¿Volver a la Lima de 1860?


La Plaza de Armas limeña nos recuerda que debemos conciliar pasado y futuro 


Esta semana la propuesta de Luis Martín Bogdanovich, gerente de ProLima, de regresar la Plaza Mayor de Lima al diseño que tenía en 1860, sacando las palmeras que la caracterizan hoy y cubriendo las áreas verdes con cemento y piedras, fue rechazada de una manera tan enfática por el público en general que parece que el alcalde interino Renzo Reggiardo ha tomado nota y ha descartado la idea.

Si bien es cierto que Prolima, el patronato que vela por la reconstrucción de la ciudad desde hace más de treinta años y Bogdanovich vienen realizando una labor ejemplar en su búsqueda por recuperar la parte monumental de la capital, esta última propuesta era problemática en muchos aspectos, principalmente por la pérdida de áreas verdes. Si bien es cierto que el arquitecto e historiador del arte justificó la medida haciendo alusión a que sería una manera de ahorrar agua, ya que los molles costeños propuestos para reemplazar a las palmeras, pasto y flores requiere menos recursos hídricos, la alusión a que la idea era volver a la plaza de 1860 me resulta más que problemática.

En esta larga entrevista en la revista Cosas del 9 de septiembre, Bogdanovich desarrolla su visión para el centro y es muy cuidadoso en recalcar la importancia de las áreas verdes en el Plan Maestro que viene siguiendo desde hace nueve años, cuando tomó las riendas del cargo, un plan que busca renovar la ciudad para su quinto centenario en el 2035. 

Pero la referencia a 1860 me sigue haciendo ruido, sobre todo porque en la Plaza Mayor lo único que queda de ese tiempo son la Catedral y la esquina de la Casa del Oidor. El Palacio Arzobispal que conocemos se construyó en 1922, mientras que el Palacio de Gobierno actual fue construido entre 1926 y 1938, justamente en el marco de la segunda mitad del oncenio de Leguía y las celebraciones por el cuarto centenario de la fundación española de la ciudad.

Esa remodelación tomó tanto tiempo en gran medida debido a la inestabilidad política que caracterizó al país con la caída de Augusto B. Leguía en 1930, y el paso por el poder de Luis Miguel Sánchez Cerro hasta su asesinato en 1933, que llevó a la presidencia a Óscar R. Benavides, quien finalmente culminó la construcción del Palacio actual durante su dictadura que, con el lema de “orden, paz y trabajo”, reprimió, entre otras cosas, al APRA.

Cuando me entrevistan sobre actualidad política siempre me piden que haga paralelos con el pasado, con cierta obsesión por buscar la respuesta a la pregunta que Mario Vargas Llosa le hizo plantearse a Zavalita a inicios de Conversación en la Catedral: ¿cuándo se había jodido el Perú? Si bien la novela no da una única respuesta y se dedica más bien a analizar el abuso de poder durante el gobierno dictatorial de Manuel Odría, la Plaza de Armas del día de hoy estaba entonces recién estrenada y la ciudad de la que escribe Vargas Llosa se modernizaba vertiginosamente.

Entre 1940 y 1944 se construyeron los principales edificios que hoy dominan la plaza en el llamado estilo neocolonial, durante la primera presidencia de Manuel Prado Ugarteche, que se benefició por el alza de los precios de las materias primas durante la Segunda Guerra Mundial. Este periodo fue de relativa calma en el Perú ya que, si bien el APRA y el Partido Comunista seguían prescritos, la persecución fue menos intensa. La visión que se presentó para la ciudad fue inspirada por una idea de volver a lo colonial, pero desde el presente, destruyendo los portales de piedra construidos en el siglo XVII. Si bien, como muestra este trabajo de Horacio Ramos  (que tiene fotos), hubo cierta polémica en torno al estilo elegido, nadie pestañó ante la idea de destruir lo que existía.

Entonces, si la plaza que ahora se pretende retornar a 1860 es realmente un pastiche fuertemente criticado en su momento por los funcionalistas y por el grupo Espacio en la década de 1950, ¿por qué se aspira volver a ese momento? Quizás porque por entonces se vivía el auge de la segunda presidencia de Ramón Castilla y se modernizó la ciudad con la introducción de vías de transporte público con carros jalados por caballos. Pero si ya estamos en eso, podríamos proponer regresar a cuando la plaza era un mercado, algo que, como muestra Gabriel Ramón, le costó muelas cambiar a los virreyes borbónicos que fueron encargados de convertir lo que había sido una Plaza Mayor con puestos de venta a una Plaza de Armas para maniobras militares.

Las ciudades son cambiantes y una capital milenaria como la peruana tiene muchas capas, no solamente las impuestas en los últimos quinientos años por los españoles y desde hace doscientos por los republicanos. Mutar y transformarse es parte de la vida urbana y más que pensar en cuál es la plaza ideal, si la de 1860, o 1689 o 1944, tendríamos que reflexionar sobre cómo queremos que sea el espacio público de cara al futuro.

Me parece mucho más importante tener un espacio que nos acoja como ciudadanos, que una plaza que esté cerrada con rejas donde no se pueda circular por temor a que expresemos nuestro descontento con la situación actual. Pienso que debe de ser un lugar de convergencia donde todas las peruanas y peruanos nos podamos sentir seguros y acogidos.

En estos tiempos en que el oscurantismo busca incluso prohibir libros, y limitar el acceso al debate y a la discusión, pensar si queremos volver al pasado se vuelve particularmente importante.


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