie la palabra “feminista” por “igualista”, esto podría ayudar a que a los hombres se nos vaya el miedo o pudor y defender todos los derechos de las mujeres hasta que esta “enfermedad social” -como muy bien la has definido- desaparezca por completo y para siempre.

    • Gustavo Rodríguez

      Muy buena acotación, Eduardo.
      Muchas gracias.

  3. Cecilia Serpa

    Me encantan tus textos siempre sencillos, movilizantes y planteando temas centrales para la convivencia. Y tú con tanta capacidad para «reaprender»

  4. Suly Hernandez

    Es verdad, yo también por ser mujer no me siento con esa etiqueta de Feminista, solo deseo que las cosas sean más equitativas y tratar de dejar atrás pensamientos agresivos y mezquinos hacia nosotras.

    • EDUARDO ARNILLAS

      Hola Suly: Es curioso (y algo contradictorio) que escribas «no me siento con esa etiqueta de Feminista» y luego añades «solo deseo que las cosas sean más equitativas (…)». Justamente esa es la definición de feminismo: igualdad (equidad) de derechos para las mujeres y los hombres. De hecho yo creo que todos en este planeta (mujeres y hombres) deberíamos ser feministas. ¿A qué te refieres con «etiqueta de Feminista»?
      Por eso en mi comentario a Gustavo sugiero que la Real Academia Española debió haber buscado una definición mejor (tal vez ¿igualista?). Creo que algunas personas interpretan el «feminismo» como lo opuesto al «machismo» y no es así. El machismo sostiene que el hombre es superior a la mujer; el feminismo sostiene que deben se iguales y en esto todos deberíamos estar de acuerdo.

  5. Luis Atoche

    Como siempre promo, haciendo que se muevan nuestras neuronas…
    Simplemente espectacular…

  6. Patricia

    “El primer paso para curar una dolencia es admitir que se está enfermo”. Todo sería tan distinto, no solo hablando de machismo, si tuviéramos siempre presente la frase inicial!!!

  7. Pablo Carrión

    Ahora sé que también soy un ‘machista con hija’

  8. Gustavo Rodríguez

    Qué amable, Cecilia, muchas gracias.

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